El 5 de mayo pasado, regresé a México de un buen viaje que hice a los Estados Unidos de América. A los pocos minutos de haber despegado, el avión entró en una zona de fuerte turbulencia. Podía sentirse la fricción del aire y, entre los nervios del momento, se me vino a la cabeza el relato de la barca, cuando Jesús se quedó dormido en medio de una tormenta que los sorprendió antes de llegar a la otra orilla. Aunque estaba con ellos, los discípulos se asustaron tanto que decidieron despertarlo. A veces, nuestra vida pareciera caer o naufragar; sin embargo, aunque Dios se encuentre “dormido”, hay que confiar y dejarnos hacer por él. Detrás de los nubarrones el sol continúa brillando.

La fe echa raíces justamente cuando todo apunta hacia lo imposible, lo impensable; sin embargo, vale la pena arriesgarse, lanzarse. La experiencia de Dios tiene que llevarnos necesariamente a confiar en su proyecto y, sobre todo, asumir que la cruz no es un accidente en la historia sino la vía para ser felices, porque es el camino del esfuerzo, de la perseverancia que va más allá de lo aparente y superficial. Hemos nacido para el cielo, pero eso supone tener que sortear varios obstáculos. Jesús camina con nosotros. Nunca nos dejará solos y si permite que haya pruebas es para que nos volvamos más humanos, valientes, alegres, audaces y congruentes entre lo que decimos y lo que efectivamente llevamos a la práctica. Las grandes obras nacen a la sombra de la cruz.

Es bueno recordar que las crisis tienen fecha de caducidad, que el dolor conoce límites y que Dios se encarga de irnos llevando por el mejor camino. Ante una o varias decisiones difíciles, la clave está en invocar y seguir las intuiciones del Espíritu Santo. Como María, dejarnos encontrar por la verdad que es Jesús mismo.