Aunque cada época ha contado con la valentía de muchas mujeres conocidas y anónimas, hay una de ellas que fue más allá de lo que siempre se había hecho, al grado de rediseñar la historia, marcando un antes y un después: la Virgen María. La iconografía no siempre ha sabido reflejar la audacia de aquella joven judía que se embarcó en una aventura fascinante y, al mismo tiempo, desconcertante. En ella, se dio el encuentro de lo natural y lo sobrenatural. Ante el anuncio del ángel, ella cree, acepta, obedece, pero también cuestiona, interroga: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34). Es decir, aplica el binomio fe y razón, pues sin dejar de confiar en la Palabra de Dios, razona y medita con la inteligencia el significado de la tarea encomendada. María no fue ingenua, afectada por un mito, sino alguien que aceptó el misterio del nacimiento de Jesús a la par que buscó respuestas a sus preguntas existenciales. Algunos autores la pintan triste y estática; sin embargo, aún con las pruebas que la rodearon desde el primer momento, fue todo menos una mujer apagada o encerrada en sí misma. Al contrario, supo jugársela a lo grande.

María, al igual que muchas mamás de nuestro tiempo que hacen hasta lo imposible para acomodarse en el asiento del avión entre chupones, cobijas y juguetes, tuvo que ponerse en camino, sobre todo, cuando huyó a Egipto por la persecución que Herodes había iniciado contra su hijo (cf. Mt 2, 1315). Junto a José, tuvo el coraje de proteger a Jesús de las amenazas de todo un sistema basado en caprichos y excesos en la administración del poder público. Ella lucha, sonríe, confía, se lanza a descubrir nuevos horizontes. Da igual si es a otro país, María sabe cuál es la meta, aunque desconozca el camino y eso la hace grande, ejemplar. Acompañó a Cristo en su niñez, adolescencia, juventud y madurez, en las buenas y en las malas, pues también se dieron muchos momentos agradables, entrañables y dignos de recordar con buen humor.

Al momento de la crucifixión, mientras la mayoría de los seguidores de Jesús estaban escondidos, ella se mantuvo firme en el “si” que había dado treinta y tres años antes. El crucificado no era un extraño, ¡sino su propio hijo! Sin duda, la audacia de María quedó acreditada en el Gólgota. El episodio de la cruz, tiene que interpelarnos a todos, pero de manera especial a tantos papás y mamás -con mentalidad “forever young”- que han dejado a sus hijos a la deriva. María, sin vivir obsesionada con estar en la casa, tuvo claro desde el principio que no podía desertar como madre. Hoy día, muchos piensan que con el divorcio se acaban todas las responsabilidades y, entonces, olvidan a sus hijos, contribuyendo a la crisis social que estamos viviendo. En este sentido, la historia de María resulta muy actual, significativa.

Ella fue -y es- una grande de la fe y de la humanidad, pues supo custodiar un mensaje que cambió el mundo. Tan es así, que 20 siglos después, el evangelio continúa vivo en la vida de un sinnúmero de personas.

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