Hace poco el Papa en una homilía habló brevemente sobre la esperanza. Su argumento se basaba en que el cristiano no es un ser abstracto sino histórico. Tiene un pasado, un futuro y un fin. La historia siempre es un recorrido que no puede hacerse solo. Un hombre solo es un ser abstracto, un absurdo o una quimera. El cristiano, pues no debe olvidar nunca las dos dimensiones principales de su vida, la de la memoria y la del futuro, coronado siempre por la promesa. Si mira hacia atrás y recuerda, se encuentra con que pertenece a un pueblo, guiado por Dios, desde hace miles de años en el que fuimos educados. Ahí en medio de ese pueblo nació Cristo como uno de tantos, un ser histórico también, en el que habita la plenitud de la divinidad.

            Después de Cristo ya colmados con mucha más gracia y más dones continúa la historia hacia un futuro que tendrá fin aunque no sabemos cuándo. En esta perspectiva la memoria se hace promesa. Caminamos con la promesa del encuentro feliz y definitivo con Cristo y todos los bienes de su cielo. Cuando la promesa se vive activamente y con ilusión se trasforma en esperanza que nos lleva hasta el fin.

            Si esto es así, ¿quién guía nuestro caminar, la fe o la esperanza? Para mí no ha sido fácil distinguir la esperanza de la fe. Me parecían una misma cosa. Era natural que lo que conocieras por la fe lo desearas, luego no tenían por qué ser dos cosas. La gran suerte que tuve es que me tocó vivir en una época en que era muy cultivado el tema de la esperanza bajo los puntos de vista psicológico y filosófico. Los filósofos marxistas lo veían desde el punto de vista de la revolución. Para activar en el pueblo el deseo del cambio, la renovación de estructuras y las trasformaciones profundas en la mentalidad, se necesitaba una parte positiva que nos venía dada por la esperanza de un mundo nuevo, justo e igualitario.

            Era un mundo humano pero apasionante en el cual yo llegué a disfrutar mucho. Tres libros influyeron en mí de una manera especial que me fueron encarrilando aunque yo no había llegado todavía en serio a lo sobrenatural. Eric Fromm[1] La revolución de la esperanza, Ernst Bloch[2] El principio Esperanza, Jürgen Moltmann[3] Teología de la esperanza. Estos libros me dieron la ilusión de trabajar por un mundo nuevo, un mundo mejor, un mundo renovado en cuyo advenimiento tenía que actuar y constituirme en protagonista. Estos autores ya hablaban de escatología, del mundo feliz al que teníamos que dar a luz, de la esperanza como modo de ser y de vivir para conseguirlo.

            Disfruté mucho, como digo, en esta época porque se me abrían amplios horizontes. La esperanza como factor dinamizador lanza la vida hacia el futuro siempre en la estela de la promesa que se va cumpliendo día a día. La esperanza, a este nivel, es la certeza de que algo va a suceder aunque no ocurra nada en los días de tu vida. Lo importante está en el futuro, en lo que no ha llegado todavía. Es un modo de ser, una actitud y estado del alma que te hace vivir siempre despierto y en una alerta continua porque todo está a punto de llegar. El vivir del pasado, sin impulso hacia adelante, es una enfermedad, una patología que llena de vicios el comportamiento humano.

            La fuerte predicación que he tenido durante cerca de cuarenta años en la Renovación carismática ha sido siempre enfocada en esta perspectiva, pero en ella se me dio el sobrepasar la razón social, sin eliminarla de mi vida, en beneficio de la actuación y de la unción del Espíritu. En esta línea comencé a necesitar volver, de vez en cuando, a la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino porque allí hay principios inconmovibles. Por ejemplo: En la antropología clásica hay una pregunta: ¿dónde residen la fe y la esperanza? Y vi cómo Santo Tomás coloca la fe en la razón y la esperanza en la voluntad. Esto quiere decir que la fe mira a todo lo que podemos conocer de Dios por revelación y la esperanza a todo lo que podemos desear de Dios. Con otras palabras la fe mira al verum y la esperanza al bonum. Por la fe conocemos la verdad de Dios y con la esperanza buscamos el bien y la felicidad en él.

A nivel filosófico y racional, como digo, conseguía ver clara la diferencia entre fe y esperanza pero esa inteligencia no me valía porque yo deseaba vivencias, entender experimentalmente. Ningún argumento me las daba. A nivel teológico bajo una revelación del Espíritu se me empezó a clarificar. Estaba en las tumbas de San Calixto. Al terminar el recorrido, mis acompañantes quisieron que dijera la misa allí mismo y, contra mi voluntad, porque no estaba nada bueno, lo hice y dije unas palabras. Pues bien, durante esas palabras sentí la iluminación: El Señor me decía que los cientos de miles de personas que estaban enterrados allí y se habían expuesto en sus cultos a la captura de la policía romana lo habían hecho motivados más por la esperanza que por la fe.

            La conmoción interior suave y gustosa que generó tal revelación me duró varios días. Pude intuir que el Espíritu Santo activaba en aquella gente, no muy culta, la esperanza en Jesucristo, el deseo del cielo. Más que iluminar su mente con la fe les estimulaba el corazón con la esperanza. Eran cristianos vivos que en el bautismo habían recibido el gozo del Espíritu, el consolamentum, una presencia fuerte del Espíritu mezclada con el gozo de sus dones. En esta época que vivimos ahora el racionalismo nos ahoga la fe y no digamos la esperanza. Entonces una comunidad viva e impelida por el amor y el mutuo peligro activaba la presencia de Cristo en la oración y veía con claridad los signos del Espíritu. No era fácil la deserción y la desesperanza porque el voltaje espiritual era alto. Seguro que su razón les acribillaba con sus dudas pero su dedeo del bien, del cielo y de la felicidad era superior. Ahí les sostenía el Espíritu.

            En los últimos años, ya de mayor y con una enfermedad grave, veo que en mí lo que crece es la esperanza, es decir, el deseo del bien, del cielo y de la salvación, de la felicidad y vida eterna, del amor a Jesucristo resucitado, del encuentro en la eternidad con todos los que me precedieron. Todo esto es vivencia real porque me pacifica, me da vida, me la alegra. Este mundo futuro y nuevo es el objeto de la esperanza. No lo vivo como conocimiento que sería objeto de la fe sino como deseo. Lo vivo donde los hombres viven la felicidad, la seguridad, que no es en la verdad de las cosas sino en su saciedad, aún promesa pero ya real.

            Lo que ahora, en el ocaso de mis años, más me motiva es la esperanza. Objetos de la esperanza como la vida eterna es lo que más me consuela. Ahora ya lo sé distinguir bien, pero es la acción del Espíritu la que distingue una vivencia de la otra en mi espíritu. No es mi mente la que las distingue; son dos clases de vivencias muy reales cada una. En el cielo se harán una sola porque sólo permanecerá la caridad, pero aquí dada nuestra complejidad son dos y ambas muy sabrosas. Incluso se apoyan la una a la otra. De hecho la esperanza la tomo también como la prueba vivencial de mi fe. Soy feliz de tener esta fe porque engendra en mí una esperanza que me hace feliz.

            Fui feliz cuando estudiaba la esperanza humana en los autores citados pero ahora, a nivel ya del don, donde la luz que nos hace comprender y sentir es el Espíritu Santo, es todo mucho más vital y profundo. Ahora no me interesa tanto el cambio, la revolución, el alumbramiento de un mundo nuevo donde se superen las injusticias humanas; ahora, lo que más me interesa, es mi condición de mortal, abocada al fin, que gracias a Dios la tengo iluminada por los objetos de la esperanza. De alguna forma todo va en la misma línea pero la felicidad espiritual supera todo. No estoy en el muero porque no muero,  ya que no tengo ganas de morirme pero intuyo que dejándote hacer por el Espíritu puedes llegar a ese deseo místico de estar con el Señor. Algo de eso lo puedes saborear ya en este mundo en la experiencia de la virtud de la esperanza.

 

 



[1] Eric Fromm, judío alemán. Destacado psicoanalista que escribió muchas obras de gran influencia. Huyó a América para librarse de los Nazis. Murió en 1980.Su libro más famoso fue el Arte de amar.

 

[2] Ernst Bloch fue también judío alemán. Huyo de los Nazis a América y a México. Allí compuso sus escritos más importantes. Vuelto a Alemania, murió en 1977.

 

[3] Jürgen Moltmann, Teólogo protestante alemán. Fue alistado en el ejército alemán y en 1945 se rindió al primer soldado inglés que vio en un bosque sin haber disparado una sola bala. Hasta hace poco seguía escribiendo todavía..