Celebramos hoy la fiesta de la Santísima Trinidad, una fiesta que, por cierto, celebramos por igual católicos y protestantes, que lo hacemos tal día como hoy, a saber, el primer domingo después de Pentecostés, y también los ortodoxos, bien que ellos lo hagan en otra fecha, el domingo de Pentecostés, trasladando ellos la fiesta del Espíritu Santo, que los católicos celebramos dicho domingo de Pentecostés, al lunes siguiente. En cualquiera de los casos, una más de las fiestas móviles de la Iglesia, que en este caso, puede caer, tal cual aconteció en 1818 y volverá a ocurrir en 2285, el 17 de mayo como pronto, y tal como aconteció en 1943 y volverá a ocurrir en 2038, el 20 de junio como tarde.
 
            El objeto de la fiesta, como su propio nombre indica no es sino la celebración del dogma de la Santísima Trinidad, la que forman Dios Padre, Dios Hijo o Jesucristo, y el Espíritu Santo, “tres personas distintas y un solo Dios verdadero”. Y de hecho, marca la fecha de una fiesta que hoy día tiene mucha más tradición, el Corpus Christi, celebrado según establece la bula “Transiturus” que emite en 1264 el Papa Urbano IV, el jueves siguiente al domingo de Trinidad.
 
            La fiesta hunde sus raíces en los albores del cristianismo, y está indudablemente relacionada con la herejía arriana que, precisamente, niega la Santísima Trinidad. En el “Sacramentario” de San Gregorio Magno aparece ya una serie de oraciones y el llamado “Prefacio de la Trinidad”. Las “Micrologías” escritas durante el pontificado de Gregorio VII no marcan el domingo siguiente a Pentecostés como fiesta especial, pero sí indica expresamente que en algunos lugares se recita un oficio de la Santísima Trinidad compuesto por el obispo Esteban de Lieja (903-920), una diócesis por cierto que, tendremos ocasión de ver, se va a significar especialmente en el establecimiento de fiestas que le son muy caras a la Iglesia.
 
            Consta que Alejandro II (10611073) rechaza establecer la fiesta con carácter universal en la Iglesia, pero no prohíbe que se celebre allí donde sea consuetudinaria. De hecho, será Juan XXII el que la universalice, emplazándola en el primer domingo después de Pentecostés, dado que es en Pentecostés cuando la doctrina de la Santísima Trinidad es su no proclamada, sí por lo menos culminada. Le otorga categoría de doble de segunda clase que San Pío X en 1911 eleva a doble de primera clase. El franciscano John Peckham, Arzobispo de Canterbury, elabora su oficio, y nada menos que Johan Sebastian Bach escribe tres cantatas a él dedicadas. El color litúrgico del día es el blanco, por lo que hoy verán Vds. al cura llevar casulla blanca en la misa.

            Que hagan mucho bien y que no reciban menos.
 
 
            ©L.A.
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