Decíamos la semana pasada que cada vez son más los historiadores que hablan del acontecimiento de la Revolución Francesa como del “Primer Genocidio de la Historia Moderna”.

Afirma José Orlandis[1]: “Es bien sabido ‑aunque suene a paradoja‑ que la Revolución Francesa comenzó con una solemne procesión; la presidió el rey Luis XVI, y los representantes de los tres estados, cirio en mano, acompañaron devotamente al Santísimo Sacramento”. Esto sucedía el 4 de mayo de 1789, al abrirse los Estados Generales; pero, a las pocas semanas, el decorado cambiaría radicalmente y el proceso revolucionario avanzó incontenible, tanto en el orden político como en el religioso.

El 14 de julio el pueblo de París respaldó en las calles a sus representantes y, ante el temor de que las tropas reales los detuvieran, asaltaron la fortaleza de la Bastilla, símbolo del absolutismo monárquico, pero también punto estratégico del plan de represión de Luis XVI, pues sus cañones apuntaban a los barrios obreros. Tras cuatro horas de combate, los insurgentes tomaron la prisión, matando a su gobernador, el marqués Bernard de Launay. Si bien sólo cuatro presos fueron liberados, la Bastilla se convirtió en un potente símbolo de todo lo que resultaba despreciable en el Antiguo Régimen. Retornando al Ayuntamiento, la multitud acusó de traición al alcalde Jacques de Fleselles, quien recibió un balazo que lo mató. Su cabeza fue cortada y paseada por la ciudad clavada en una pica, naciendo desde entonces la costumbre de pasear en una pica las cabezas de los decapitados, lo que se volvió muy común durante la Revolución.


Esta se fue extendiendo por ciudades y pueblos, creándose nuevos ayuntamientos que no reconocían otra autoridad que la de la Asamblea Nacional Constituyente.

Desde 1790, el proceso revolucionario se radicalizó, adoptando una actitud cada vez más agresiva hacia la Iglesia. El 13 de febrero se decidió la supresión de los votos monásticos, y el 12 de julio la Asamblea aprobó la “Constitución Civil del Clero”, que subvertía de raíz la organización eclesiástica. Surgía una Iglesia galicana, al margen de la autoridad pontificia, de estructura episcopalista y presbiteriana, donde los obispos y los párrocos eran elegidos por el pueblo y los nombramientos episcopales serían solamente notificados a Roma. La Asamblea exigió a los sacerdotes juramento de fidelidad a la Constitución Política, dentro de la cual estaba incluida la mencionada «Constitución Civil». El papa Pío VI prohibió el juramento y excomulgó a los sacerdotes que lo prestaron (12 de marzo de 1791). Un cisma se abrió así entre curas «juramentados» y curas «no juramentados», que se convirtieron legalmente en individuos sospechosos (al comienzo del artículo, Una misa bajo el Terror ", pintura de Charles-Louis Muller).

La Asamblea Legislativa, que sucedió a la Constituyente, decretó el 27 de mayo de 1792 la deportación de los sacerdotes «no juramentados»; en septiembre, la Convención sustituyó a la Asamblea Legislativa y comenzaron las matanzas de sacerdotes. Abolida la Monarquía, se proclamó la República y Luis XVI fue ajusticiado en la guillotina el 21 de enero de 1793.

Decimos que hay martirio cuando el perseguidor, movido de hecho por su odio a la fe, inflige la muerte, aunque se vanaglorie de hacerlo por otra causa. La llamada «humanista, gloriosa y liberadora Revolución Francesa» costó a la Iglesia Católica en este país más de dos mil sacerdotes asesinados, una multitud de profanaciones, religiosas violadas y torturadas hasta la muerte, pueblos enteros destruidos y miles de mártires fusilados, guillotinados, descuartizados, ahogados, incendiados vivos, torturados, por fidelidad a la Iglesia, y, en definitiva, por oponerse a la Revolución Francesa.

Los años 1793‑1794 representaron la fase más trágica del período revolucionario. Un solo año de Revolución Francesa, el 1793 del Gran Terror, causó muchas más víctimas que todos los siglos de todas las inquisiciones unidas. El calendario civil fue sustituido por un calendario «republicano». La entronización, el 10 de noviembre de 1793, de la «Diosa Razón» en la catedral de Notre‑Dame, de París, y la institución por Robespierre del culto al «Ser Supremo» fueron otros tantos episodios de la obra descristianizadora, que tuvo una de sus expresiones en el furor iconoclasta, que dejó una huella, bien visible todavía hoy, en tantas viejas iglesias y catedrales de Francia. Por todos los medios se intentó borrar de la vida francesa cualquier huella cristiana.

No pretendemos que estos artículos se conviertan en una tesina. Pero es cierto que para muchos de los lectores este es un episodio totalmente desconocido. Todos hemos oído hablar de la Revolución Francesa. Todos conocemos la fecha del 14 de julio de 1789 y el famoso episodio de la Toma de la Bastilla parisina. Aunque no podemos hacer un estudio exhaustivo de los mártires ya proclamados por la Iglesia, sí que deseamos presentar un pequeño recordatorio de los sucesos extremadamente graves que azotaron toda Francia. 


 

[1] José ORLANDIS, Historia de la Iglesia (Madrid 2001), cuando en la quinta parte dedica su primer capítulo a la Iglesia en la Edad Contemporánea.