«Si Dios es bueno, ¿por qué ha creado al infierno?» es una pregunta a la cual, como profesor de religión católica, he tenido que hacer frente muchas veces. Con frecuencia es una pregunta llena de sinceridad fruto de una auténtica dificultad por conciliar la bondad de Dios con una realidad tan dura como el infierno. Con frecuencia también es una pregunta llena de prejuicios e ideas que tratan de comprender algo trascendente y misterioso a partir de proyecciones meramente humanas. No creo que la respuesta sea afirmarse en la dimensión misteriosa del infierno y no dar respuesta alguna como tampoco es satisfactorio pretender elaborar un argumento frío donde se definen con precisión los conceptos de «libertad humana», «bondad de Dios» y «condena eterna». Créanme, en distintos momentos he optado por los dos caminos y ninguno ha iluminado mucho a mis alumnos.

 

Es cierto que Dios no nos envía al infierno sino que somos nosotros quienes al final de nuestra vida decidimos misteriosamente rechazar su misericordia, por esta razón el Catecismo de la Iglesia considera al infierno como un «estado de autoexclusión definitiva». Sin embargo, lo difícil para un joven - o para cualquier persona, mejor dicho - es comprender existencialmente este estado de «autoexclusión» ¿Cómo puedo rechazar el amor de Dios estando delante de Él? ¿Cómo es que mi pecado me obnubila hasta el punto de hacerme optar en oposición al Único que me puede sanar? ¡Hay que estar loco para autoexcluirse de algo así! 

 

Este estado de «autoexclusión» es un gran misterio y no lo dudo; sin embargo, no es una locura, y esto es lo que me interesa que comprendan mis alumnos, es algo nos ocurre con más frecuencia de la que pensamos. Tal vez el ejemplo más hermoso y más duro lo he encontrado en la parábola del Hijo Pródigo. Cuando el Padre recibe al hijo menor y prepara una fiesta en su honor, el hijo mayor se autoexcluye de la celebración por no ser capaz de compartir la alegría del momento. La experiencia del perdón del Padre implica un amor para el que el corazón del hijo mayor no estaba preparado. El bien, la bondad y la misericordia están delante de él pero su corazón no es capaz de aceptarlos, todo lo contrario, los rechaza hasta el punto de preferir el frío y la oscuridad de la noche al calor y fraternidad de la cena.

 

Esto es el infierno.

 

Y Dios no nos envía ahí. Nosotros nos «autoexcluímos» porque, como el hijo mayor de la parábola, no somos capaces de compartir la alegría del paraíso. Nuestro corazón no está preparado y nadie nos puede obligar, ni siquiera Dios, a participar en una fiesta donde no queremos estar. Nunca un alumno me ha dicho que el Padre de la parábola debió obligar al hijo mayor a entrar en la celebración a pesar del resentimiento que sentía, incluso consideraban que eso sería cruel. Todos están de acuerdo, más bien, con que la actitud adecuada sería esperar a que pase el malestar del hijo para volver a invitarlo a la fiesta. Llegados a estos acuerdos de sentido común yo les pregunto: «¿Y si ese resentimiento no pasase jamás?»

Si tengo suerte el timbre suena y la hora de religión acaba en ese momento.