Es un acto noble.
 
Es un acto que eleva lo que somos y mueve las facultades superiores de toda persona.
 
Es un acto de fe, es un acto de amor, es un acto de esperanza.
 
 
Sencillamente, rezar. Es muy grande el hombre cuando descubre su pequeñez y de rodillas reconoce que su vida pertenece a Otro, entra en un designio nuevo, grande y feliz, la Providencia de Dios, siempre amorosa.
 
Sencillamente, rezar. No es complicado. Claro que hay que desechar la idea que asocia rezar a recitar una tras otra a la carrera plegarias aprendidas de memoria.
 
Primero es un acto de la conciencia: uno se sabe en presencia del Señor. Toma conciencia. Recoge sus potencias interiores de la distracción, del farragoso mundo y sus obligaciones. Se centra, se unifica.
 
Empieza a hablar suavemente al Señor. Comienza a escuchar a su propio corazón que balbucea palabras ante al Señor. Y así se inicia, cada vez, un proceso inacabado: ¡buscar a Cristo! 
 
"Ésta es la definición misma del cristiano: alguien que busca a Cristo... He aquí, según la Escritura, la marca esencial, el fundamento del cristiano, del que deriva todo lo demás... De ahí resulta entonces que [la oración] es una... característica de los cristianos según se describe en la Escritura" (Newman, SD 19, 278. 280).
 
La oración es el núcleo de esta vida porque llena los días del cristiano, la necesita tanto como el alimento material, es el trabajo cotidiano y su fin, aquello en lo que consiste realmente, es buscar a Cristo.
 
Sumemos un dato más: es un privilegio, una gracia, que podríamos aprovechar más, el día que descubramos la presencia de Cristo en el Sagrario como un gran regalo, inmerecido. Cristo está en el Sagrario de la parroquia posibilitando así un encuentro personalísimo, una oración afectuosa.
 
Esta oración cristiana permite ratos de desahogo, de volcar lo que uno vive, pero es algo más que la mera subjetividad desbordada. Es también una escuela donde se sumerge uno en la verdad de la fe, en el dogma, en las verdades cristianas. Nutre el alma y la inteligencia si la oración bebe de las fuentes límpidas de la liturgia, de sus oraciones y textos, porque así centra el alma sólo en Dios, no en uno mismo y sus propias experiencias.
 
La liturgia celebrada es oración. No es mera predicación, un culto dirigido a la inteligencia para adoctrinarla, ni una sesión de catequesis, sino que la liturgia es oración sublime, sagrada, mística. 
 
"Los hombres hablan en nuestros días como si el hecho de oír una supuesta predicación fuese el gran mandamiento de la religión cristiana, cuando el gran mandamiento... es en realidad la oración y la alabanza, pero no de un solo individuo, sino la oración y la alabanza en común de un gran número de personas reunidas en asamblea... es la función propia de la oración pública de hacer presente a Cristo entre nosotros... a la que se ha unido la predicación... simplemente como un medio de ayudarnos a rezar y a vivir mejor" (Newman, Serm. I ,25).
 
Fruto o consecuencia derivada de la oración eclesial -a la que nos incorporamos como miembros de Cuerpo- es la oración privada con tiempo fijo, reservando momentos especiales para el Señor y así rezar más "sistemáticamente" y con más fervor. Entonces, después de esta oración privada, el corazón a lo largo de la jornada, en los trabajos y obligaciones, se podrá elevar al Señor más fácilmente con una breve plegaria o una jaculatoria. Se vive en sintonía con Cristo y en cualquier momento se le encuentra en esa plegaria fugaz.
 
Decía Newman:
 
"La oración, la alabanza, la acción de gracias y la contemplación son el privilegio y el deber del cristiano, y lo son por sí mismas, por el extremo consuelo y la extrema satisfacción que le procuran, por no hablar de los resultados precisos a los que tiende la oración... Por eso no nos extrañaremos de que este deber, que es también un privilegio y constituye la prenda característica de nuestra herencia celestial, ejerza una influencia muy particular en nuestra aptitud para reclamar dicha herencia. Quien no usa un don, lo pierde".
 
Sencillamente, rezar. 
 
Y quien reza se mantiene constantemente en tensión hacia Cristo, sin desviarse nunca.
 
Y quien reza se va transformando en un hombre de Dios por completo cuyo corazón le pertenece a Cristo.