He leído estos días diferentes reacciones a la actuación de sor Cristina Scoccia, la monja ursulina siciliana que dejó con la boca abierta al jurado de la edición italiana de La Voz. En general entusiastas, aunque también ha habido reacciones negativas. El tema es complejo y difícil, por no decir imposible, de juzgar desde la lejanía y el desconocimiento de la persona y su entorno. No obstante, y sin pretender emitir ningún juicio, quiero compartir dos comentarios al respecto que me han hecho pensar.

El primero es de Shaun McAfee y plantea una defensa de Sor Cristina ante quienes la critican por su actuación argumentando que también los religiosos pueden utilizar sus talentos “mundanos”. Por ejemplo, los monjes de la Trapa elaborando cerveza. "¿Es ésa su vocación?", se pregunta: "No, pero ocupa un lugar en la vida cristiana". La perfección en la elaboración de la cerveza refleja nuestra colaboración en los planes creadores de Dios y le da gloria, sigue argumentando. "Dado que la naturaleza del hombre es atraída por la perfección, su creatividad puede ser un buen testimonio". Interesante y muy chestertoniano eso de ver la bondad de lo creado. Ahora bien, se me ocurren un par de problemas: ¿es lo mismo, para un religioso, la opción de toda su orden o comunidad que su opción singular? ¿Tiene sentido que los religiosos hagan, cada uno, su “numerito” particular? ¿Y respecto de lo de la cerveza, qué pasa si no es tan perfecta? ¿Solo lo perfecto es un buen testimonio?

Por su parte, Roberta Minerva, también religiosa y muy activa en los medios, en La Nuova Bussola Quotidiana, señala que las alabanzas y críticas que está recibiendo sor Cristina reflejan dos modos diferentes de ver, en última instancia, “el fin y la presencia de los consagrados en la arena mediática. Muchos defienden a capa y espada la opción de sor Cristina afirmando que se trata de una Iglesia que comunica, que sabe llegar a tocar a aquellos que nunca se hubieran imaginado animando a una monja y que es un modo de llevar el Evangelio allá donde no penetraría nunca. Hablan del Papa Francisco, de una Iglesia más joven, más fresca, finalmente lista para confrontarse con las periferias existenciales. Acusan a quienes no comparten este estilo de ser unos intolerantes y de estar fuera de los vientos nuevos que soplan en la Iglesia. Luego están los que se escandalizan, aquellos que una monja que se exhibe en televisión no hay manera de que la digieran: estaríamos ante una verdadera traición a la sacralidad del hábito religioso. Algunos, menos intransigentes, se preguntan si realmente sirve para algo este éxito que la superará y temen por esta vocación que, es necesario recordarlo, aún no es definitiva porque hasta julio sor Cristina no emitirá su profesión religiosa definitiva”.

Magnífico resumen de la situación. Al que añadiría una reflexión no tanto sobre si un religioso puede o no aparecer en televisión, sino sobre el contexto en el que lo hace. Porque no olvidemos que las reglas del juego las han fijado otros. A lo mejor hay que tomar algunas precauciones con las apariciones en un reality show (¿recuerdan aquel sacerdote que se prestó a participar en Gran Hermano?). Exprimido el minuto de fama que da un buen share, el espectáculo sigue muchas veces dejando al pobre ingenuo que creía dar un gran testimonio en la cuneta, como un juguete roto.

Es la propia Roberta Minerva quien nos deja una reflexión final que comparto con ustedes: “Creo que necesitamos realmente una nueva presencia en el mundo de todos nosotros, hombres y mujeres que hemos elegido el camino de la virginidad. Pero creo que debería ser apropiada al propio estar en el mundo, pero no del mundo, y que un hábito, se quiera o no, te exige hacer algunas cosas y renunciar a otras”.

Ojalá sor Cristina pueda hacer mucho bien y, antes que nada, pueda perseverar en su vocación religiosa, sin dejarse desorientar por los frívolos halagos que ha recibido.