Filipinas es uno de esos países verdaderamente diversos que en el mundo existe (al lado de los cuales, la tan cacareada diversidad del nuestro, como decíamos en su día, parece una broma... ¡y mira que estamos dando guerrita!) formado por más de ¡siete mil islas! habitado por cien millones de personas, y en el que se hablan ¡más de ciento setenta lenguas! Por cierto, el gran vivero católico del continente asiático: ochenta millones de católicos, cuatro de cada cinco filipinos.
 
            Descubiertas por Fernando de Magallanes en 1521 y conquistadas por Miguel López de Legazpi y por Andrés de Urdaneta (conozca a este personaje sin par de la historia española pinchando aquí) en 1565, las Filipinas son incorporadas a la corona española como capitanía general del Virreinato de Nueva España, y una vez que Méjico se independiza, gobernadas directamente desde España. En 1898 pasa a ser una colonia norteamericana, llegando a ser en 1935 “estado libre asociado” como lo es hoy día Puerto Rico. El 4 de julio de 1946, tras larga guerra con los Estados Unidos y no sin pasar tres años entre 1942 y 1945 bajo un control japonés que resultó letal para la población de origen español, consigue finalmente su independencia.
 
            Entrando de lleno en el tema que da título a este artículo, actualmente las lenguas oficiales del país son dos, el tagalo, llamado también filipino, y el inglés.
 
            Se habla el tagalo en la capital, Manila y en la isla de Luzón, la más grande, pero al final, apenas poco más de uno de cada cinco filipinos lo tiene como lengua madre. Junto a él, las lenguas más habladas del país son el cebuano, con 20 millones de hablantes en las Bisayas Centrales y en Mindanao, y su variante el ilongo, con 7 millones en las Bisayas Occidentales; el ilocano, con 8 millones de hablantes en Luzón; el bicolano con 4 millones en Bicolandia; y el samareño con 3 millones en Sámar. Y así, hasta ciento setenta: como les decía, eso es diversidad y lo demás son tonterías.
 
            En este rompecabezas lingüístico, el español se abrió camino en una doble condición: primero como lengua franca en la que se entendían personas que no hablaban la misma lengua; y segundo aunque algo menos, como lengua materna o lengua primera de una parte de la población. Los años anteriores a la pérdida de las islas en 1898 marcan el apogeo de la bella lengua castellana en las islas. Y eso que, aunque efectivamente llegó a tener una presencia notable, nunca alcanzó en ellas la que sí adquirió en América, lo que debe atribuirse a varias razones.
 
            En primer lugar, la menor duración de la presencia española, tres cuartos de siglo menos que en Cuba o Puerto Rico, si bien dicha presencia será muy similar a la registrada en la América continental, ya que aunque comenzada más tarde, termina también más tarde.
 
            En segundo lugar, la inferior cantidad de españoles nativos que llegaron a Filipinas, donde la proporción nunca superó la de un español por cada mil setecientos filipinos.
 
            En tercer lugar, la abrupta y enconada geografía insular, que hizo más difícil la culturación del país.
 
            Y en cuarto lugar pero quizás lo más importante, el especial esfuerzo que en Filipinas hicieron los misioneros españoles, en particular los jesuitas, en aprender las lenguas autóctonas que utilizaron para transmitir tanto la fe como la cultura.
 
            Así las cosas, el español ha sido lengua oficial en Filipinas, junto con el inglés y el filipino, hasta hace no tanto, 1976, y hasta 1987 fue de enseñanza obligatoria en las universidades. De hecho, la primera constitución filipina viene redactada en español y el héroe de la independencia filipina, José Rizal, escribe en español.
 
            Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial el español no perderá su situación de preponderancia sobre el inglés, si bien a partir de ese momento la agresiva política de inmersión implementada desde 1898 por la potencia colonial, Estados Unidos, empezará a dar sus frutos, hasta el punto de que según indica en un artículo Javier Galván Guijo, director del Instituto Cervantes de Manila, el censo de 1990 arroja ya un ridículo total de 2.657 habitantes que tienen el español como lengua materna, menos que en la mismísima Inglaterra.
 
            Junto al español puro existe además una variante muy interesante de nuestra lengua, el llamado “chabacano”, que aún hoy hablan unas seiscientas mil personas, sobre todo en la zona de Zamboanga, en la isla de Mindanao.

            Y por último, y como es bien notorio y conocido, perdura la presencia del español tanto en los toponímicos geográficos como en los nombres y los apellidos de las personas, y muchísimas palabras en las distintas lenguas que se hablan en el país son españolas.

            Que hagan mucho bien y que no reciban menos.
 
 
            ©L.A.
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