DON JESÚS ARNAL, escribiente en la Columna de Durruti (5). EL CURA DE CANDASNOS ES UN FACCIOSO

Martín Ibarra Benlloch

Durante décadas, los intelectuales radicales -de Lerroux, masones en su mayoría-, socialistas y anarquistas, habían hablado de una Iglesia Católica aliada con los poderes políticos y económicos. Durante la Guerra civil la figura del cura faccioso, trabucaire, fue algo común en la propaganda. El odio que se destilaba en la prensa era continuo y justificaba cualquier acción en contra suya, pues no era más que un acto de estricta justicia.

Mosén Jesús Arnal nos refiere en su libro Por qué fui secretario de Durruti, publicado en 1972, lo que le sucedió cuando, recomendado por su amigo de la infancia el presidente del comité de Candasnos el anarquista Timoteo Callén, se incorporó a la Columna anarquista de Buenaventura Durruti. Estaría como protegido suyo; era la única forma de salvar su vida, amenazada por otros izquierdistas que no le querían bien. Durruti lo incorporó a su Columna y no ocultó su condición sacerdotal entre sus más allegados. Lo dedicó a las oficinas de reclutamiento y durante unos meses, mosén Jesús casi no salía de las mismas, para conservar su flequillo el mayor tiempo posible. Era muy trabajador, amable y fumador y pronto hizo amistad con muchos de la oficina y otros de la Columna, que pasaban por ahí para diversos menesteres y para obtener los preceptivos permisos. Nunca ocultó su condición sacerdotal pero por prudencia tampoco la propagó.

La anécdota que vamos a contar resulta ilustrativa de lo que se pensaba sobre los sacerdotes y su odio hacia ellos. Además, nos habla de cómo la amistad podía hacer rectificar unas ideas preconcebidas que eran -mayoritariamente- falsas. El párroco de Candasnos del que se habla, es mosén Félix Launed [bajo estas líneas, su firma], quien pudo huir de Candasnos pero fue detenido en Fraga y asesinado el 25 de julio en su cementerio [bajo la firma del mártir].

 “Así llegamos a primeros de octubre y, si la memoria me es fiel, fue exactamente el día siete. Fue un imprevisto suceso que pudo tener para mí muy graves consecuencias, de no estar tan bien situado y protegido.

Con mucha reserva, se presentó en mi oficina el Delegado General de Abastos para el interior de la Columna, llamado Pascual. Nos unía muy buena amistad y entre los dos existía mucho contacto por razón de nuestro respectivo trabajo, ya que él debía despachar todos los vales que yo extendía para equipar a los nuevos milicianos. Con gran prudencia me dice:

-Tengo que hablar contigo.

-¿Es muy urgente?

-Urgente y secreto.

-Que me extiendas una autorización para poder registrar tres casas en Bujaraloz. Me señaló las tres casas.

-¿Qué mosca te ha picado?

-No es cuestión de moscas, sino de mucha más importancia.

-¡Veamos: termina de una vez!

-En unas de esas casas está escondido el cura de Candasnos.

-¿Estás en tu sano juicio?, -le pregunté.

-Claro que lo estoy. ¿Es que no sabes lo que ha sucedido esta mañana con un coche?

-Sí que lo sé. ¿Y qué relación tiene ese coche con el cura de Candasnos?

Efectivamente, por la mañana había pasado un coche con tres pasajeros, el cual, al llegar al cruce de la carretera en Osera con la de Monegrillo y Farlete, lanzó un cohete que en el aire trazó una cruz luminosa, para indicar el cruce de las carreteras. Inmediatamente la Artillería Nacional, emplazada en la Estación de Pina, principió a batir la carretera siendo imposible la circulación por ella. Luego prosiguió:

-Pues dicen que uno de esos tres era el cura. Los otros han continuado dirección a Caspe, pero el cura se ha quedado escondido en Bujaraloz.

-No te empeñes, Pascual -le dije-. En ese coche no iba el cura de Candasnos. Él fue muerto en Fraga los primeros días del movimiento.

-No se trata propiamente del cura de Candasnos, sino de uno que es hijo de Candasnos. Para más detalles te diré, que es el de la Central de Teléfonos. Dame la autorización que te pido, y dentro de un rato lo tendrás aquí.

-Mira Pascual -insistí-, ése que dices soy yo. Ya ves que no podía ir en el coche, ni estoy escondido en ninguna casa de Bujaraloz (p. 123).

La realidad se impuso sobre la propaganda. La amistad fue más fuerte que el odio. La verdad se abrió paso, una vez más, aun a riesgo de una muerte más que probable. No hagamos como algunos periodistas -y también historiadores-: que la realidad no te estropee un buen titular. Más vale perder un buen titular que inventar historias o reescribir la Historia. Es preferible contar la verdad para llegar a la Verdad.

El sacerdote de Candasnos no era un faccioso.