7. LA AUDIENCIA DEL 13 DE MAYO DE 1981
 
La audiencia general del miércoles 13 de mayo de 1981 pasó a la historia por el triste episodio del sacrílego atentado contra el papa Juan Pablo II. Era la primera vez que un Papa sufría el zarpazo de un atentado terrorista.
 
En realidad la audiencia no llegó a celebrarse. A las 5 de la tarde, la plaza de San Pedro estaba inundada de fieles: de 30 a 40 mil, entre romanos y peregrinos. El Papa entró en la plaza en su "jeep" blanco y pasó, como siempre, junto a las vallas saludando a los presentes. Apenas había terminado de dar la primera vuelta, cuando sucedió el atentado. La inmensa multitud quedó atónita y sumida en la más profunda consternación. La única reacción común fue la plegaria. Los altavoces explicaron lo que acababa de suceder y la inmensa asamblea comenzó a rezar... La voz del Vicario de Cristo no pudo oírse. El mundo quedó afligido durante días.
 
Juan Pablo II tenía preparados sus discursos: la catequesis dedicada a conmemorar el 90 aniversario de la publicación de la Encíclica “Rerum novarum” de León XIII, la alocución anunciando la oración del “Consejo para la Familia” y los saludos a los diversos grupos de peregrinos. En la edición española de L'Osservatore Romano del 17 de mayo de 1981 (página 287) podía leerse “publicamos estos textos que, aunque no han sido leídos, pasan a formar parte de las "enseñanzas pontificias" con un carácter especial por las circunstancias en que no fueron pronunciados”.
 
Los sucesos
 
Un hombre joven, de tez oscura, mal afeitado, de traje gris y camisa blanca, se abre paso entre la muchedumbre. Busca situarse cerca de la trayectoria del “jeep” blanco con el escudo pontificio, que hace unos segundos ha salido a la plaza por el Arco de las Campanas[1].
 
El Papa, como siempre, viaja de pie en la parte trasera. Le acompañan su secretario, Stanislao Dziwisz, y su ayudante personal. El coche avanza muy despacio. Los fieles se abalanzan para estrechar la mano del Santo Padre. Una mujer le tiende a una niña rubia, el Pontífice la coge en brazos, le da un beso y la devuelve a su madre.
 

El hombre de traje gris y tez oscura ha conseguido situarse  en ese momento a sólo cinco metros de la barrera. Ha visto la escena. Sus ojos oscuros apenas parpadean; no dejan de seguir la figura del Santo Padre. En su bolsillo empuña una pistola “Browning”, de mortífera eficacia. El Papa acaricia a otro niño, hace la señal de la cruz en su frente y vuelve a incorporarse. Ha llegado el momento: pasan 19 minutos de las cinco de la tarde. Suenan dos tiros. Todas las palomas del Vaticano alzan el vuelo. Han disparado contra el Papa.
 
Juan Pablo II cae sobre su secretario. En su rostro se refleja un intenso dolor. Guardias suizos de paisano suben al "jeep". El conductor acelera para regresar al interior del Vaticano lo antes posible de nuevo por el Arco de las Campanas. La faja del Papa comienza a teñirse de rojo. El autor de los disparos huye, abriéndose paso a codazos. Una ambulancia traslada al herido a la clínica Gemelli. Juan Pablo II no deja de rezar un solo instante. Ingresa en el quirófano en estado muy grave. La primera bala le ha atravesado de parte a parte, lesionando el sigma y el intestino en varios puntos. La segunda le ha perforado el antebrazo. Un periodista de la radio lanza un mensaje que tiene a la Cristiandad en vilo: “el Papa se encuentra en estado preagónico". Miles de fieles esperan en la Plaza de San Pedro.

 
El Santo Padre está siendo intervenido cuando la policía romana consigue detener a Mohamed Alí Agca, un individuo que responde a la descripción que del principal sospechoso han realizado los testigos más directos del atentado. El archivo electrónico de las agencia Ansa descubre que, cuando se preparaba el viaje de Su Santidad a Turquía, Agca le había amenazado de muerte. “Yo sé que disparé bien, miré perfectamente. Sé que el proyectil era devastador y mortal... ¿por qué entonces usted no ha muerto?”, se pregunta sin parar.
 
Dos años después, cuando Juan Pablo II acudió a la cárcel para perdonar al que pretendió ser su verdugo, éste reconocería que aquella tarde nunca dudó de que había conseguido su mortal objetivo. Cinco horas y veinte minutos de intervención necesitaron los médicos para poner a salvo la vida del Papa. El parte médico que confirmó que la vida del Santo Padre estaba fuera de peligro fue recibido con júbilo entre miles de fieles que aún permanecían concentrados en la Plaza de San Pedro. El Papa había sobrevivido al brutal zarpazo del terrorismo.
 
Juan Pablo II siempre estuvo convencido de que “una mano disparó y otra guió la bala”. Aquel 13 de mayo se cumplían 64 años de la aparición de la Virgen de Fátima a los niños Jacinta, Francisco y Lucía. “La extraordinaria protección de la Virgen se ha demostrado más fuerte que el proyectil asesino”, declaró en su primera audiencia tras el atentado. Un año después, el Papa viajó a Fátima (bajo estas líneas) para agradecer a la Virgen su ayuda. Desde entonces, los peregrinos pueden contemplar engastada en la corona de la imagen la bala que estuvo a punto de arrebatarle la vida.
 
 

[1] Así lo narró el periodista Jesús Bastante, para el diario ABC, en el especial publicado el 3 de abril de 2005 con motivo de la muerte de Juan Pablo II.