Vayamos al meollo del asunto. Descuidar la liturgia; especialmente, al abandonar la música sacra, quedándonos con una suma de guitarrazos discordantes, no tiene nada que ver con la sencillez, sino con el mal gusto que se nos ha colado. La Misa vale por sí misma; sin embargo, ¿de verdad nos hemos creído que inspira más el “Yo tengo un amigo que me ama” que el Veni Creator Spiritus ya sea en latín o español?, ¿quién dice que ver al sacerdote celebrar la Misa sin la casulla es un signo de sencillez? La verdad es que hemos confundido peras con manzanas. Ahora resulta que saltarse las rúbricas, dar rienda al mal gusto y hacer lo que se venga en gana es propio de los sencillos, mientras que los que se esfuerzan por cuidar los pequeños detalles que facilitan el ambiente de oración en las celebraciones son un grupo de la prehistoria. Lo peor del caso es que nos utilizan a los jóvenes para justificar sus desvaríos: “aquí el gregoriano ni de chiste, pues somos una parroquia universitaria”, pero ¿qué no se han enterado que nosotros nos sentimos cada día más cautivados por la música sacra antigua y contemporánea?, ¿acaso nadie les ha dicho que muchos se han convertido a la fe católica tras escuchar a Mozart?

Claro, nuestros detractores, dirán que lo más importante no es la liturgia, sino el encuentro con Dios, pero ¿es que hay oposición entre ambos puntos? En realidad, precisamente por estar centrados en Cristo, se impone la necesidad de favorecer un ambiente apropiado, marcado por el silencio y la belleza que trae consigo profundizar en el evangelio, cosa que resulta imposible cuando la Misa está llena de tamborazos y moniciones de entrada, media y salida. En lugar de seguir lo que se dice que dijo el Concilio Vaticano II, hay que acudir a las fuentes, a los documentos conciliares y no a las opiniones extremistas de algunos teólogos.

Afortunadamente, se está dando un cambio positivo. Al ver el fracaso de implementar música secular con letras adaptadas a las celebraciones religiosas, muchas parroquias comienzan a organizarse para recuperar el sentido sacro de la liturgia, sin importar que sean pocos o que los recursos estén limitados. ¡Por algo se empieza! El momento es ahora.