Prosigue el texto de madre María del Carmen Viguri Elcoro.

La madre María Dubert se abandonó a la Providencia. Ella era de Burdeos, de familia humilde, hija de un panadero, y no podía pensar en hacerse gravosa a los suyos. Cuando a los veinte años entró de religiosa, el célebre presidente Basterot le había facilitado la dote en forma de pensión perpetua para el monasterio que la acogió. ¿Y entre sus amistades, entres sus bienhechores? No. Prefería no comprometer a nadie.

Se fió de Dios y Él la condujo, con fines de predilección, a la calle Cancera, nº 14, al Buen Pastor, institución dedicada a obras de celo, particularmente entre las jóvenes de malas costumbres que reparaban con la penitencia sus caídas pasadas.

La Superiora le abrió sus puertas con entrañable caridad. María se encontró allí con la Misa diaria, con la comunión, con el ambiente maravilloso que aprovechaban incluso los fieles de los contornos, valiéndose de la lechería que tenían montada, para acercarse, pretextando compras, a los Santos Sacramentos.

Gozó lo indecible. Pero al mismo tiempo temió. Le pareció imposible que los espías de Lacombe no descubrieran la verdad. Y entonces, si le quitaban a Jesucristo del oratorio, ¿cómo iba a ser posible que ningún sacerdote se atreviera ya a acercarse allí, ante los castigos que se seguirían?

La Comunidad del Buen Pastor, para tranquilizarla, le confió su secreto, contando con el juramento de su total reserva. Tenían practicado un escondite, muy bien disimulado, para que, en caso de necesidad, si faltaban los sacerdotes que las atendían, se albergara allí el ex provincial de los Redentoristas, P. Cazeau, santo religioso que se había ofrecido para ese momento extremo.

Y este tenía que llegar. Las sospechas dificultaron las cosas, y ya hubo que llamar al Padre. Fue un período maravilloso de preparación al martirio. La misa, la comunión y el acto diario de reparación al Corazón de Jesús se prolongaban en ceremonias de expiación cuando los temporales de nieve u otras inclemencias del tiempo dificultaban las pesquisas de las tropas. Y el Padre gustaba de explayarles los diez mandamientos del Sagrado Corazón.

“Con frecuencia te dispondrás a comparecer ante mi juicio”, decía el cuarto.

“Conmigo caminarás siempre, sin que nada lo obstaculice”, era el séptimo.

“Buscarás siempre lo más perfecto, pidiéndomelo con humildad”, terminaba el décimo.

Era un horno aquel grupito escogido de vírgenes enamoradas de Cristo. ¿Conseguirán de su Corazón la gracia de testimoniarle sus amores con la misma vida?

El 30 de junio de 1794, un agente del Terror condujo a los soldados al número 14 de la calle Cancera. Golpeó la puerta. Una ventana se entreabrió al momento y asomó una cabeza de mujer.

-En nombre de la ley –gritó el comisario-, te ordeno que desciendas y abras inmediatamente”.
-¡Un poco de paciencia! –contestó con suavidad la voz femenina-. Nos daréis tiempo para vestirnos, ¿no es así?”.

Los esbirros invadieron la casa con bárbara alegría, revisándolo todo, derribando cuanto les obstaculizaba sus deseos. Pero nada encontraron que pudiera delatar la presencia de un sacerdote. Quisieron arrancar a las 11 mujeres y a Leonardo Pauza, el aguador que hacía los servicios de la casa, la revelación. Les tomaron sus nombres ante el aparatoso tribunal, y una por una fueron contestando al minucioso interrogatorio. Todos coincidieron. Nadie sabía nada. Fuera de sí, el comisario dio la orden de arresto. Y las 12 víctimas, custodiadas por el piquete, fueron conducidas a la prisión de Las Huérfanas.

Pero el comisario no quedaba satisfecho. Regresó a Cancera. Allí tenía que encontrar algo más. Y rompió, y descerrajó, y revolvió con sus hombres, los tres pisos de la casa. Hasta que un alarido de triunfo resonó entre carcajadas y blasfemias. ¡Allí estaba el escondite! Tenían un nuevo prisionero ante los ojos, y los objetos que aparecían –vestiduras sacerdotales, cáliz, cajas con hostias, etc.- no dejaban lugar a dudas. Pero ninguna declaración pudieron arrancar de labios de Padre Cazeau, sino su confesión sencilla de que era sacerdote y que allí le habían brindado un refugio. ¿Que qué había hecho para mantener a las religiosas en sus fanatismos? Él solamente había cumplido lo que sus deberes sacerdotales exigían.

De nuevo en la prisión de Las Huérfanas, y esta vez conducido a ella el Padre, fingieron ante los 12 detenidos que el Padre Cazeau había hecho toda clase de declaraciones. Que ahora, si ellos por su parte coincidían en estas manifestaciones, se salvarían todos. De lo contrario…

Otra vez la desesperación de Lacombe y de sus patriotas ante el silencio de sus víctimas. No tenían nada que declarar. Todos habían convenido de antemano que estaban prontos a la muerte antes de delatar a ningún sacerdote fiel o de renegar a la fe romana.

“-Miserable -vociferaba Lacombe, maltratando al Padre-. ¿Tu religión te enseña a llevar a todas estas mujeres al cadalso?”.
“-Ellas, como yo, están dispuestas a morir”.

La mañana del día siguiente, 2 de julio de 1794, la carreta de la prisión gemía, una vez más, camino de la plaza Nacional. Los 13 prisioneros, maniatados, oraban recogidos en espera del momento sublime. Una avalancha de injurias y de amenazas, los envolvía a su paso por la calle de Santa Catalina, sin que los soldados lo impidieran, gozándose también ellos del espectáculo. Peyrussand, el verdugo, ejecutor de los altos designios de los sensibles legisladores, entonó un himno patriótico. Todos le corearon. Entre tanto, las víctimas recitaban pausadamente el “Te Deum”.

Al pie ya del cadalso, dirigieron una mirada suplicante al ex provincial de los Redentoristas. Lo comprendió al momento, y sus labios pronunciaron la fórmula de la absolución.

De pronto, un golpe seco de la guillotina, y la cabeza del ministro de Cristo rodó por el tablado y pasó al carro que aguardaba a los cadáveres. Había terminado la misa solemne de su vida, mezclando con la de Cristo su propia sangre.

Otros siete tajazos mortales, y otras tantas cabezas presentadas al pueblo como trofeos de victoria, arrojadas luego al carro que conduciría los santos despojos al cementerio.

De pronto, una blasfemia del verdugo hizo estremecer a las cinco víctimas restantes, que aguardaban al pie del cadalso. Entre ellas, María Dubert. Se había estropeado la guillotina. Gesticulaba furioso, sin que la cuchilla obedeciera.

Malhumorado, el capitán dio la orden de regresar a la prisión, al palacio Brutus. La carreta, con las cinco víctimas, fue desandando los caminos recorridos una hora antes. El pueblo parecía cansado, como saciada ya su sed de sangre. En cambio, Peyrussand montó también entre las religiosas, riendo y haciendo chacota de lo sucedido.

María Dubert iba de rodillas, abstraída, ofreciendo al Padre el prolongarse de su agonía. Peyrussand le presentó un crucifijo:
“-Anda, ¡bésale!”.



Ella abrió sus ojos, alegrándose de ser testigo de Cristo, en aquel momento supremo, ante el pueblo que las iba siguiendo. Inclinó la cabeza, y cuando ya sus labios iban a encontrarse con los de Jesucristo, el verdugo, con cruel risotada, le volvió la cruz del revés.

Las lágrimas nublaron el azul de sus dulces ojos. Besó el revés de la cruz y dijo a Peyrussand con mansedumbre:

“-De cualquier manera que me lo presentes, siempre será Jesús, mi Salvador”.
¡Qué maravillosa confesión final! Todo un programa de vida que legaba como testamento a sus hermanas de la Compañía.

Bastó una hora para arreglar la guillotina. Ahora, de nuevo ante el cadalso, van subiendo al estrado una a una, lentamente, como para celebrar la misa, después de haberse hecho la señal de la cruz.

Y dice Enrique Lelièvre, historiador de los sucesos revolucionarios de Burdeos, que cuando el siniestro carro volcó en el foso de Saint-Seurin los cadáveres de los mártires, el sol iluminaba la ciudad con sus últimos resplandores.

El martirio de María Dubert -añade- se había cumplido a la hora misma en que en la Antigua Alianza ofrecía el sacerdote el sacrificio vespertino, elevando hacia el cielo el perfume de los incensarios y las llamas encendidas del holocausto”.