Isaías 55, 10-11; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23
«Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende»
13 Julio 2014      P. Carlos Padilla Esteban
«El fruto es una gracia, un don, un regalo por nuestro sí generoso. Ese fruto es inmenso, supera nuestra entrega, lo poco que hemos puesto como prenda. Su amor siempre supera nuestro amor»

 En ocasiones valoramos de forma especial una sonrisa. En momentos de angustia o ansiedad, cuando tenemos dudas y miedos, cuando tememos el futuro y todo es incierto. En esos momentos una sonrisa vale oro. Es un tesoro. No cuesta tanto regalarla y se aprecia como lo más valioso cuando se recibe. Hay personas que realmente no sonríen ni haciéndoles cosquillas. Su seriedad impresiona. Cuando uno vive así, tan agobiado por la vida, a veces no logra sonreír. No tiene ánimo para esbozar ni tan siquiera una leve sonrisa. Y cuando no sonreímos nos olvidamos de la luz de la vida. Las personas serias ven que todo es importante, trascendente, grave. Ven mal las bromas fuera de lugar, cuando no corresponden. Les parece que las bromas desentonan. Como si una broma, una risa, una sonrisa, le quitara peso y valor a lo que tenemos entre manos. Todo parece muy serio. A lo mejor falta alegría en el alma e ingenuidad para mirar la vida con más confianza y sin miedo. Decía el P. Kentenich: «La falta de Dios del tiempo actual significa una muy honda falta de alegría en nuestro tiempo, una carencia de alegría que está profundamente arraigada, que va ganando terreno»[1].A lo mejor muchos ya no sonríen porque han perdido la esperanza, porque ya no encuentran motivos para reír. Y tal vez muchas personas hayan perdido la alegría porque ya no ven a Dios en sus vidas, ya no confían en un amor providente, en un Dios que los ama con locura. Cuando es así, falta la alegría verdadera, la del alma, la que procede de Dios y no de las circunstancias de la vida. Es la alegría que anhelamos, la que nadie nos pueda quitar. Ojalá nadie pueda impedir nunca que sonriamos. Me conmueve ver a personas mayores que sonríen siempre. Los saludas y sonríen. Les duele algo y cuando los miras, sonríen. Se despiertan aturdidos, y sonríen al verte. Los saludas con cariño y te responden con una ancha sonrisa. Parece que están tristes, pero en seguida sonríen. Me gustaría llegar a viejo con una sonrisa grabada en el alma. Una sonrisa eterna, que proceda de Dios. Una sonrisa que alegre a otros. Porque sonreír hace más fácil la vida. Abre puertas, allana los caminos. Levanta el ánimo y acoge con los brazos abiertos. Es verdad que la seriedad es importante en ciertos asuntos serios. Pero muchas veces una sonrisa lo hace todo más fácil, incluso lo serio. A veces temo convertirme en un sacerdote muy serio. Siempre preocupado, concentrado, agobiado. Es el temor de pensar que los años pueden quitarle brillo a la vida, luz al día, alma a las cosas. Ayuda mucho mirar a los niños en medio de su alboroto y alegría. Decía elP. Alejandro Ortega Trillo: «Los niños no saben ser felices en silencio. Ninguna risa es más sincera que la suya. Las risas adultas con frecuencia son afectadas, superficiales, teñidas de un cierto mimetismo camaleónico. La risa de los niños debe su autenticidad a una experiencia más honda que la de poder jugar y bromear. Los niños en general, si tienen unos padres medianamente buenos, se sienten inmensamente amados. Este es el secreto de su risa y de su dicha. La risa de los niños se apoya en su impotencia, en su dependencia, en su necesidad de alguien más que vela por ellos». Sonreír como los niños. Sin nada que temer porque nos sentimos seguros. Confiar y sonreír. Descansar y reír. Como los niños.

La verdad es que siempre me imagino a Cristo sonriendo. Puede que, en el camino hacia el Gólgota, Jesús no tuviera casi fuerzas para sonreír. Pero no creo que le faltara esa sonrisa para su Madre, para los suyos, para las mujeres que lloraban, para aquella mujer que se atrevió a secar su rostro con un paño, para el buen ladrón arrepentido que lo miró conmovido, para el cireneo que le ayudó con esfuerzo a llevar la cruz. Sí, en muchos momentos de su vida Jesús sonreiría. Tendría una risa fácil, inocente, como esa que tienen algunos niños que pasan por la vida regalando sonrisas con cierto alboroto. Porque no conocen el mal, porque ven la belleza detrás del dolor y la dureza de la vida. Jesús sonreiría al ver la sorpresa de aquellos que eran curados con sus milagros, sonreiría a la mujer adúltera a la que ninguno condenó y Él dejó marchar en paz, sería su sonrisa lo primero que verían los ciegos al ser curados, sorprendidos, agradecidos. Sonreiría al llamar a Pedro, a Juan, a cada uno y ver cómo con prontitud lo dejaban todo. Sonreiría a Zaqueo al ver cómo bajaba presuroso del árbol. Sonreiría a Marta, a María y a Lázaro cada tarde en Betania. Sonreiría al ver a Pedro en el Tabor querer montar tres tiendas para pasar allí la vida. Sonreiría al ver la sorpresa de Felipe cuando trajo los panes y peces que tenía un niño y luego vio el milagro. Sonreiría a la samaritana junto al pozo al recibir su agua con inocencia. Sonreiría al leproso que volvió curado y agradecido. Sonreiría a esa niña pequeña a quien pudo devolver la vida. Sonreiría al hablar desde la montaña explicando el camino de la vida. Sonreiría al contar tantas parábolas y ver la sorpresa y entusiasmo de los que lo escuchaban con el corazón abierto. Sí, Jesús sonreiría en su vida entre nosotros. Sonreiría ante las cosas pequeñas. Se reiría de las cosas difíciles. Confiaría porque su Padre lo amaba con locura. Sonreiría a los que vivían en la tristeza. Y su sonrisa sería amplia, como un ventanal lleno de luz, como una puerta inmensa abierta a la vida. Su sonrisa quitaría los miedos del alma y rompería las barreras y distancias. Su sonrisa enamoraría y desearían todos estar con Él sólo por ver de nuevo cada día su sonrisa. Es por eso que Jesús también hoy sonríe. Me gusta imaginar su mirada sonriéndome en el camino, con ternura, calmado, conteniendo mi debilidad, animando mi desasosiego, levantando mi falta de esperanza. Me gusta pensar en su sonrisa cuando me preocupo en exceso, cuando temo por el futuro incierto, cuando me confundo. Me gusta pensar que se ríe un poco de mí, de mis miedos y agobios, como diciéndome: «Pobre, ¿por qué no confías más en mí?». A veces, llenos de agobios y preocupaciones, no tenemos tiempo para sonreír. Y la vida corre. Y se nos escapan las horas. Y no hay risas en nuestra vida. Nos da miedo sonreír demasiado. Y necesitamos, más que nunca, que alguien nos sonría, que Dios nos sonría. Y su sonrisa nos levante.

Pensaba en la sonrisa y pensaba también estos días en la importancia del silencio para que haya una sonrisa verdadera. Una sonrisa auténtica necesita siempre estar precedida de buenas dosis de silencio. Para que haya risa y sonrisa de verdad, hace falta hondura y profundidad de alma. Para que haya fuente es necesario un pozo hondo, profundo, cargado de agua. La fuente toma el agua del pozo. Para que haya árboles, hacen falta raíces que busquen agua en el interior de la tierra. Raíces firmes,  fuertes. Pienso que la sonrisa es sólo el exterior de un rico mundo interior, de una paz profunda. Por eso, una risa fingida, irónica, burlesca, es reflejo de poca hondura. Una risa cínica, crítica, que se ríe del mal de los otros, que se burla de los defectos y caídas de los demás, es una risa sin fondo, vana, superficial. Por otra parte, una risa sincera y verdadera, inocente y pura, tiene que ver con la profundidad del alma. ¡Qué importante es tener silencio en el corazón! Al mismo tiempo, ¡qué difícil! No es fácil convivir con el silencio. A veces la soledad nos aturde. No es fácil estar a solas con nuestros temores y dudas. El uso de los móviles ha acentuado la llamada «fronemofobia» o miedo a pensar. Un estudio realizado muestra que bastan entre 6 y 15 minutos sin cosas que hacer, para que la mayoría de la gente se sienta incómoda. Hay una necesidad muy fuerte en el hombre de tener algo entre manos, ocupar la mente, no perder el tiempo, aprovechar cada segundo. Cuesta tanto desconectar esta cabeza nuestra siempre en ebullición. Nos gusta estar ocupados y el móvil suele llenar ese vacío que sentimos. El silencio, la tranquilidad tan deseada, en el fondo, no es tan deseada. Vivir en una casa rodeada de vecinos parece más apetecible que vivir solo en mitad de la montaña, sin nadie a nuestro alrededor, sin niños. La soledad asusta, nos enfrenta con nosotros mismos, con nuestros pensamientos más ocultos, con nuestros miedos y deseos inconfesables. Queremos oír ruidos, gente, niños, estar ocupados, tener cosas del exterior que nos den qué pensar, para no pensar en nada más. Un silencio absoluto nos desconcierta e incomoda porque nos confronta con nuestra verdad. La soledad excesiva nos crea un problema. Estar solos con nosotros mismos, cuando no nos conocemos del todo, cuando hay preguntas por responder y temas por resolver, nos inquieta. Un poema de John Milton dice: «La mente es tu propio lugar y en sí misma puede hacer un cielo del infierno y un infierno del cielo». En nuestra cabeza está la capacidad de vivir con paz o en guerra. Tranquilos o nerviosos. Estar a solas con nuestros pensamientos nos confronta con nuestros límites e incapacidades, con nuestra pobreza y nuestras pasiones, con los pecados que tantas veces nos aturden y nos cuesta confesar. Anhelamos la soledad, tener tiempo libre para nosotros, hacer cosas por nuestra cuenta, solos, sin nadie. Pero luego esa misma soledad anhelada nos resulta difícil de soportar.

Dios quiere hablarnos en el silencio
. Decía San Francisco de Sales: «Uno se recoge en Dios para elevar suspiros hacia Él, y suspira hacia Él para recogerse en Él. El anhelo de Dios y la soledad espiritual se sostienen mutuamente». A veces Dios se sirve, es verdad, de sucesos, de personas, de conversaciones. Muchas de esas veces vemos a Dios hablando en las cosas que vemos y oímos. Pero a Dios le gusta el silencio para estar ahí con nosotros. Viene a nuestra vida en ese espacio vacío, en ese tiempo sin ruidos, en que su voz resuena con mayor nitidez, con fuerza. Una persona me contaba cómo nació su vocación a la vida consagrada: «Desde el primer momento del camino Jesús siempre estuvo a mi lado. Me habló en los silencios, con ellos me acariciaba. Me insinuaba lo que yo intuía, dibujaba en mi alma lo que sólo presentía. Era como si alguien que te conoce mejor que tú mismo pronunciara tu nombre. Sí, el nombre verdadero. Desde ese mismo día, en la penumbra de la tarde, reconocí sus pasos, reconocí mi nombre. Aún hoy no sabría explicarlo bien. Fue un susurro. Hubo mucho silencio y poca luz. Pero surgió la certeza del fondo del alma. Un fuego incipiente. Él hizo ascender la luz hasta que me deslumbró súbitamente. Y, desde entonces, esa luz siempre ha permanecido en lo más hondo. Infatigable, constante. Como la señal permanente de un pacto que ese mismo día, casi yo sin saberlo, había sellado. Pero todo ocurrió en silencio, solo, callado, de rodillas, entre lágrimas. Allí, en lo más profundo y verdadero de mi vida, vino a mi casa». Esas palabras evocan el misterio de toda vocación. Dios susurra caminos en el fondo del alma. Llama, elige, despierta y el alma tiembla. Nos conmovemos al ver sus manos acariciando lo profundo de nuestro ser, desvelando la semilla escondida. Entonces descubrimos lo que nos pide. En el silencio del corazón. Carlos Castaneda contaba en un relato sus dudas frente a qué camino tomar, y su maestro sólo le hizo esta pregunta: « ¿Ese camino tiene corazón? Si lo tiene, merece la pena». Cuando Dios nos llama a seguir sus pasos quiere que el corazón arda, quiere que camine el corazón. No camina sólo la cabeza. Camina la pasión, el amor, lo más humano. Prendidos de su amor Jesús nos mira y sostiene nuestro paso con firmeza. Así, cada día, sin dejar de contemplarnos. Nos busca en el silencio, en la soledad de nuestra vida. Se adentra en lo más hondo de nuestro pozo. Llega hasta las raíces. Se sumerge en nuestra agua. Nosotros somos como ese niño que se abre a la luz de un nuevo día y tiembla. Allí, como María en Nazaret, turbados, sin palabras, escuchamos su voz. Miramos a María, aprendemos de su sí sencillo y humilde. Miramos a María, para que Ella engendre en nosotros a Cristo. La miramos, para aprender de su sencillez, de su belleza, de su sí confiado y alegre. La miramos en silencio. Aprendemos de Ella en silencio. De sus pasos ocultos, de su entrega sincera y plena.
 
La voz de Dios baja sobre la tierra de nuestra vida y la fecunda. Lo hace en el silencio. Nos quiere hacer hondos, busca lo profundo: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo». Isaías 55, 10-11. La semilla de Dios, su palabra, su llamada, penetra en lo más hondo del corazón. Dios nos habla en el corazón y nos desvela el nombre, nuestro nombre, nuestra misión, nuestro camino. Dios nos llama a cada uno con delicadeza en el silencio de nuestra vida. En lo oculto del corazón es donde Él manifiesta su poder, en lo más hondo, donde somos más nosotros mismos, donde estamos en paz con nuestra vida, donde nos reconocemos y somos reconocidos. Dios respeta nuestros tiempos. Nos busca, nos espera, y hace que todo crezca con calma, con lentitud, desde lo más profundo. Todos tenemos en el alma una zona más frágil, que se puede romper. Si la tierra no se rompe no se puede sembrar dentro. Dios convierte lo más vulnerable de mi alma en su puerta de entrada. Dios convierte mi fragilidad en fruto abundante. Mi rotura en grieta por la que Él se desliza. Desde lo más pequeño mío, desde mi herida de amor, mi sed, mi pequeñez, desde mi historia, desde esa debilidad que me hace sufrir. Ahí es donde la tierra se rompe, la dureza se abre y Dios pone la semilla con sus dos manos, acariciando, confiando en mí más que yo mismo. Su amor es increíble. Así es el amor del Dios sembrador, que sale cada día a buscarme, que cada día, sin perder la paciencia, pone una o mil semillas en mí. Y confía en que crecerá el mejor campo, el mejor bosque, la mejor cosecha, el jardín más hermoso. Cada día sale a mi tierra, que para Él es la más bonita, porque Él ve en profundidad. Él sueña con un jardín cuando yo sólo veo tierra seca. Él ve lo que puedo llegar a ser, lo que ya soy en lo escondido. La palabra de Dios irrumpe cuando menos lo esperamos y nos acompaña en el camino. Sin forzar, cuidando la tierra del alma: «Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida. Riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes». Sal 64, 10. 11. 12-13. 14. Dios sabe lo que podemos hacer, sabe lo que podemos llegar a ser. Nos conoce en lo más hondo del alma y hace que la vida surja. Por eso las cosas verdaderas de nuestra vida llevan su tiempo. Tenemos que adentrarnos en nosotros mismos, profundizar. Así la vida va creciendo. El agua del pozo aumenta, la semilla muere, la raíz se hace honda buscando agua. Necesitamos silencio en nuestra vida, para que la sonrisa sea expresión de la alegría de vivir, de la paz del corazón. Necesitamos una íntima vida interior para que surja una vida auténtica y verdadera.

Hoy el Evangelio nos muestra la vida cotidiana de Jesús
: «Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago». Lo cotidiano tiene a veces algo de mágico. La vida rutinaria de los que amamos para nosotros tiene el valor único de conocer a la persona en su lugar, con sus costumbres, con su mundo. Jesús salió de casa. Nos consuela pensar que Jesús, el peregrino, el caminante, aquel que no tenía donde reclinar la cabeza, tuvo su hogar y sus raíces. Lo necesitó, como nosotros lo necesitamos. Seguramente esa época la guardó dentro durante toda su vida. Nosotros también guardamos esos lugares donde crecimos y nos sentimos amados. Cuando estamos cansados volvemos con el corazón allí. Su casa en Cafarnaún, la de Pedro. Ese lugar fue su hogar desde que empezó la vida pública. Iba y volvía a él, hasta que emprendió el camino hacia Jerusalén. Un hogar compartido con los suyos. Desde que los llamó, nunca se separó de los apóstoles. Echó raíces en esa ciudad, junto al mar de Tiberíades. María también estaría. Su lugar era el lago. Allí oraba, paseaba, pescaba, allí soñaba y amaba, escuchaba, sanaba. El lugar del encuentro con la gente. Su propio lugar de descanso. Jesús sale de casa sin nada previsto, sin agenda. Con el corazón abierto a lo que ese día su Padre le quiera regalar. Lo buscan muchos por sus palabras de vida, por sus manos que curan, porque tiene algo que hace que todos quieran reposar en Él. Quizás en ese momento le hubiese gustado seguir solo, contemplando, rezando. Pero llegan todos, y Él cambia su plan: «Y acudió a Él tanta gente que tuvo que subirse a una barca». Es todo para ellos. Me gustaría tener esa libertad interior. Jesús lo deja todo por cualquiera que se acerca a Él. A veces no es tan fácil. Son los imprevistos, los de repente que nos sacan de nuestro esquema. Eso fue la vida de Jesús, acoger a todos, adaptarse al otro. Jesús tiene el corazón abierto a lo que su Padre le regale en el día. Deja su soledad por aquellos que son como ovejas sin pastor, y se conmueve. Jesús, desde la barca, les habla de su Padre, les habla al corazón, responde a sus preguntas. Jesús tendría una voz potente. ¡Qué suerte, poder oírle, sentados en la orilla, mirando hacia el mar, Jesús en la barca! Dan ganas de sentarse en la orilla a escucharle: «Se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas». Jesús se sube en la barca y les habla. Es bonita esa imagen. Lo buscan, lo escuchan. Necesitan oír sus palabras. Con el tiempo nosotros es como si ya hubiéramos escuchado demasiadas cosas. No queremos oír más, tenemos bastante. No queremos perder el tiempo con palabras huecas, vacías. No nos abrimos a lo nuevo. Jesús tiene palabras de vida eterna. Calman el alma. ¡Cuántas palabras a nuestro alrededor muchas de ellas vacías! ¡Cuántas noticias y discursos que nos dejan sin paz! Salimos vacíos. Hay personas que hablan mucho y no dicen demasiado. Pueden estar una hora seguida hablando. Dicen muchas cosas. Dejan el alma vacía. Las palabras pueden ser palabras huecas, sin luz, sin vida, sin esperanza. Son palabras que no germinan en el alma. Hay muchos charlatanes. Tal vez nosotros mismos podemos convertirnos en habladores vacíos. Decimos palabras, no comunicamos vida alguna. El corazón está vacío. Hay personas que hablan poco. A veces queremos que hablen porque lo que dicen tiene mucha luz. Son personas calladas, calmadas, que no necesitan hablar mucho. Pero, cuando lo hacen, el desierto florece con su voz. Es un misterio. Es un don que tienen. Al hablar hoy Jesús les habla de lo que ven, de lo que viven. Sus palabras no están huecas, dan vida, hacen florecer su desierto. A veces nosotros, cuando nos acercamos a los otros, llegamos con nuestro discurso, con respuestas a nuestras preguntas. Llegamos incluso con nuestras palabras sobre Dios, imponiendo nuestra forma y estilo. Respondemos a preguntas que otros no se hacen. Obviamos las preguntas que el mundo se hace. Jesús nos enseña que lo primero es tomar al otro tal cual es, tomar sus intereses, acercarnos a lo cotidiano del otro, lo que le importa, lo que le mueve, a su vida. Y desde ahí, desde lo más propio, entonces decirle que hay una nueva forma de vivir, una forma más profunda, más plena, con Dios. Dios llena de sentido lo cotidiano. Ahí, escondido en lo diario, en lo humano, en lo sencillo, Él sale a mi encuentro. Hoy Jesús les habla de lo que ven en ese mismo momento, de lo que viven y que, seguramente, es el motivo de sus conversaciones y preocupaciones, de sus discusiones y celebraciones, de sus alegrías. Las cosechas. La siembra. Todos saben de qué habla. Eso son las parábolas. Es un lenguaje de profundo respeto a lo cotidiano del otro. Nosotros a veces avasallamos con teorías y nos alejamos de la vida del hombre. No somos delicados con sus sentimientos como Jesús.
 
Jesús hoy nos habla del sembrador que sale a sembrar: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga». La semilla del sembrador cae en varios lugares: al borde del camino, entre piedras, entre zarzas y en buen terreno. Impresiona siempre de nuevo escuchar estas palabras. Jesús habla de sí mismo, habla de su Padre Dios. La semilla es la palabra de Dios que muere en el corazón de los hombres y da fruto. A veces su palabra son sueños perdidos y olvidados y no florecen. Palabras que fueron pensadas para la vida y han muerto. Decía Mario Benedetti: «Dale vida a los sueños que tienes escondidos, descubrirás que puedes vivir estos momentos con los ojos abiertos y los miedos dormidos, con los ojos cerrados y los sueños despiertos». Las semillas son esos sueños que Dios siembra en nuestra alma. Son varios caminos, varias posibilidades. Hoy pienso en la semilla de eternidad, de bondad, que Dios ha sembrado en nuestro corazón. Hay personas que consiguen sacar de nosotros esa semilla que está oculta. Hay personas que nos miran por dentro, como Jesús mira desde la barca, como Dios nos mira. Miran la semilla oculta. Lo que somos, no lo que hacemos. Ven el árbol escondido en una pequeña semilla. Imposible verlo si no es con los ojos del alma. Son personas que saben, al mirarnos, cómo somos por dentro. Creen en nuestras posibilidades, ven más allá de lo exterior. Personas que nos acercan a Dios, que nos hacen reconocer esa semilla única que es la huella de Dios en nuestra vida, la huella de sus manos al crearnos. Para ellos somos únicos, conocen nuestros dones cuando nosotros sólo vemos nuestros fallos. Cuando caemos nos siguen amando sin dudar de nosotros. Ellos miran lo que somos, a veces mejor que nosotros. Ellos ven el jardín cuando nosotros sólo vemos una raíz fea. Nos miran con la mirada de Dios. Mejor aún. Dios nos mira por sus ojos limpios. A veces incluso, por ellos, llegamos a creer en que es verdad que existe esa semilla enterrada en lo más hondo nuestro y sonreímos. Y nos apoyamos en ellos para levantarnos. ¡Qué seguridad nos da su mirada! Esas personas son lo mejor de nuestra vida. Son los instrumentos predilectos del amor de Dios. Tienen la mirada pura que nos sana y nos sostiene. Ojala nosotros seamos así con muchos y logremos mirar por dentro a los demás, desvelar sus semillas escondidas. Por una sola mirada mía puede sanarse una persona. Puedo hacerle creer en su semilla. Puedo hacerle creer que, sin su semilla, yo estoy incompleto, me falta algo, porque lo que él me da, no me lo da nadie. Dios lo necesita. Como a mí. Creer en él. Como Dios cree en mí. Lo que Dios ha sembrado en el corazón del otro es un don para mi vida. A veces nos cuesta verlo. Del mismo modo, la semilla que Dios plantó en mí, es un don para el mundo. Es el misterio del ser humano, nos necesitamos los unos a los otros. Pienso en ese tesoro escondido en el campo por el que merece la pena venderlo todo. Tiene que ver con la parábola de hoy, con la semilla. Es ese nombre, esa semilla única y personal que Dios puso en mí. Por eso merece la pena dar la vida, dejarlo todo y luchar con toda el alma.

El sembrador siembra la semilla en todas partes, al borde del camino, en terreno pedregoso, entre zarzas y en terreno bueno. Jesús dice: «Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. El que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. El que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril». Siembra en todos los corazones. Nos busca a todos. No elige la tierra buena para plantar la semilla y deja la árida. No escoge a los mejores porque piensa que son los que van a dar frutos. No. Ama a cualquiera, sin mirar si su tierra es dura, llena de zarzas, es buena, o está situado el borde del camino. En realidad, no es eficaz, porque se van a perder muchas semillas por culpa del lugar en el que caen. Cuenta con nuestras limitaciones y confía en nosotros. Dios nos busca, busca nuestra tierra, sale de casa y va a nuestro encuentro. Es ese Dios que sale cada día a sembrar. Busca a todos, pone la semilla de su amor en todos los corazones, sin despreciar a ninguno. Confiando en que cualquiera puede ser tierra buena, sisaca las zarzas, si se aleja del borde del camino, si cava hacia dentro y profundiza, si saca las piedras. Decía el P. Kentenich: «Parte del hombre pleno, como Dios lo ha pensado, pasa por actualizar esa capacidad de obedecer acogiendo el don de Dios»[2]. Confía en nuestra capacidad para obedecer, para acoger la semilla. Dios es el sembrador y también es el jardinero que, con nuestra tierra, tal como es, con sus durezas y sus piedras, con las zarzas que la ahogan, con su abono, con sus zonas profundas y sus zonas más secas, puede hacer la tierra más fértil. Sólo Dios puede hacerlo y nosotros sólo tenemos que abrirnos a su gracia obedeciendo. Jesús no quiere decir que unos somos tierra buena y otros no. Nosotros lo vemos así, Él no. Todos somos tierra con piedras, con zarzas, al borde del camino. Todos podemos ser tierra fértil, fecunda. ¿Cómo es mi tierra? ¿Qué durezas hay, qué cosas se me han quedado endurecidas en el alma, por mi historia, por mis heridas, que no deja que nadie entre? ¿Qué zarzas la ahogan, las cosas tontas que me preocupan, mi afán de poder o de valer, mi obsesión por el éxito? Su mirada, desde la barca, es honda, sabe de mi sed y de mi necesidad. Es ése el sembrador del que hoy nos habla Jesús. Es Jesús mismo. Jesús salió de casa a buscarme. Dios sale de sí mismo para salir a mi encuentro. Sale de casa para ir a mi casa. Sale a sembrar. Nunca se cansa, siempre me espera en la orilla del lago, va hacia mí para sembrar en mi alma la paz, la alegría, la vida. Se introduce en mi barca para predicar. ¡Qué amor más grande! Infinito, eterno.
 
Pero algunas semillas caen en tierra fecunda: «Significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno». Mateo 13, 1-23. Impresiona esta fecundidad que no es nuestra. Ponemos tan poco y Dios da tanto. La cosecha es inmensa. Imposible de calcular. No es fácil. Pero es bonito ver lo que Dios hace con nuestro poco esfuerzo. ¡Cuántas veces en la vida, nos toca sembrar y otros ven los frutos! ¿Cómo lo vivimos? Nos toca sembrar, tocar puertas, poner de nosotros sin recibir más que la alegría de trabajar y hacer lo que Dios nos pide. Ponemos piedras de aquellas catedrales en las que otros rezarán. Eso nos ayuda a ser libres en nuestra entrega, sin esperar el fruto, sin anhelar el aplauso. Es verdad que lo importante no es la eficacia, sino dar todo lo que tenemos, sencillamente, aceptando que los tiempos de Dios no son los nuestros. Eso nos hace más fuertes, nos ayuda luchar sin ver mucho, nos hace libres, nos hace más confiados, más hijos de Dios. Otras veces es al contrario, nos toca recoger frutos de muchos que han sembrado silenciosamente sin ver nada antes que nosotros. En estos momentos, es importante ser agradecidos, saber ver todo el trabajo aparentemente ineficaz de muchas personas durante tanto tiempo. Cosechamos lo que otros sembraron. A nosotros nos ha tocado el final. Para que seamos fuente, otros han sido pozo. Vamos juntos siempre. En nuestro propio trabajo, si tocamos el éxito alguna vez, es porque, antes de nosotros, muchos han fracasado, lo han intentado, se han dejado la vida, han rezado en lo oculto de su corazón, muchos se han confundido, antes de que acertáramos. Muchos nos han apoyado con su entrega, con lo que en Schoenstatt llamamos capital de gracias, es decir, el ofrecimiento diario y silencioso de sus vidas. La cosecha viene precedida de muchas semillas entregadas con humildad y sacrificio. Por eso es importante, cuando sembramos, disfrutar de sembrar simplemente y regalarle a Dios los frutos. Y cuando recogemos, cuando cosechamos, no olvidarnos de todos los que sembraron, y reconocer con humildad que no es nuestro, que es de otros, que es de Dios. Vivir con el corazón abierto a lo que Dios nos regale. Ser generosos al sembrar en la oscuridad y al recoger en la luz. Y saber que hoy tenemos fruto y mañana veremos el fracaso. Y no pasará nada, volveremos a comenzar, sembraremos de nuevo de la mano de Dios. Confiando en que Él es el que siembra en nuestra vida, el que cuida, el que recoge, el que protege. Sabiendo que el fruto es una gracia, un don, un regalo por nuestro sí generoso. Y ese fruto es inmenso, supera nuestra entrega, lo poco que hemos puesto como prenda. Su amor siempre supera nuestro amor.

La semilla ha de morir para dar fruto. Las cosas importantes en la vida exigen esfuerzo. Nos cuesta entregarlo todo sin ver los frutos. Queremos el éxito inmediato, alcanzar la cima sin esfuerzo. No comprendemos que el sacrificio es necesario para avanzar. Sin esfuerzo no hay cosecha. Sin noche no hay luz del día. Sin silencio profundo no hay sonrisa verdadera. Sin pozo hondo no hay fuente. Si no sembramos no hay fruto. Sembrar exige renuncia. La semilla cae bajo tierra y muere antes de poder dar vida. No nos gusta tener que morir. Pero lo comprobamos una y otra vez. La renuncia y el sacrificio son fundamentales en la vida. No hay fruto sin esa semilla que muere. Es el tiempo escondido. La semilla crece con su tiempo de maduración. No es inmediato. Está un tiempo guardada en la tierra. Oculta. No se ve nada. La tierra rota deja meter la semilla y crece lentamente, desde dentro hacia fuera. Primero en lo hondo del corazón, después hacia el exterior, para que otros puedan comer y disfrutar del jardín y de la cosecha. Hay momentos en nuestra vida de raíces, de ahondar, de profundizar. Aunque por fuera no se vea nada, la mano de Dios está modelando en el silencio. Momentos de pozo, para que después pueda haber una fuente. De silencio, para que luego haya risas. Son tiempos de sacrificio, de buscar, de rezar, de preguntar, de oscuridad. Nadie ve lo que pasa por dentro. Muchas veces, cuando miramos hacia atrás en nuestra historia, nos damos cuenta de lo importantes que fueron esas épocas hacia dentro, épocas de sacrificio, o de estudio, o de enterrarnos en lo rutinario, de oración, de inseguridad. Fueron la roca que después sostuvo momentos de alegría y de fruto, de recoger. La vida es lenta, crece desde lo que somos, desde nuestra tierra, desde nuestro barro, desde nuestro nombre. Así modela Dios. A veces tapamos lo que somos y queremos ser otros, queremos ser santos ya, mirando o imitando a otros, repitiendo cosas, y no escuchamos el grito de nuestra alma. Me encanta esta imagen de la semilla escondida en la tierra, que crece por dentro primero sin que nadie lo vea, hasta que brota hacia fuera. La vida de fuera depende de la vida interior. La fuente depende del pozo. El fruto de la raíz. La sonrisa de la hondura del alma. Hoy nos lo recuerda San Pablo: «Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá». Estamos construyendo para la vida eterna. Estamos sembrando para el mañana.


[1] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría
[2] J. Kentenich, María, Madre y Educadora, 1954