A veces, como que no nos termina de quedar claro si los laicos estamos o no en condiciones de alcanzar la santidad desde nuestro lugar en la realidad temporal. Algo queda del “fantasma”, según el cual, solamente los sacerdotes y las religiosas siguen verdaderamente a Jesús. La respuesta tajante que nos da la Iglesia es que todos podemos ser santos según la vocación de que se trate; sin embargo, todavía nos falta creérnosla un poco más y, desde ahí, dejar a un lado los complejos, dándonos cuenta que no somos un plan “b”, sino que nos encontramos -como bautizados- en primera línea. Hay muchos antecedentes en la Congregación para la Causa de los Santos que nos demuestran hasta dónde puede llegar un laico si se toma enserio su ser y quehacer en la Iglesia. El problema es que nos la seguimos pensando y, cuando esto sucede, es muy fácil inventarse pretextos o terminar copiando las palabras y gestos de los religiosos, cuando somos nosotros quienes debemos de redescubrir nuestra identidad, aquello que nos hace originales, toda vez que si hay alguien creativo y original es el Espíritu Santo.

Para muchos, ser laico es tener varios amigos sacerdotes y ponerlos como fotos de perfil y portada; sin embargo, ¿qué tendrá que ver eso con la nueva evangelización que nos corresponde sacar adelante? Es bueno tener amistad con los religiosos o las religiosas, pero sentirnos muy católicos por el simple hecho de que nos conozca el párroco o el obispo resulta un desbalance total, una distorsión. Nuestra vocación parte del bautismo, de aquel vínculo que nos hace Iglesia. Fuera de eso, realmente son cosas accesorias que casi siempre nos llevan a descuidar la parte que nos toca: hacer presente a Dios en medio de los grandes escenarios y niveles de la sociedad, lo que -dicho sea de paso- requiere de una adecuada preparación humana, espiritual, intelectual y profesional. ¿Nos animaremos a seguir las huellas de hombres y mujeres como San Giuseppe Moscati o la Venerable Concepción Cabrera de Armida? Ellos fueron laicos, cristianos que se gastaron por la causa del evangelio en medio de contextos históricos desafiantes y que hoy constituyen una palabra de aliento para los que empezamos a dar nuevos pasos en esa misma dirección.

No se trata de hablar y vestir como religiosos, sino de ser nosotros mismos en clave de fidelidad al evangelio explicado por la Iglesia. Algunos laicos quieren copiar a los sacerdotes, igualarlos en todo y ese igualitarismo trae consigo un error que resta originalidad al aporte carismático de los seglares. Urge retomar la teología paulina sobre la Iglesia como un cuerpo formado por distintos órganos con una función específica e interconectada con los demás. El momento es ahora.

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