—¿Qué lugar es éste?
—El valle de los muertos —anuncia el sabio.
El equipo encargado de rescatar para el cielo a las almas que se han perdido en las latitudes infernales, prosigue con su nada sencilla misión. En el último entuerto salvaron el pellejo milagrosamente y dieron esquinazo a una horda de demonios enfurecidos con ellos, al lograr, con la inestimable ayuda del arcángel Rafael, que un alma recordara el camino de retorno al paraíso. Corriendo desesperadamente se internaron en el bosque con los alaridos infernales de los demonios acariciando su espalda hasta que se toparon con la pared vertical de una montaña inabarcable.
Los demonios detrás a punto de darles alcance y la pared rocosa delante... situación bloqueada.
—Si lo tengo dicho, que éste nos metería en problemas —advertía el crítico señalando al líder.
—No es momento para tus impertinencias —defendía el pelota del jefe.
—Es verdad, es momento para soluciones —atacaba el justiciero con ironía— ¿alguna sugerencia... jefe?
El líder callaba impotente y aturdido sin saber que hacer hasta que la voz salvadora del sabio resonó en el aire.
—¡Por aquí!
Había encontrado una estrecha grieta en la lisa pared de la montaña por la que se podían colar de perfil. No sabían lo que podrían encontrar en las entrañas de la roca pero cualquier cosa sería mejor que el enemigo que se les venía encima. No era momento de dudas ni alternativas así que fueron entrando de uno en uno rápidamente hasta que desaparecieron sin dejar huella y cuando llegaron los demonios al lugar no acertaron a comprender donde se había metido su presa, resoplando de rabia.
Atravesaron la montaña sin mayor contratiempo que la más completa oscuridad, entre críticas del crítico, exigencias del justiciero, bravuconearías del fanfarrón, ruegos ingenuos del pacifista y silencios del sabio, hasta que salieron al otro lado dispuestos a continuar con su misión. En un momento dado, apartando al sabio de los demás, volvía a la carga el crítico.
—Coge el mando.
—No.
—Pero si el líder no da soluciones a nada o nos lía continuamente con órdenes contradictorias, y si acierta alguna vez es porque decide hacerte caso a ti.
—Déjame. Aún no ha llegado mi hora.

Ahora se encuentran en un paraje desértico, en la cima de una colina desde donde contemplan un valle repleto de fosas excavadas en la tierra, en donde se aprecian almas tumbadas enredadas por serpientes y culebras.
—Son almas abrumadas por la culpa —intuye el sabio— que en su vida temporal no supieron tener una salud psicológica y manejaron la culpa de forma desastrosa.
—¿Me dices que todas estas almas se sintieron culpables de algo de tal forma que llegaron a condenarse? —pregunta escandalizado el justiciero— yo creía que el mundo estaba plagado de conciencias laxas, que había poco examen de conciencia y poco reconocer los pecados, no me esperaba esto.
—Pues ya ves que hay también gran sentimiento de culpa y poca misericordia. El problema no es que no se reconozcan las culpas, sino que no se saben digerir. Ante su propia debilidad y fracaso el hombre opta por la autojustificación, la excusa o la negación, pero tarde o temprano todos nos debemos enfrentar con nuestros propios fantasmas y debemos ponernos a bien con ellos. Estos no lo consiguieron.
El panorama los mantiene absortos. Las almas culpabilizadas se retuercen en sus fosas rodeadas de serpientes que reptan por sus cuerpos incansablemente, susurrando al oído canciones de depresión, nostalgia y condenación. El acusador mantiene una férrea dominación sobre el valle y el ambiente es opresivo, inquietante y asfixiante. Las almas dormitan en la tristeza, la impotencia y el desprecio de sí mismas. Las serpientes susurran eternamente en sus oídos sus faltas, pecados y errores.
—Si uno es sano consigo mismo lo es con los demás. Si uno se sabe perdonar y corregir lo sabe hacer con los demás. Para ello se debe reconocer el pecado, asumir los fallos, confesarlos, dejarse alcanzar por la misericordia divina y... perdonarse a uno mismo.
—¿Y qué hacemos? —apremia el pacifista— debe haber alguien que no debería estar ahí.
—Bajemos —ordena el líder.
Una vez que el grupo ha descendido y se encuentra frente al inmenso campo de fosas con las serpientes reptando por todos lados, unas antorchas aparecen en las manos de los rescatadores que instintivamente avanzan en formación defensiva. En grupo cerrado, codo con codo, moviendo ágilmente sus teas para espantar a las amenazadoras culebras. Despacio van recorriendo los pasillos entre las fosas hasta que llegan frente a un alma que, al notar la presencia de los visitantes, se incorpora logrando sentarse. El grupo airea las antorchas por encima de su cuerpo y consiguen alejar a las serpientes. El alma mantiene los ojos y la boca cerrados pero se comunica espiritualmente.
—Nunca me lo perdonaré.
—Dios lo hizo —replica el sabio.
—Dios es perfecto, yo no.
—Dios no quiere perfectos, sino sencillos.
—No di la talla.
—Nadie la talla. Es la Gracia la que nos eleva.
—Fui una persona muy insegura, no sabía qué hacer.
—Los complejos y la falta de autoestima son un engaño del demonio, una puerta al pecado y una apuesta segura hacia la ansiedad, pero aprendiste a quererte... recuerda.
El alma ha conseguido ponerse de pie pero continúa ciega y desorientada, mientras que las culebras que se alejaron huyendo del fuego, se han transformado en un gran gusano que va creciendo y elevándose a espaldas de la adormecida alma. Los misioneros mantienen a raya a las multitud de serpientes que se van acercando atraídas por la luz que desprenden sus cuerpos celestiales, mientras el sabio dialoga con el alma para intentar recuperarla y el gran gusano va creciendo por detrás con la intención de descender y tragársela definitivamente. La situación es muy comprometida y urge una solución definitiva.
—¡Acuérdate! —grita desesperado el sabio— lloraste tus pecados, comprobaste tu miseria y tu debilidad, pero por eso mismo Dios no te abandonó, te consoló y pudiste seguir adelante.
En el mismo momento que el gusano gigante cae sobre su presa, ésta abre los ojos y musita débilmente:
—Sí.
Rafael aparece de la nada envolviendo con su enorme ala al alma redimida apartándola del camino del viscoso gusano que estrella su hocico violentamente contra el suelo, quedando completamente aturdido. En ese momento aparecen lanzas en las manos de cada uno del grupo que no dudan un instante en clavarlas en el cuerpo gigante del gusano herido que grita, con chillidos infernales, hasta que se desploma definitivamente. Rafael se eleva hacia los cielos con el alma rescatada en sus brazos mientras el grupo grita de alegría y se iluminan sus cuerpos celestiales. Sin poder reprimirse, el fanfarrón salta encima del cadáver del enorme reptil, danzando y cantando desenfrenadamente.
—¡Somos los mejores! ¡Que tiemble el infierno entero, que aquí están los máquinas del cielo! Ja, ja, ¡Tiembla Lucifer! ¡Aquí me tenéis, culebrillas!
Con su borrachera de euforia el bravucón tarda en percatarse de un pequeño detalle. A lo lejos, al fondo del valle, divisa al grupo de compañeros completamente a salvo mientras él se ha quedado solo y peligrosamente rodeado de una multitud de serpientes que avanzan arrastrándose salivando emoción ante su nueva presa. Mientras el fanfarrón menea con absoluta desesperación su antorcha para resistir el ataque de las víboras, el grupo observa desde la lejanía.
—¡Pero es que éste es tonto! —comenta disgustado el crítico.
—Habrá que ayudarle —propone el pacifista.
—Que se las apañe, él se lo ha buscado —sentencia el justiciero.
—No podemos hacer nada por él —asume el líder.
—Solo nos queda rezar, —apunta el sabio— purificar su vanidad le acortará tiempo en el purgatorio... si sale de esta.



"Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos" (‭Hb ‭4‬,15-16‬)