No sé cuál será el etbida de Pingouin Esmeralda, pero intuyo que la empresa de ovillos no pasa por sus mejores años porque en esta época sin obreros también los patrones, incluso los de corte y confección, están en vías de extinción. Y, sin embargo, la firma lanar tiene una ocasión única para reinventarse ahora que España vuelve a ser un país de gentes que salivan con la decapitación pública de políticos, empresarios y artistas, un país de tricotosas.
Pingouin convertiría el punto de cruz en oro si comercializara a buen precio madejas específicas para que los españoles de mesa camilla tejieran sogas ante el cadalso de 47 pulgadas desde el que tertulianos que se tienen en gran estima piden, con la aquiscencia del público, la cabeza de Danton sin considerar que fue el telonero de Robespierre. La televisión es hoy el coliseo ante el que millones de españoles disfrutan de mal ajeno mientras bajan no sólo el pulgar, el anular y el índice, sino también el corazón.