Subes a las parejas católicas en tu tribunal y les reclamas justificaciones; los avergüenzas ridiculizando su opción de no usar tus métodos anticonceptivos y los tildas de retrógrados, medievales y fideístas; los seduces con lisonjas y discursos libertarios, ofendes a la madre y pones en tela de juicio sus enseñanzas. «¡Mentira, no moriréis!» repites sin descanso al oído de los matrimonios que componen el bastión más querido de la Iglesia: «el sexo es libertad» , «los límites lo sofocan», «puedes tenerlo sin preocupaciones».  
 
Pero dime tú, mundo moderno, ¿qué les ofreces a cambio? Sube por unos minutos en tu propio tribunal y dinos qué has logrado. Separaste el vínculo natural entre sexo y reproducción; lo desligaste luego del matrimonio y en estos días ni siquiera el amor tiene derecho exclusivo de compañía. Has convertido al sexo en un bien en sí mismo y no al servicio de nada ni nadie. El placer por el placer y punto final. Un producto de consumo sin valor religioso, familiar ni social. Hoy en día ¿en qué se diferencia el sexo de irse a tomar un helado? No bromeo, te lo pregunto sinceramente.
 
Pero en tu desenfreno no calculaste que el sexo no podía convertirse en un bien de consumo sin consecuencias. Sé sincero y responde: ¿nunca pensaste que el acto capaz de producir una vida humana era a su vez un acto con una fuerza espiritual tremenda? ¡Qué ingenuidad la tuya! Un fuego encendido calienta un hogar cuando está en el lugar adecuado, la chimenea; pero tú has encendido hogueras en cada rincón de la casa y ahora no sabes cómo contenerlas. 
 
En la cochera tienes una prostitución galopante mientras que en la cocina ya no sabes cómo apagar el aborto (volverlo un derecho es tan estúpido como pedirle a un notario que certifique que tu casa se está incendiando), la pornografía ha vuelto intolerable entrar en cada una de tus recámaras y en tu patio trasero, que aún no has ido a ver, el tráfico sexual  se ha convertido en una pira enorme. Las columnas de tu casa han comenzado a ceder porque los hijos únicos no cargan como lo hacían las familias numerosas; y no aguantarán por mucho tiempo porque el fuego que devora las alfombras es la infidelidad que destruye sus familias.
 
Dios fue muy sabio cuando ató las relaciones sexuales al amor, al compromiso y a la reproducción; ellos son el lugar adecuado donde el sexo se enciende para bien de la pareja y de la sociedad. Es cierto que no podemos disfrutar de una buena fogata en cada rincón de la casa, lo admito, pero podemos hacerlo, con un poquito de esfuerzo, a los pies de la chimenea, sin temor de salir chamuscados.
 
Querido mundo moderno, la próxima vez que avergüences a una pareja católica por no usar tus métodos anticonceptivos, te aconsejo que vuelvas tus espaldas y contemples tu casa en llamas. Tu silencio será muy bienvenido.