Somos muy dados a hacer afirmaciones categóricas. Hace mucho aprendí que no vale para nada el contestar a los artículos “desfigurados” (expresión cuaresmal, para no excederme) publicados en medios izquierdistas para alabar de-construyendo. Hace ya un año y medio “El País” afirmaba que “Juan XXIII detestaba la idea de la Cruzada”. El final del artículo era el siguiente:

En España, había una razón para recelar de la convocatoria del concilio. El papa Roncalli era detestado por el Régimen. Poco antes de ser elegido Papa, en pleno cónclave (28 de octubre de 1958), el embajador de España ante la Santa Sede dirigió un telegrama al ministro de Asuntos Exteriores cuyo texto decía: “Alejado el peligro Roncalli”. Horas después, Roncalli era elegido papa. Siendo ya cardenal, había viajado por España durante semanas sin rendir pleitesía al llamado Caudillo, ni a otras autoridades eclesiásticas, como era costumbre, haciendo a veces ironías sobre la extravagante situación política española.

Había otras razones. Era conocido que al papa Roncalli le disgustaba que a la guerra civil desatada por Franco con el apoyo de los jerarcas eclesiásticos se le llamase Cruzada (tenía prohibido usar esta palabra en su presencia). Y también que había ordenado paralizar todos los procesos de beatificación de los llamados mártires de esa criminal contienda. Franco supo también que Roncalli había protegido a los nacionalistas vascos en el exilio, entonces democristianos, sobre todo desde la Nunciatura del Vaticano en París. Lo cierto es que Juan XXIII –al que se atribuían orígenes familiares en el valle navarro del Roncal-, conocía muy bien la realidad de los obispos españoles, muchos de los cuales, en el momento de empezar el concilio, estaban celebrando con grandes palabras, con obscenos sermones, los llamados “Veinticinco Años de Paz” en España.

 
            El artículo lo firmaba Juan González Bedoya, afamado periodista de información religiosa (¿?). Por el tiempo litúrgico en el que nos encontramos me abstengo de comentarios personales. Prefiero responder con las palabras del papa Juan XXIII. De estos dos textos obtenemos dos afirmaciones:

a. ¡Adelante con las causas de los mártires!, que se estudien y que la Iglesia decida.

b. Dice que "Ama a España" y lo dice en 1960 (Franco llevaba 21 años gobernando y le quedaban otros 15). No digo otra cosa que si es como lo cuenta Bedoya no tenía ninguna obligación de redactar ningún mensaje.

Leamos lo que dice el Papa.
 
1º SOBRE LAS CAUSAS DE CANONIZACIÓN

Publicado en La Vanguardia Española el 23 de junio de 1961. Se da noticia de un proceso de 228 mártires cuyos expedientes son entregados por el cardenal Arriba y Castro, arzobispo de Tarragona, y a los cuales se refiere el Papa en su discurso a la peregrinación de aquella ciudad recibida en audiencia especial en la mañana del domingo 21 de junio de 1959.

Es de poco tiempo atrás, está aún fresca la sangre de beneméritos sacerdotes y religiosos, quienes en Tarragona del siglo XX dieron su vida a manos de hombres sin Dios. El testimonio de su muerte viene ahora con vosotros a Roma para ser sometido al dictamen de la Santa Sede. Por eso nos agrada proponeros, al saludaros, una breve consideración.

Si el confesar a Cristo con la sangre es un fenómeno de casi todas las épocas de la historia de la Iglesia, implantada con la que fue derramada por su Divino Fundador, debe ser también de cada día la profesión que el cristianismo ha de hacer de Cristo con su bondad y generosidad, con su mortificación, con su vida crucificada… A esto nos debe animar el ejemplo de los mártires, gloria de la Iglesia tarraconense, a esto mismo nos invitan sus tormentos
”.


En la fotográfía los cardenales Roncalli (futuro Juan XXIII), Ciriaci y Benjamín Arriba y Castro.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=24366
 
2º MENSAJE del 5 de junio de 1960 con motivo de la consagración de la BASÍLICA DE LA SANTA CRUZ DEL VALLE DE LOS CAÍDOS

A nuestro querido hijo el Cardenal Gaetano Cicognani:

Un vivo y particular consuelo experimenta Nuestro corazón al sentirnos presente en espíritu entre los numerosos fieles congregados para las ceremonias de estos días en la grandiosa Iglesia de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, que acaba de ser solemnemente consagrada y a la que, por el esplendor de su arte, por la dignidad de su culto y por la piedad de los numerosos peregrinos que con ritmo creciente la frecuentan, hemos querido honrar con el título de Basílica. A cuantos en ella están reunidos y a todo el noble pueblo español deseamos llegue en estos momentos Nuestra palabra de Bendición.

Los anales gloriosos de España, los encantos de su paisaje, lo que de grande y elevado se ha forjado con su dolor en los años duros del pasado, se han dado cita en ese hermoso valle, bajo el signo de la paz y de concordia fraternas, a la sombra de esa cruz monumental que dirige al Cielo las oraciones de la fervorosa Comunidad Benedictina y de los devotos visitadores por la cristiana prosperidad de la Nación, y que quedará como en alerta permanente para transmitir la antorcha de la fe y de las virtudes patrias a las generaciones venideras.

¡Cuánto Nos complace en esta solemne circunstancia alentar a los católicos españoles en su empeño de conservar íntegro y puro su fecundo patrimonio espiritual! Testigo es la Historia de que los altos ideales cristianos dieron cohesión e impulso a sus antepasados para las grandes empresas y de que, cuando decayeron tales ideales, se mermaron y debilitaron igualmente sus lazos de unión, poniéndose en peligro su límpida y heroica trayectoria secular.

Amamos a España, cuya pureza de costumbres, lo mismo que sus bellezas y tesoros de arte, hemos podido admirar en los gratos viajes con que hemos recorrido sus tierras. Por eso Nos alegramos de que la España que llevó la fe a tantas naciones quiera hoy seguir trabajando para que el Evangelio ilumine los derroteros que marcan el rumbo actual de la vida, y para que el solar hispánico, que se ufana justamente de ser cuna de civilización cristiana y faro de expansión misionera, continúe y aun supere tales glorias, siendo fiel a las exigencias de la hora presente en la difusión y realización del mensaje social del cristianismo, sin cuyos principios y doctrina fácilmente se resquebraja el edificio de la convivencia humana.

Que tengan levantada siempre su mirada Nuestros Hijos amadísimos de España hacia las altas metas, con el espíritu grande que los caracteriza, seguros de que la obediencia a la Ley de Dios atraerá la protección de la Providencia, que en el tejido de todo quehacer histórico guía a los individuos y a los pueblos, dóciles a la voz del Rey de cielos y tierra, in viam prosperitatis et pacis.

Nuestra súplica confiada va en estos momentos a la Virgen Santísima, venerada con tanta devoción en España, la que en sus más significativas advocaciones tiene puesto de honor en ese Santuario y a la que pedimos cobije bajo su manto las almas de cuantos en él duermen fraternamente unidos su último sueño. Que Ella proteja a esa grande Nación y a los que rigen su suerte. Con estos sentimientos y estos votos gustosamente te damos a ti, querido Hijo, con el Venerable Episcopado de ese católico país, a su Jefe de Estado y Gobierno, con todo el amadísimo pueblo español, una particular Bendición Apostólica.


En fin, si todo es como Bedoya cuenta, todo esto me sorprende un poco. Que cada uno saque sus conclusiones.