El Adviento es un tiempo de Esperanza, en el que nos acercamos a la Navidad a cada paso diario. Andar en el Adviento es complicado, porque hay que intentar desprenderse del consumismo que nos ataca por todos los flancos. Consumismo que se ha metido tan dentro de la celebración, que hemos olvidado qué celebramos realmente. 

Nuestra Esperanza no son los regalos, las comidas y los días sin trabajo, sino Cristo que nace en una pequeña aldea. En ese sentido, nos pasa como a los judíos del siglo primero. Nadie esperaba a quien iba a nacer, excepto tres sabios que fueron capaces de leer el gran acontecimiento, en el cielo.
 

¿Qué necesitamos de Cristo? La salvación que ha venido a traernos. Su presencia entre nosotros. Su Palabra y el Agua Viva que quita la sed para siempre. 

“Anhelo tu salvación, Señor,” (Sal 119,174) es decir, tu venida. Bienaventurada debilidad que está impregnada por el deseo de algo no conseguido todavía, pero esperado con verdadera pasión. ¿A quién corresponden estas palabras, desde los orígenes de la humanidad hasta el final de los tiempos, sino al pueblo escogido, al sacerdocio real, a la nación santa (cf 1P 2,9) a todos los que en esta tierra y en este tiempo han vivido, viven y vivirán en el deseo de poseer a Cristo? 

El anciano Simeón es testigo de esta espera cuando, recibiendo a Cristo en sus brazos, exclama: “Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar que tu siervo muera en paz. Mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2,29). Este deseo no se ha desvanecido nunca en los santos y nunca se desvanecerá en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, hasta la consumación de los siglos, hasta que venga “el deseado de las naciones”, prometido por el profeta (Ag 2,8).   

El deseo del que hablamos se refiere, con el apóstol, a “la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo” (1Tim 6,14). De ella habla San Pablo a los colosenses: “cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él" (Col 3,4). La Iglesia, en los primeros tiempos, antes de que la Virgen diera a luz contaba ya con los santos que anhelaban la venida de Cristo en carne humana. Hoy cuenta con otros santos que anhelan la manifestación de Cristo. Nunca se ha interrumpido este anhelo. (San Agustín Comentario al salmo 118) 

Ciertamente, nunca se ha interrumpido el anhelo de ver a Cristo que se hace presente en el mundo, por medio de nosotros. Pero ¿Quiénes están dispuestos a hacerse transparentes para que sea Cristo el que se manifieste? ¿Quién está dispuesto a dejar de lado las ideologías y los convencionalismos sociales del momento? ¿Quién es capaz de andar el camino hacia su propia Cruz, para que Cristo resucite en él? Realmente no se cuantas personas están dispuestas, pero no parece que sean demasiadas. 

Cristo nació para acercar la salvación a todos los seres humanos, pero son pocos los que lo aceptan de verdad. La Sangre de la redención eleva y restaura a estos pocos que se atreven a dar el sí a Cristo y echarse a un lado para que sea El quien tome sus vidas. 

Quiera el Señor ayudarnos a dar el sí de corazón y tener la perseverancia para no despreciar la redención que nos ofrece. ¿Para quién es el Adviento un tiempo de Esperanza? Para quienes están dispuestos a dar el sí a Cristo. De esa forma “cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él”. Podremos decir como Simeón: “según tu promesa, puedes dejar que tu siervo muera en paz. Mis ojos han visto al Salvador”. Veremos a Cristo con los ojos del alma, porque nuestro corazón estará limpio y seres capaces ver a Dios, como vivieron los sabios Magos de Oriente.