Hechos de los apóstoles 12, 1-11; 2 Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19
«El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su Reino del cielo»
«Vivir con la certeza de saber que Él camina a nuestro lado, nos sostiene y alienta. Él conoce nuestro corazón mejor que nosotros. Y sabe que sólo su camino nos hará plenamente felices»

Siempre de nuevo me queda claro que Jesús cuenta con nosotros.
Nos necesita. Somos parte de su plan de salvación. Pero a nosotros nos falta fe. Nos cuesta creer en todo lo que podemos aportar. Tal vez tenemos todavía una fe infantil, una fe de niños. Una fe pobre que se desconcierta ante los imprevistos y sufre con las contrariedades. Una fe que no ve a Dios en la vida de cada día. Una fe no enamorada, una fe fría, que se ha quedado en la cabeza y no ha tocado el corazón. Una fe que no sabe descifrar los signos, las señales que nos manda Dios para mostrarnos el camino, para hacernos ver su mano, su amor, su cercanía. Una fe que se turba sin esperanza en los momentos de cruz y no encuentra serenidad para dar el siguiente paso. Una fe que no nos permite creer en todo lo que podemos dar, en la fuerza escondida en el alma que nos hace aspirar a las alturas. Una fe que sólo nos ayuda a creer cuando todo va bien y las cosas son seguras. Pero una fe escasa para la vida, porque la vida es algo más complicada. El otro día leía un testimonio que nos dejó Soledad Pérez de Ayala durante su enfermedad antes de morir: «El Señor quería seguir contando conmigo. Sus planes siguieron adelante. Me pregunté: ¿Qué vida es mejor, la que yo había pensado o la que me imponía la enfermedad? La respuesta es que una no es mejor que la otra, pues la bondad no está en lo que se haga, sino en cómo se haga, y, sobre todo, de quién vayas acompañado. He contado de una forma sorprendente con la presencia de Cristo en mi vida diaria. Por eso la enfermedad es dulce, pues le tengo a Él, le he descubierto a Él en mí. Desde que estoy enferma me ha entrado un ansia irresistible de vivir, de transmitir la alegría que me da sentirme amada por el mismo Dios. Ahora vivo de otra manera, pues tengo al Maestro más cerca. Le pido al Señor que me enseñe a vivir el día, pues no sé si cuento con el mañana». Son palabras que nos animan a vivir. Ninguno de nosotros contamos con el mañana. Sólo tenemos el presente para dar el siguiente paso y confiar. Soledad vivía la enfermedad mirando al cielo. Se acostumbró a vivir anclada en el Señor. Sabía que Jesús la necesitaba. Vivía recostada en su pecho, sostenida por su mirada, animada por sus manos clavadas. Sí, tenía una fe arraigada en lo más hondo de su alma. Una fe inquieta que se preguntaba con tranquilidad: ¿Qué vida es mejor? ¡Cuántas veces vivimos inquietos luchando por encontrar la vida mejor, el mejor camino, anhelando nuestra realización como personas! Y todos los caminos son igual de buenos, todas las vidas. La que no hemos tenido y la que sí estamos viviendo. Aquella a la que hemos renunciado y aquella que hemos aceptado con profunda alegría. Las dos vidas son igual de buenas. Las dos vidas podrían hacernos felices. Porque la felicidad no está en la comodidad del camino, en la ausencia de nubes, en la facilidad para andar. La vida mejor es la que Dios quiere para mí, la que me va a hacer más pleno. Tal vez nuestros planes eran distintos a los de Dios. Pero siempre lo importante es la actitud con la que vivimos, cómo entregamos nuestro amor. La plenitud nos la da Dios cada mañana cuando nos abrazamos confiados a su camino. Cuando vamos con Él descansamos seguros, porque Él siempre nos sostiene.

Todo estriba en nuestra forma de vivir y de enfrentar los contratiempos. Todo depende de nuestra capacidad paratomar la vida en nuestras manos con esperanza. De nuestra forma de amar hasta el extremo, porque se trata de eso, así, tan sencillamente, aunque nos parezca imposible. Porque experimentamos los límites y comprobamos la fragilidad de nuestro amor. Son claras las palabras que hoy el ángel le dice a Pedro en la cárcel cuando él duda: «Date prisa, levántate». Pedro cree en el ángel y se levanta: «Obedeció, y el ángel le dijo: -Échate el manto y sígueme. Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: -Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos». Hechos 12, 1-11. Vivir la vida con un sentido nos ensancha el corazón. Vivir con la alegría de saber que Jesús cuenta con nosotros y nos necesita para su plan de amor. Vivir sin miedo a lo que pueda pedirnos porque siempre será lo mejor, aunque no comprendamos nada. Vivir con la certeza de saber que camina a nuestro lado, nos sostiene, nos alienta y nos da la fuerza para seguir luchando. Vivir confiados aunque a veces el camino parezca intransitable. Vivir con paz, sin miedo a la vida, porque ya le hemos entregado todo y no hay nada que perder. Dios ya sabe todo lo que soñamos y entiende lo que deseamos. Conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos. Y sabe que sólo su camino nos hará plenamente felices. La enfermedad, la salud, el éxito, el fracaso, los planes propios, los de Jesús. ¿Quién es Jesús realmente en nuestra vida? ¿Qué lugar ocupa en nuestro corazón? Surgen las dudas y los miedos. Miradas y deseos. Como Pedro al mirar a Jesús después de negarlo. Como Saulo que, caído del caballo, ya no puede ver. ¿Quién es Jesús? No lo sabemos realmente. Lo seguimos sin conocerlo. Confundidos por las prisas y los temores. Deseando acertar en el camino, con miedo a equivocarnos. Decía el P. Kentenich: «Que nuestra vida se pase en esta contemplación ante el Sagrario. Cristo es la raíz que nutre todo el árbol. Que se convierta más y más en el eje de nuestra vida, para que seamos otros Cristos. Cuando se trata del corazón, no se nos exige un mínimo, sino un máximo. Jesús nos pide una actitud interior radical en extremo»[ 1].  Tiene que pertenecerle nuestro corazón. Sí, queremos seguirle a Él, como lo hicieron Pablo y Pedro. Aún sabiendo que seguirle siempre supone riesgos. Implica vivir de otra manera. Significa seguirle en la salud y en la enfermedad, en la escasez y en la abundancia. Amar hasta el extremo sin miedo a perderlo todo. Vivir con menos seguros y más incertidumbre. El alma tiembla. Me gustan las palabras de Jorge Luis Borges:«Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida. Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas; si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano. Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera y seguiría descalzo hasta concluir el otoño. Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres, y jugaría con más niños, si tuviera otra vez vida por delante». Son palabras que hablan de libertad y entrega. De camino y meta. De luz y sombra. De sueños y esperanza. De libertad y pocas cadenas. De pocos planes y mucha audacia. Describen la libertad de los niños y la fe de los santos. Nos invitan a viajar livianos por la vida sin querer controlarlo todo. Y eso nos asusta. A todos nos gusta saber cuál es la siguiente etapa. El próximo destino. La parada que nos espera. A todos nos asustan las cruces grandes y pequeñas, lo desconocido y lo incontrolable.

Hoy miramos a Pedro y Pablo, las dos columnas de la Iglesia, las dos columnas de nuestra fe. Los apóstoles más importantes se celebran el mismo día. Impresiona. Los nombramos y los miramos juntos. Los unió Cristo. En el Santuario están al lado de Jesús, guardándolo, señalándolo, custodiándolo. Así como lo hicieron en la tierra, lo hacen desde el cielo. En los cimientos de la Iglesia está esa unidad de los dos. Compartieron los últimos días de su vida en la cárcel en Roma. Los dos murieron por confesar a Jesús. Por fin pudieron hacerlo. Desearían poder decirle al final de su vida que estaban dispuestos a darlo todo por Él, que se rendían a Él, que lo amaban hasta el extremo. Querían afirmar en lugar de negar. Se encontraron en Roma. Habían tenido vidas diferentes, habían sido educados de forma muy distinta. Nunca se hubiesen conocido sin Cristo. Pablo conocía muy bien las Escrituras, había sido un fariseo lleno de celo. Por su lado, Pedro fue un pescador sencillo, sin mucha formación. Pedro, galileo, Pablo, de Tarso. Ni siquiera compartieron a Jesús en vida. Pedro fue su mejor amigo. Pablo no tuvo esa suerte. Ni siquiera al inicio de la Iglesia, después de la conversión de Pablo, compartieron comunidad, hubo incluso entre ellos algunos desencuentros. Dios construye siempre sobre lo humano. Faltaba Jesús, y cuando los apóstoles tenían que tomar decisiones, a veces no todos lo veían igual. La misma tensión que surge ahora tantas veces. La duda entre repetir lo mismo que ha funcionado o mantener el espíritu pero abrir nuevos caminos con nuevas formas. Pedro y algunos pensaban que para ser cristiano había que ser primero judío. Ellos habían recibido que Jesús vino a dar plenitud a toda la historia de Israel. En el corazón de Pablo ardía el fuego de llevar el mensaje de Jesús hasta los confines de la tierra, a todos los pueblos, a los gentiles. Era su misión. Pablo debía obediencia a Pedro. Pedro, lo sabía, no era el más sabio, ni siquiera el más fiel. Pero Jesús se fijó en él y le pidió que él, con su pobreza, condujese la Iglesia cuando Él ya no estuviese. Le entregó su barca, conociendo su fragilidad. Y se fió. Como se fía hoy al encomendar esta misión a los Papas. Hoy rezamos por el Papa Francisco, que, en su debilidad de hombre, asume sobre sus hombros el peso de la Iglesia. Jesús ve más de lo que nosotros vemos. Mira la belleza del alma, nuestras posibilidades, sueña con nosotros cuando nosotros sólo vemos limitación. Pablo tenía una mirada profética. Conocía el mundo y tenía el anhelo de llevar a Jesús a todos los pueblos. Sabía que Jesús respondía a la sed de todo hombre. Pasados los años, despojados de todo, se volvieron a encontrar los dos en Roma. A veces, en el dolor, en la muerte, en la enfermedad, uno deja sus prejuicios, y sólo queda lo importante frente al otro. Me conmueve pensar todo lo que hablarían los dos en Roma, en la cárcel que según la tradición compartieron. Lo que se contarían, cómo hablarían de Cristo los dos, cómo se sostendrían. La cárcel se llenó de luz. Los dos murieron por Jesús en el mismo tiempo. La tradición los celebra el mismo día. Los dos, seguramente, se apoyaron y se admiraron en esos últimos días. Pedro le contaría tantas cosas de Jesús en vida. Pablo le escucharía y llegaría a descubrir por qué Jesús se fijó en Pedro. Su nobleza, su fuerza, su autenticidad, su humildad, su transparencia. A través de Pedro conocería más a Jesús. Pedro admiraría ese amor inquebrantable de Pablo sin haberlo conocido, sin haber dormido y comido a su lado, su capacidad para dejarlo todo por un solo encuentro. Pedro es la raíz, la llave, la mirada, las lágrimas, el perdón, el te quiero, la roca, la herida. Pablo las alas, la puerta que se abre a un mundo nuevo, la espada, la caída, el fuego, el horizonte, el aguijón, la palabra.Se necesitan. Se complementan. Nuestra Iglesia se sostiene sobre dos hombres que se hicieron santos porque dieron un sí a Cristo, porque lo siguieron aunque cayeron, porque no se reservaron nada, porque creyeron en su amor más fuerte que la muerte, más grande que su pobreza. Porque creyeron en su perdón. Cristo cambió sus vidas, a los dos les cambió el nombre, lo pronunció y ellos no se resistieron. De Simón a Pedro. Tú eres la piedra. De Saulo a Pablo. Soy Jesús, a quien tú persigues. ¡Cuánto los amó Jesús! Los nombró, los llamó. Pedro. Pablo. Y ellos, nombraron a Jesús hasta el día de su muerte. Murieron pronunciando su nombre, tal como vivieron.

Pablo fue Saulo antes que Pablo. Saulo fue un enamorado de Dios, un hombre fascinado por la norma que marcaba un camino de vida, un hombre fiel y cumplidor. Las circunstancias lo convirtieron en perseguidor, porque era justo. Sabía lo que Dios le pedía. Entendía lo que era su justicia. Veía en los cristianos un peligro para los planes de Dios. Los cristianos eran una amenaza para la ley judía y él era el encargado de buscarlos y hacer que fueran juzgados. No conocía a Cristo, no comprendía a los cristianos. Sorpresivamente, en el camino hacia Damasco, escuchó la voz de Jesús: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». No conocía su voz. Pero Jesús lo conocía a él. Y él caminaba confundido por otros caminos. Creía ver con claridad lo que tenía que hacer y acabó perdiendo la vista. Tenía odio en su corazón. Aquel día, aquella caída, le llevó a comenzar un nuevo camino, el de la conversión: « ¿Qué tengo que hacer?». Se encontró con Él en su camino y ya no pudo vivir sin Él. Con la misma pasión que antes perseguía a los cristianos, se entregó a Jesús. Caer del caballo es el comienzo de todos los cambios. Saulo dejó de llamarse Saulo y empezó el camino de Pablo. Su fuerza, su pasión, cambiaron de rumbo. Fue llamado Saulo por última vez. Desde entonces su nuevo nombre marcaría el camino a seguir. Todo nombre implica una misión. Pablo comprendió que Jesús necesitaba su amor, su entrega y se puso en camino. No dudó, creyó, se fió de aquella voz y de aquellos que Dios puso en su camino para fortalecer su fe. Pablo aprendió a obedecer. Decía Benedicto XVI al hablar de Jesús: «Jesús sabía que no estaba jamás solo y, hasta su último grito en la cruz, no hizo más que obedecer a aquel a quien llamaba Padre, y toda su vida fue enteramente un tender hacia Él». A partir de ese momento Pablo nunca estuvo solo y su vida fue un tender hacia Él. Pienso en ese Pablo. Pienso en mi propia vida. Tan importante es volver a caer del caballo para reencontrar el verdadero camino. Nos creemos seguros en nuestro caballo, en nuestra zona de confort, viviendo como creemos que Dios quiere que vivamos. Pero muchas veces no tendemos hacia Jesús. Seguimos nuestro propio camino. Nos pensamos capaces de todo y centramos todo en nuestras propias fuerzas. Creemos hacer las cosas bien y justificamos los errores. ¡Cuánto bien nos hace que Dios, de vez en cuando, nos tire del caballo y nos muestre nuestra debilidad! Nos ayuda que Dios nos deje experimentar la derrota, la caída, la pérdida. A veces nuestro amor es demasiado pobre, instintivo, limitado. Está poco orientado hacia Dios. Decía el P. Kentenich: «El amor instintivo no tiene fuerzas suficientes. Es superficial. No pocas veces está centrado en un solo objeto muy concreto. Y, si no lo encuentro, cesa el amor. Es un amor vacilante. Es un amor enfermizamente apegado al yo. El amor verdadero debe salir adelante en el sufrimiento y en la cruz»[2]. A veces es así nuestro amor por los demás, por la vida, por las cosas que hacemos. Un amor frágil y enfermizo. Un amor débil que gira en torno al propio yo. Atado, esclavo. Un amor que se busca. Nos falta crecer en el amor verdadero. En ese amor que Dios pone en nuestros corazones. Nos hace falta descentrarnos e iniciar así un nuevo camino. Nos viene bien caer del caballo para entender. Saulo no amaba como amaba Pablo. Saulo giraba en torno a sí mismo, a su ego, a su ambición. Pablo se desprende de su yo y se entrega sin reservas. No teme la muerte. Ama sin miedo. Y no teme perder la vida si es para seguir al Señor donde Él le pida.

Pablo experimentó la debilidad en su propia vida. Un aguijón en la carne que le hacía consciente de su pequeñez: «Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: -Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». 2 Corintios 12, 7-10. La debilidad deja ver la fuerza de Dios en su vida. Él, llamado por Dios, caído del caballo, inicia una misión inmensa: llevar a Cristo a los gentiles, a los que no eran judíos, a los no creyentes. Y en esa misión comprueba una y otra vez su limitación y su debilidad. Dios permite que encuentre en sus caídas el camino para que se vea con claridad el rostro de Dios. ¡Cuántas veces nos quejamos en la vida de nuestras debilidades! ¡Cuánto nos cuesta reconocer nuestro pecado, las tentaciones que nos impiden crecer! En nuestra debilidad está nuestra salvación. La fuente de vida surge de la grieta que tantas veces nos paraliza. Nuestra debilidad se convierte en camino de misión. Pensamos que nada podemos hacer con nuestras debilidades. Creemos que es mejor taparlas y construir sobre ellas. Dios se sirve de nuestra debilidad para dar vida a otros. La utiliza para salvar a muchos. El P. Kentenich no fue reconocido por su padre. Esa herida marcará su infancia y su juventud. Dios usa esa herida para dar vida. El P. Kentenich se convertirá en padre de muchos. La herida, esa parte del pasado que nos cuesta reconocer y aceptar, puede ser fuente de vida. Pablo, judío estricto, fiel a la ley, se convierte en camino de salvación para los no judíos. El perseguidor de los cristianos, se hace cristiano. No podía ser creíble entre ellos. Fue perseguidor, ¿cómo fiarse de su conversión? ¿Cómo olvidar todo lo que había hecho? Ese dolor, esa herida, se convierte en la puerta hacia otro camino: los gentiles. Su pasado será el estigma que le acompañará toda su vida. Pero no era necesario olvidar nada. En su propio pasado está el camino de salvación. Pablo perdona a Saulo. Decía el P. Kentenich: «Muchas personas no pueden soportar el sentimiento de culpa y por eso lo niegan, y cuanto más lo niegan más enferman psíquicamente. Mañana o pasado mañana colapsarán también corporalmente»[3].   Pablo perdona sus errores, su fanatismo, su confusión. Pablo se arrepiente del camino seguido pero comprende que será fuente de vida. El estigma le lleva a los no judíos. La deshonra, el rechazo, el desprecio de los suyos, le hacen ver su misión verdadera.

Pablo es un converso. Tiene el fuego de los conversos en el alma. Se convierte y cambia radicalmente su vida, no de forma de ser. No deja de lado su pasión, su fuego, su amor por la vida. No deja de lado todo lo que le llevó a perseguir a los cristianos. No cambió su pasado. El pasado no cambia. Se acepta o se rechaza. Se niega o nos sirve como camino de vida. Pablo cambia el rumbo. Sigue un nuevo camino. Para poder hacerlo tendrá que perdonarse a sí mismo. Muchas veces es lo más importante para volver a creer. Tal vez lo único importante. Pablo perdona a Saulo. Tal vez muchos no perdonaron a Saulo y esa mancha acompañará sus pasos, enturbiará sus logros, lo hará sospechoso. La duda siempre estará en sus obras. Deja su tierra y se hace peregrino, misionero, enviado de Dios. Y allí donde no lo conocen, él mismo se encargaría de contar su historia: «Último de todos también se me apareció a mí como si fuera a uno nacido prematuramente. Para que no nos creamos salvados». 1 Corintios 15:7-8. Dios nos saca de nuestra tierra, nos busca en nuestra pobreza, para que no pensemos que Dios necesita nuestras grandes capacidades. Para que volvamos siempre de nuevo a suplicar su gracia. Pablo se sintió rescatado de las aguas. Jesús mismo salió al camino a buscarlo. No quiso que se perdiera. Anduvo detrás de él hasta que lo tiró del caballo. Como uno nacido prematuramente, antes de tiempo. Así lo rescató Dios. No se enorgullece de ser el último. Simplemente habla del amor de Dios. Cuenta cómo Jesús se apiadó de él en el último instante. Eso es suficiente para ser apóstol. No lo eligió de los primeros. No pudo compartir con Él su vida terrena. No pudo negarlo durante su camino a la cruz. No estuvo allí. No pudo sufrir con los otros apóstoles el miedo y la alegría, las dudas y los milagros. No fue tocado por el abrazo de Jesús. No sintió sus lágrimas. No palpó su deseo. No recibió esas palabras que llenaban de vida. No escuchó, como Pedro, la pregunta que rompe las entrañas: « ¿Me amas?». No. No pudo decirle compungido, que lo amaba. Pero Jesús esperó. Dejó que estuviera presente en la muerte de Esteban y de otros. No se lo impidió. No retuvo su brazo. No se interpuso en su camino. No lo hizo hasta aquel día en Damasco. Allí se apiadó de él. ¿Qué sentiría Pablo en su alma cuando se levantó sin ver? Dios perdonó todos sus pecados. Salvó su vida. Lo tiró del caballo y lo perdonó hasta lo más hondo de su alma. Allí, sobre el polvo del camino, experimentó el abrazo del Padre al hijo pródigo. Lloró como lloró Pedro. Se sintió solo y acompañado, perdido y encontrado. Allí, como María Magdalena, sintió que Jesús le perdonaba todos sus pecados. Allí, como Pedro, conmovido, se supo amado para siempre. Ciego, roto, caído, vacío, mudo. Salvado en el último momento. Se dejó guiar, él, que nunca antes había seguido a otros aprendió a seguir otro camino. Aprendió a obedecer a otros hombres, cuando hasta ese momento sólo pensaba que obedecía a Dios. Ese Dios al que amaba sobre todas las cosas se hizo carne en una voz que se apiadó y le mostró un nuevo camino. Siempre que pienso en Saulo pienso en todo lo que hay en mí mismo de Saulo. De ese Saulo antes de Damasco, orgulloso de sí mismo. Ese Saulo seguro y firme, convencido de lo que hacía, satisfecho consigo mismo, salvado, ya redimido. No dudaba. Simplemente cumplía con pasión lo que pensaba que era la voluntad de Dios. Era un fiel cumplidor. Me impresiona su fuerza para hacer justicia. Tal vez en mis propios juicios reconozco a Saulo. Cuando no admito opiniones diferentes. Cuando me cierro en mi verdad y rechazo otros caminos. Cuando creo que mi forma es la única correcta. Entonces pienso en ese Dios que salva, rescata, tira del caballo, abraza. Ese Dios que no se olvida de mí y me rescata. Como a Saulo. Como a tantos. Ese Dios enamorado.

La debilidad acompañó a Pablo todo su camino. Tres veces pidió Pablo verse liberado de su aguijón. Nunca sabremos bien a qué se refería. Poco importa. En su debilidad Dios le recordó lo central: «Mi gracia te basta». Y así lo experimentó en su vida: «El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles». 2 Timoteo 4, 6-8. 17-18. Dios sostuvo siempre sus pasos. No le quitó la herida, la traba, su pasado, aquellos temas no resueltos en su historia. No le privó de sus límites. No lo liberó de sus ataduras. Tampoco hizo que fuera más capaz, más puro, más fuerte. Simplemente le pidió que aceptara lo importante, que Dios le bastaba para seguir caminando. Le hizo ver que si él era débil, Dios podría ser fuerte. Que si se mostraba necesitado, Dios podía ser con él misericordioso. Dios no le quitó los sueños, los hizo más fuertes. Y así le hizo capaz de anhelar las cumbres más altas. Eso fue lo que hizo Dios con él, le enseñó a luchar por alcanzar la meta: «He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe». Así es el camino de los santos. Experimentan la presencia de Dios en sus vidas y se dejan hacer por Él. Conocen a la perfección los límites y no se desaniman cuando caen. Se levantan y siguen luchando. Ven la meta cada vez más lejos y no desisten. Por eso sus vidas, contadas sin omitir sus limitaciones, nos enseñan a vivir. En su fuego deseamos encender nuestro fuego. Saber nuestra debilidad, reconocerla, alegrarme por serdébil, es el camino. ¡Qué difícil! Tantas veces me empeño en ocultar lo que me hace débil. A veces incluso intento ocultárselo a Dios. Como si Él me quisiera fuerte. Pablo se salvó sabiéndose débil. Comprobó que en su carne resplandecía una luz que venía de Dios. Así debe ser siempre. Por eso decimos como María: «He aquí la esclava del Señor». Siendo esclavos, Él es fuerte. Él vence cuando caemos.
 
Pedro era valiente. Estaba dispuesto a todo. Creía en su valor. Se sentía capaz de proteger a Jesús hasta la muerte. Estaba dispuesto a seguir sus pasos en todo momento. En la oscuridad y en la paz del día. Se sabía estable como una roca. Sabía quién era Jesús. No lo dudaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Lo sabía en su corazón. Lo intuía. Había descubierto su mirada tantas veces por los caminos de Galilea. Amaba a Jesús. Estaba dispuesto a darlo todo por salvar su vida. Había aprendido a pescar a su lado. Lo necesitaba. Sabía que Jesús era la respuesta para su vida. Había en sus palabras deseo y anhelo. Era el Salvador y todo a su lado parecía fácil. Era Aquel que había de traer la paz a su tierra. No dudaba. Confiaba. A veces en el camino nos sentimos fuertes, capaces de todo. Creemos que todo comienza con nosotros. Queremos controlar la vida porque, si no estamos presentes, las cosas no salen bien. Hemos conocido el éxito, besado la fama, acariciado la gloria. En esos momentos es cuando el poder se nos sube a la cabeza y la mirada se nubla. Nos acecha la vanidad y el orgullo. Es la tentación más constante en el hombre. Creernos capaces de todo. Sentirnos poderosos. Nos convertimos en seres individualistas buscadores de triunfos. Nos cuesta delegar, confiar en otros. Nos encerramos en nuestras fuerzas. Nos hacemos rocosos, duros, impenetrables. Nos distanciamos de los demás que sienten nuestro poder y se alejan. La vanidad nos hace despreciar al débil e ignorar al que no cuenta. ¡Qué fácil caer en esta tentación! Rechazamos al débil, despreciamos al humilde. No nos dejamos ayudar nunca. Nos cuesta aceptar las críticas. Pensamos que lo hacemos todo bien y los demás se equivocan. No queremos cambiar nada. Son los demás los que tienen que mejorar. Nosotros podemos con todo. Muchas veces vivimos así. Somos impenetrables. Parecemos perfectos, nos sentimos perfectos, nos ven perfectos.

La mirada de Jesús y de Pedro siempre nos conmueve de nuevo. Un antes y un después. Se detiene el tiempo. La mirada del perdón. La mirada del deseo. Las lágrimas. El silencio. No hay reproches. No hay regreso. Simplemente lágrimas en la noche. Voz callada. Tristeza. La misma mirada de Jesús sobre nosotros cada vez que caemos. Un poema de Ernestina de Champurcín dibuja ese momento: «Un día me miraste / como miraste a Pedro/ No te vieron mis ojos, / pero sentí que el cielo / bajaba hasta mis manos. / ¡Qué lucha de silencios / libraron en la noche / tu amor y mi deseo! / Un día me miraste / y todavía siento / la huella de ese llanto / que me abrasó por dentro. / Aún voy por los caminos / soñando aquel encuentro, / Un día me miraste / como miraste a Pedro». Un encuentro que fue desencuentro. Un deseo insatisfecho. Una búsqueda fallida. Unas miradas que dejaron de encontrarse. Tal vez pudo Jesús seguir a Pedro con su mirada mientras se alejaba. Tal vez fue Pedro el que retuvo en sus ojos a Cristo mientras se lo llevaban. No lo sabemos. Sólo nos queda claro el instante eterno del encuentro. Las miradas confundidas. El dolor del alma. Hay momentos que quedan grabados para siempre en la memoria, en lo profundo del alma. Lo sabemos. Hay encuentros y desencuentros en nuestra vida donde las miradas nos ayudan a descifrar el instante. Miramos. Fuimos mirados. Dolor. Tristeza. Arrepentimiento. Una persona decía: «Supongo que no hay mas arrepentimiento que el de poder mantenerse en silencio, solo aceptando, así me quedo y el silencio del dolor me está llenando». Miedo sin palabras. Aunque habría muchas preguntas en el alma de Pedro. ¿Quién eres, Jesús? Es la pregunta que flota en el aire. Dos hombres que se alejan. Pedro tenía miedo. Negaba, se arrinconaba, huía. Quería estar cerca y lejos al mismo tiempo. Amaba y negaba. Lo quería todo y prefería no tener nada. Miedo. Hay instantes que nos cambian la vida para siempre. Jesús nos mira. Lo hace de formas distintas. Sale a nuestro encuentro cuando nos alejamos con miedo. A veces no lo vemos. Él nos mira. Nosotros nos alejamos. Él continúa el camino siguiendo nuestro rastro. Siempre de nuevo me emociona este momento. ¡Cuánto cambiaría la vida de Pedro después de esa mirada!

Sólo podemos ser roca cuando hemos experimentado la hendidura, la herida, el tropiezo, la caída. Pedro cae y el dolor de sus lágrimas rompe la roca. Caído y roto como Saulo en el camino. Caído y roto, herido en su orgullo, Pedro comprende por dónde empieza la salvación. Antes no podía seguir a Jesús. Ahora, ¡bendita paradoja!, puede seguir sus pasos a la cruz. A Pablo y a Pedro les unió la cruz de Jesús. Ellos no estuvieron aquel día. Jesús murió abandonado, sin Pedro y sin Pablo. Pedro le negó. Pablo lo persiguió. No estaban junto a María la tarde del viernes santo. Esa herida de Jesús de su costado es la herida de Pedro y de Pablo. La comparten. No estuvieron con Él cuando Él buscaba el amor de los hombres. Ellos estaban lejos. ¡Qué difícil aceptar esto y perdonarse! ¡Qué dolor tan grande! Pedro había jurado fidelidad. Era el amor de su vida, el que dio sentido a su historia y había transformado su corazón. ¡Qué torpe fue aquella noche, qué cobarde, qué frágil! No se acercó a consolarlo cuando dijo que tenía sed, no le dio en ese momento el abrazo de un amigo, su sí fiel. No fue capaz ni de proteger a María como lo hizo Juan. Pedro huyó. La promesa de Pedro de seguirlo hasta la muerte que le dijo esa noche de Cenáculo había quedado en nada. Él, que subió al Tabor con Jesús, que fue al huerto de los olivos, que vio tantos milagros, que caminó hacia Él sobre las aguas, había fallado. Parecía imposible. El miedo de Pedro. Su orgullo herido. El dolor por no haber estado con Jesús. ¡Cuántas veces nosotros no nos perdonamos por cosas que hicimos mal! También fallamos y caemos. No estuvimos donde teníamos que estar. No fuimos fieles a lo que prometimos. No estuvimos al pie de su cruz. Pedro y Pablo compartieron la experiencia de amor más fuerte que nadie puede sentir. Porque fallaron y después conocieron en su vida la hondura del amor de Jesús. Su herida es la marca del amor de Jesús. Eso fue el fundamento de su vida. Ese amor imposible. Escucharon de Jesús lo que una persona escribía: «Guiaré con mi luz tus noches más oscuras. Sostendré con mis brazos rotos tus caídas. Sanaré con mi costado abierto tus heridas. Colmaré con mi riqueza tu pobreza. Saciaré tu sed con mi fuente de agua viva, y tu hambre con mi pan partido. Calmaré tus sufrimientos con mi amor traspasado. Engrandeceré tu pequeñez, transformaré tu corazón mezquino. Y te acercaré un poquito más al cielo, cada vez que sin saber donde te llevo camines confiada al lado mío». Ellos vivieron el perdón sin condiciones, el abrazo sin reproches, su ternura, su misericordia. Y, además, Jesús puso en sus manos la Iglesia. Confió en Pedro como la roca. Y en Pablo como ese fuego evangelizador.Ahora sí, perdonados, humillados, vencidos, podían seguir a Jesús y ser columnas. « ¿Me amas? Sí, Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes cuánto te quiero». Se sabían sostenidos por el amor herido de Jesús. Ese amor los hizo fuertes y fieles.
 

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