¿De qué nos vale actuar sin pensar en Dios y sin amar al hermano? ¿Por qué razón actuamos? ¿Actuamos para que los demás nos vean y nos aplaudan? Cristo nos previno del engaño de las apariencias cuando nos decía: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6, 3-4) 

Señalar las injusticias que hay en el mundo es sencillo, lo complicado es llegar a dar una solución. Muchas personas se preguntan por qué no somos capaces de solventar el hambre o la violencia en el mundo si tenemos conocimiento y medios para ello. ¿Por qué nos quedamos siempre en las apariencias y no profundizamos en la Verdad? Leamos lo que nos dice San Agustín:

 

Los vestidos de lino son internos; los de lana, exteriores. Lo que obramos en la carne está patente a todos; lo que obramos en el espíritu queda oculto. Obrar en la carne y no obrar en el espíritu, aunque parezca algo bueno, no es útil. Por el contrario, obrar en el espíritu y no obrar con la carne es cosa de perezosos. Ves un hombre que alarga su mano limosnera a un pobre, pero sin pensar en Dios, y busca sólo agradar a los hombres. Su vestido de lana puede verse, pero no tiene el interior de lino. Encuentras a otro hombre que te dice: «Me basta con adorar a Dios, darle culto en mi conciencia. ¿Qué necesidad tengo de ir a la iglesia o de mezclarme visiblemente con los cristianos?»  Quiere tener el vestido de lino, sin la túnica exterior. No conoce ni recomienda tales obras esta mujer. Han de predicarse y enseñarse las obras espirituales sin las carnales; pero los obedientes deben ejercitar las espirituales y no extender carnalmente las mundanas. (San Agustín, Sermón 37,6) 

Nuestras obras deben ser consecuencia de nuestro interior, no de las apariencias con las que buscamos promocionarnos y hacernos simpáticos al mundo. Quizás pensemos que da limosna o ayudar al necesitado siempre es bueno y no es así. Si el objetivo es que nos aplaudan no estamos cumpliendo la Voluntad de Dios. Por eso la filantropía no cambia el mundo, mientras que la Caridad es la mayor fuerza transformadora de todo lo que existe. 

Sin duda “han de predicarse y enseñarse las obras espirituales sin las carnales” y hay que hacerlo con nuestro testimonio valiente y sincero. El peligro está en utilizar las obras o las denuncias, como formas de aparecer como lo que no somos. Si el objetivo al obrar bien es puramente mundano, podremos engañar a todos, menos a Dios. Dios sabe ver dentro de nuestros corazones y entender cuales son nuestros motivos más íntimos. 

Cuando denunciamos una injusticia, la solución nunca podrán ser las estructuras humanas, ya que estas son elementos del mundo. Las estructuras son herramientas que pueden ser utilizadas para el bien y para el mal, según como se las utilice. Una estructura eclesial que sirva para hacer llegar ayuda a los pobres, puede ser utilizada para blanquear dinero, de igual forma que un cuchillo puede salvar una vida, puede matar. 

La solución a las injusticias no es el cambio a nivel mundano, sino a nivel espiritual. La solución es la santidad y el desapego de lo carnal y mundano. Santa Catalina de Siena lo predicó con reiteración durante su corta vida. San Francisco de Asís se desesperaba al ver como su orden crecía en estructuras y no siempre en santidad. Donde hay seres humanos hay pecado, por muchas leyes, propuestas, inversiones o programas políticos que nos vendan como panaceas. Donde está Dios, todo cobra sentido y profundidad. 

Si queremos ser como Dios, entonces la herramienta se volverá contra nosotros y nos herirá de muerte. Si queremos alimentarnos humildemente de Dios, entonces nos llenara de fortaleza para actuar. ¿Quiero ser como Dios? Entonces estoy perdido. Da lo mismo que intentemos parar el aborto o intentar que no mueran más personas por la inmigración. Da igual que busquemos la forma de erradicar el hambre del mundo o de salvar a quienes padecen terribles enfermedades. La misma herramienta que ayuda y consigue, es la que puede ser pervertida y dañarnos. “los obedientes deben ejercitar las [obras] espirituales y no extender carnalmente las mundanas”