Por Segundo Llorente, SJ, misionero jesuita en Alaska durante 40 años

  Cada año que termina, vemos con orgullo que nuestros estantes se han enriquecido con libros nuevos de Misiones: libros variadísimos, floración espontánea del campo católico misionero; libros originales o traducidos, que recrean nuestros ocios llevándonos como en vuelo aéreo por las junglas indostánicas, por las cordilleras andinas, por los desiertos africanos, por las islas del Pacífico y por las provincias chinas infectadas de bandidos.  Dos cosas he echado de menos en la literatura misional española. La primera es un libro o folleto sobre Alaska. La segunda es un libro escrito por un misionero que nos cuente, no las actividades de otro, sino las propias, y que descienda a detalles que interesen a los que en Europa abrigan la esperanza de ser algún día misioneros.

Es un poco desconcertante recibir cartas de jóvenes de veinte años que anhelan venir a salvar millones y millones de esquimales por la sencilla razón de que ignoran que la población total de Alaska no llega a 60.000 almas, aun contando los aventureros y mineros blancos, que componen cerca de las dos terceras partes.

Asimismo los aspirantes a Misiones desean saber qué come el misionero, dónde duerme, cómo viaje, qué le suele acontecer en los viajes, cómo reacciona en ocasiones difíciles, cómo instruye a los indígenas, cómo responden éstos a las instrucciones, etc., etc.

Y esto prefieren oírselo al misionero mismo, no a otro que habla de oídas o en tercera persona, o tal vez que ni siquiera ha puesto los pies en una Misión propiamente dicha. No hay nada tan bello como acariciar un ideal magnífico. La prosa deprimente de la vida se estrella y se esfuma contra los muros inexpugnables de ese castillo, que levantamos en el aire al principio, pero que se nos acerca más y más, hasta que un día venturoso nos vemos en posesión de él pacífica y completamente.

Cada uno es lo que quiere ser. Los santos lo fueron, porque quisieron, y los cabecillas revolucionarios arrastran las multitudes porque quieren arrastrarlas. El que quiera pertenecer al rebaño y llevar una vida quieta y sosegada lo logrará invariablemente. A mi parecer esto no tiene vuelta de hoja. Ahora bien, entre los ideales más sublimes, que un pecho generoso puede abrigar, y entre los quereres, a que un alma noble puede aspirar, es uno el querer ser misionero de infieles, continuador de la obra de Jesucristo acá en la tierra.

Al afortunado, a quien le quepa en suerte ser escogido por uno de los Doce, le espera una vida de cruz a la cual le sujetan tres clavos a cual más fuertes, y son ésos:

Primero: la lengua. Aquella memoria feliz de la adolescencia se ha atrofiado por el uso del raciocinio en los días maduros, y cuesta muchos sudores y esfuerzos retener palabras como tekteljóunga, ajanajkágolok, talluyajtoveágameut y otras dos mil por el estilo. En los viajes, por la calle, en las casas y sobre todo en la iglesia, se encuentra el misionero cara a cara con las almas, en las que tanto soñó, pero aquellas almas allí presentes se encuentran a cien leguas de él; no se entienden; ni siquiera les puede hablar. El uso forzoso del intérprete es un mero salir del paso. Quiere uno hablarles directamente, hablarles palabras suaves y de aliento, hablarles de Jesucristo y su obra… pero no puede. Hay que estudiar muchas horas, muchos días y tal vez muchos años, y quiera Dios que, al cabo de ellos, no se le rían los oyentes y haga el ridículo y se desaliente. No hay que forjarse ilusiones; si los sonidos son extraños o flaquea la construcción gramatical, los indígenas se ríen con el descaro más ingenuo, y la dignidad del misionero sufre un menoscabo irremediable.

Segundo: el desencanto. No se viene a ser Javieres legendarios en busca de reinos, que se ganarán infaliblemente para la Cruz con sólo caminar de ciudad en ciudad con el Crucifijo en alto, ni espere nadie que se le canse el brazo de bautizar como al Apóstol de las Indias. El misionero del siglo XX tiene que contentarse tal vez con enseñar griego o latín a chicos indígenas, amigos de recreo y vacaciones, o con escribir artículos de apologética en una revista del país, o con visitar un distrito vastísimo, cuyas distancias le roban en viajes una tercera parte del tiempo. Al cabo de un año de fatigas sin cuento no se han bautizado arriba de treinta o cincuenta o tal vez ciento. Luego la instrucción de los adultos deja mucho que desear. Naturalmente los hay buenos y los hay malos. Hay quienes no van a Misa el único domingo del año que acierta a pasar por allí el misionero, con señales evidentes de que no tienen fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Hombres y mujeres, que se educaron gratis en nuestras escuelas, viven luego de mala manera y se enfadan cuando el misionero les recuerda las obligaciones del buen cristiano, o tal vez se pasan a una secta protestante de manga ancha, cuyo pastor mercenario los recibe con una sonrisa hasta las orejas. A un mes de trabajo ímprobo sucede otro de inactividad completa dentro de cuatro paredes, que se las sabe uno más que de memoria. En semejantes circunstancias el demonio del desaliento le aguarda a uno en celada para lanzarse al asalto en un momento propicio.

Tercero: la disipación. En las Misiones, como en cualquier otro lugar, se impone el alerta. Ni el decir adiós a los padres y hermanos, ni el renunciar voluntariamente a la Patria y a los amigos, ni el surcar mares ignotos en busca de almas, son bastante para sostener espiritualmente al misionero, si éste descuida los ejercicios espirituales de costumbre. A dos días que abandone la oración y la presencia de Dios, se encuentra tibio y vacío de pensamientos y motivos espirituales, lo mismo que le acaece al religioso en la comunidad más observante. Dios no quiere que el misionero se envanezca creyendo que ha hecho mucho por El yendo a las Misiones; al contrario, quiere que se convenza de que la vocación misionera es una gracia especialísima, un como regalo inmerecido, que Dios hace al misionero y por el cual exige pruebas de amor y fidelidad, que tal vez no le hubiera exigido si no le hubiera escogido para misionero.
Ahora bien, cuando duerme uno en casa ajena y aprietan mil negocios de importancia, es muy difícil hacer una hora de oración. Cuando se padecen mil incomodidades en el viaje, se corre el peligro de impacientarse y ganar purgatorio en vez de cielo. Una Misa, dicha en el rincón de una choza sucia, puede ser terminada con mil quejas interiores nacidas de la incomodidad con que se dijo y del cansancio del cuerpo, que en vano procuró descansar la noche anterior en un suelo duro y desnivelado. En todos estos casos, Dios quiere que el misionero haga la meditación, que no se impaciente, que no se queje interiormente y que gane cielo. Pero esto requiere esfuerzo, y todo esfuerzo es costoso.

El esforzarse es un acto personal y no un don, que le llueve a uno el día que pone los pies en la Misión. Sin un esfuerzo suave, pero continuo, la vida espiritual del misionero queda hecha jirones en tantos viajes tan a propósito para la disipación del espíritu. Pero estos tres clavos que sujetan al misionero en la cruz se pueden convertir en clavos dulces, como llama la Iglesia a los clavos del Señor. Basta para ello que el misionero quiera ser fiel, que renueve la presencia de Dios y espiritualice las obras, que haga a Jesucristo el centro de sus aspiraciones, y entonces Dios le saldrá al paso para endulzarle las hieles de la vida, para darle a ratos consuelos, en los que jamás había soñado y para servirse de él como de instrumento apto en la conversión de los infieles.

Al misionero le incumbe plantar y regar; la cosecha la recoge Dios. Feliz el misionero que, con el sudor de su frente, tiene a Dios ocupado en llenar de grano purísimo las paneras del reino de los cielos.  

Institute of the Incarnate Word