Esto es lo que nos pide…, el cardenal Kasper, que tanto revuelo, por no decir indignación, ha creado  en muchos católicos que son plenamente conscientes, de que nada ni nadie, incluidos cualquier papa o todos los papas juntos, pueden autorizar una comunión sacrílega, ni existe causa o circunstancia alguna que pueda justificarla. Invoca el cardenal Kasper a la misericordia y la misericordia, con la idea equivocada, que muchos están adquiriendo,  no es el bálsamo de Fierabras, que mencionaba D. Quijote de la mancha. Pero desgraciadamente, son muchos los que piensan que la misericordia divina, limpia todo y efectivamente así es, pero…., previo un arrepentimiento sincero una petición de perdón, y lo que es muy fundamental en este caso, el firme propósito de no volver a las andadas. Solo si se dan estas circunstancias se genera la misericordia divina. Dios no regala a troche y moche su misericordia sino que la otorga al arrepentido que por razón de amor pide perdón y el Señor por su infinita, misericordia lo perdona.

            Ha venido a mis manos, una historia real recogida por Christopher Fleming, que tiene una perfecta relación con el tema que nos ocupa. Es la historia de la niña beata Laura Vicuña, que pasamos a relatar:

 Laura nace en Santiago de Chile en 1891. Su padre muere cuando tiene tan sólo dos años y la madre decide cruzar los Andes hasta Argentina en busca de un futuro mejor. Al encontrarse en una situación desesperada se junta con un hombre en unión libre, un hombre violento que intentará abusar de Laura; al ver como sus deseos son rechazados por Laura, le propinará terribles palizas.

La madre manda a sus dos hijas a un colegio de salesianas en Junín. Ahí Laura es feliz y progresa rápidamente, no sólo en sus estudios básicos, sino también espiritualmente. Un día en clase de catequesis, al oír la doctrina sobre el matrimonio, se entera de que su madre vive en pecado. El susto es tan grande que la pobre niña se desmaya, y desde ese momento ofrece todo tipo de sacrificios y sufrimientos por la salvación de su madre. Con el permiso de su confesor se somete a diversas mortificaciones, como meter en su cama trozos de ladrillo, echar ceniza a su sopa, y llevar cilicio los sábados. Hace su Primera Comunión a los diez años, y como era costumbre, escribe sus propósitos de vida:

            “Primero: ¡Oh Dios mío, quiero amaros y serviros toda mi vida: por eso os doy mi alma, mi corazón, todo mi ser! Segundo: Quiero morir antes que ofenderos con el pecado; por eso, desde hoy, me mortificaré en todo lo que me pudiera apartar de vos. Tercero: Propongo hacer cuanto sepa y pueda para que seáis conocido y amado y reparar las ofensas que recibáis todos los días de los hombres, particularmente de las personas de mi familia. ¡Dios mío, dadme una vida de amor, de mortificación, de sacrificio!”

Parece increíble que una criatura de apenas diez años fuera capaz de tanta madurez, de tanta generosidad espiritual. Sin embargo, Laura se da cuenta de que ni siquiera estas mortificaciones sirven, por lo que el 13 de febrero de 1902 consigue el permiso de su confesor para ofrecer su propia vida a cambio de la conversión de su madre. Al poco de realizar este ofrecimiento su salud deteriora, y en julio de 1903 (pleno invierno ahí) el río se desborda e inunda el colegio. Laura coge un resfriado grave y tiene que ser devuelta a la hacienda donde vive su madre, para morir ahí el 22 de enero del año siguiente tras una larga agonía.

En su lecho de muerte le confía a su madre: “Hace dos años ofrecí por ti la vida… para obtener la gracia de la conversión… Mamá, antes de morir, ¿No tendré la dicha de verte arrepentida?” Su madre, al darse cuenta de que su hija muere por su pecado, le jura dejar al hombre con el que vive. Al morir Laura la madre se confiesa y se escapa de su “protector”; tiene que huir bajo un nombre falso y pasar penurias, pero desde ese momento vive santamente.

Laura Vicuña fue beatificada por Juan Pablo II en 1988, ochenta y cinco años después de su muerte y es patrona de los niños víctimas de abusos.

 Una de las lecciones que nos enseña la vida de esta niña extraordinaria es la malicia del pecado y el horror que le debemos tener todos los católicos. Hoy en día se suelen relativizar muchos pecados, sobre todo los pecados contra la pureza. Se habla de la necesidad pastoral de ser misericordiosos con los católicos que se han divorciado y viven con otra pareja en estado de adulterio. Siempre hay que ser misericordioso, de eso no cabe duda. Sin embargo, no hay que confundir la misericordia con la permisividad. Si realmente odiamos el pecado, como lo odiaba la beata Laura Vicuña, una muestra de misericordia cristiana será hacer todo lo que está en nuestras manos, para conseguir que las personas que viven en pecado vuelvan al Señor. Si somos misericordiosos con los que viven en adulterio, jamás les reafirmaremos en su pecado, sino que les animaremos en todo momento a la conversión.

            En el escrito que he recibido, se menciona simplemente sin decir nada más, el nombre de otra niña beata, e este caso italiana: Imelda Lambertini. (1320-1333) He tenido curiosidad y he encontrado esta otra edificante historia:

Inicialmente esta beata se llamaba Magdalena Lambertini, y al entrar en religión, en la orden de predicadores, cambiará su nombre por el de Imelda. Era hija del conde Egano Lambertini y de su esposa Castora Galuzzi. Aun siendo pequeñita, tenía una gran piedad, y hacía pequeños altares, frente a los cuales oraba largamente. Tenía una gran admiración por otra niña Santa Inés (291-304) que fue mártir  y curiosamente las dos subieron al cielo en la misma edad de trece años.

. Su más grande deseo era el de recibir la comunión. Pero a esa época, los niños no tenían la autorización de comulgar solo hasta la edad de 14 años. Sin embargo, pedía insistentemente a sus padres que la ingresaran en el convento de las dominicas de Bolonia que aceptaban a los niños, quienes solo eran sujetos a una pequeña parte de la regla. Aceptaron, y Madeleine entra con las novicias del convento de Val di Pietra a los 10 años, donde toma el nombre de Imelda. Ahí, aun cuando no estaba obligada, seguía la regla con devoción y aplicación, suplicando a las religiosas y a su confesor de que la dejaran comulgar, a lo que ellos rechazaron, pues aún no tenía la edad permitida.

Llena de tristeza, un día, en la fiesta de la virgen María, la niña estaba en la capilla con las religiosas. En el momento de la comunión, una hostia se eleva fuera del ciborio y se vino a detener sobre la cabeza de Imelda. El sacerdote se acerca con la patena y la bendice antes de dársela a consumir a la niña. Imelda se prosterna, y cuando las hermanas vinieran a revisarla para llevársela, la encuentran muerta con la cara en un éxtasis.

            Ante esto, uno solo puede exclamar: ¡Dios mío, ojalá pudiese yo abandonar este mundo así!

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

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