La vida debe ser el mayor bien jurídico tutelado. No podemos ceder ante las presiones que buscan hacer del aborto un avance social y/o antropológico, cuando se trata de un crimen en toda regla. El que una ley lo desconozca como tal, no significa que sea un ordenamiento justo. Dicho esto, nos toca repensar nuestras estrategias pro vida, porque salir a las calles -aunque significativo- se ha quedado corto y los resultados han sido más bien escasos. Lo que hace falta es organizarnos mejor, incidir en la política con el voto activo y pasivo. Todo esto es tarea de los laicos, aunque corresponde a los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas que tengan nociones claras acerca de la Doctrina Social, ofrecer espacios de formación a partir de las instituciones de educación superior con las que cuentan. Tenemos la estructura educativa; sin embargo, todavía no sabemos cómo emplearla para ejercer nuestro ser y quehacer como católicos en la vida pública.

 No se trata de crear organizaciones que busquen revindicar el poder terrenal de la Iglesia como forma o modelo de gobierno, pero sí que existan partidos políticos que hagan suya la Doctrina Social y, desde ahí, defiendan la cultura de la vida. Esto no viola el Estado aconfesional, porque a nadie se le obligará a cumplir con los preceptos católicos para recibir los bienes y servicios que están en manos de la administración pública. Simple y sencillamente, se abogará eficazmente por los más débiles, promoviendo leyes que en lugar de ofrecerles a las mujeres embarazadas una lista de clínicas abortistas, mejor se ocupen de favorecerlas con becas de estudio u opciones de empleo, incentivando la creación de guarderías para aquellas que sean madres solteras y se encuentren en estado de indefensión por paro u abandono. Hay que reiterar que oponerse al aborto no es simplemente convencer a las mujeres de que cuiden la vida humana, sino ofrecerles apoyos concretos, pues muchas de ellas se ven seriamente amenazadas por las circunstancias. Toda estrategia pro vida debe ir necesariamente acompañada de una mano amiga. De otra manera, nos perderemos en los discursos fáciles. Por ejemplo, la beata Teresa de Calcuta se oponía públicamente -lo hizo justamente cuando recibió el premio Nobel de la Paz en 1979- a los estragos del aborto y, al mismo tiempo, ofrecía sus centros como lugares de acogida a través de la figura jurídica de la adopción. Hablaba con obras.

 El que esto escribe, hace algunos años, fue invitado a participar en una manifestación pro-vida que consistía en marchar enfrente de la legislatura con pancartas y matracas; sin embargo, sugirió que lo mejor era acercarse a un diputado sensible y, desde ahí, incidir, porque protestar quizá no resulta tan efectivo como contactar a los que tienen la facultad de la representación popular. Ciertamente, no es tan fácil encontrar a una persona que quiera jugársela; sin embargo, por difícil que sea, hay que intentarlo y ser más efectivos. Las marchas, en base a la libertad de expresión, son necesarias para hacer presente el tema, pero definitivamente no bastan. Mientras no nos organizamos más y mejor, faltará ese empuje que algunas comunidades protestantes ya están teniendo.

 Hay que pasar de las indignaciones a las acciones concretas. Siempre dentro de un marco pacífico, pero inteligente, audaz. Por ejemplo, revalorar la coordinación de un voto católico formado e informado. Ahora bien, emplear las redes sociales, para aclarar que la Iglesia no está en contra de las mujeres, sino a favor de su plena realización dentro de un marco de respeto hacia la vida del no-nacido, porque los fetos son tan inocentes como ellas. También falta el compromiso a largo plazo. Nos indignamos unos días y olvidamos. Eso tiene que cambiar si de verdad queremos alcanzar una mejora sustancial. Ser esa minoría creativa de la que varias veces nos habló el Papa emérito Benedicto XVI, pero para eso hace falta educación, formación y organización. Tres aspectos claves a modo de hoja de ruta. De aquí se desprende la necesidad de contar con buenos comunicadores, quienes -desde una sólida preparación profesional- sepan contra argumentar los slogans de la ideología de género.

 No bastan las marchas y las declaraciones protocolarias. Se impone la necesidad de organizarnos. Por ejemplo, recuperar el papel de los católicos en la cultura. Intelectuales que sepan alzar la voz de una manera propositiva. Y, sobre todo, ofrecer espacios de atención a mujeres en situaciones de riesgo. Demostremos con hechos aquello que creemos. El momento es ahora.