Estamos llamadas a ser familias llenas de vida, en las que se exprese la fe con toda plenitud y libertad.
Como bautizados y discípulos del Señor Jesús, hemos recibido el mandato universal de anunciar la “Buena Noticia” a toda la humanidad. Noticia de liberación, restauración y sanación. De fe, esperanza y alegría. De concordia, tolerancia y respeto. De unidad y de perdón. En definitiva, el anuncio de salvación integral de la persona, en cuerpo, mente, alma, y espíritu. Y como colofón, disfrutar de la vida eterna.
            Nuestra sociedad moderna, necesita escuchar el anuncio de la “Buena Noticia”, acogerlo, y especialmente experimentarlo desde su cotidiana realidad vocacional. La plenitud y felicidad de cada ser humano, dependen en gran medida, de la realización personal de su vocación.
            Desde la vocación del matrimonio y de la familia, podemos experimentar verdaderamente la alegría de vivir. En su interior, es posible caminar en perfecta armonía, en la medida en que desarrollamos nuestra dimensión de identidad cristiana y nuestra propia misión.
 
            “La Sagrada Familia de Nazaret es verdaderamente el ‘prototipo’ de toda familia cristiana, que unida en el sacramento del matrimonio y nutrida por la Palabra y la Eucaristía, está llamada a realizar la extraordinaria vocación y misión de ser célula viva no sólo de la sociedad, sino de la Iglesia, signo e instrumento de unidad para todo el género humano". (Benedicto XVI. Fiesta de la Sagrada Familia)
            Nos convertimos en comunidad misionera, acogiendo y viviendo el Evangelio de Jesucristo, desde nuestra propia vocación familiar. La misión evangelizadora que se nos encomienda, es ser portadores de la “Buena Noticia”. Este envío misionero, parte de nuestro Bautismo y Confirmación, y recibe una nueva unción con la gracia sacramental del Matrimonio.

            Ante esta tarea de “pregoneros que anuncian” y que nos involucra como familias creyentes, el Magisterio de la Iglesia nos ha ido exhortando a responsabilizarnos de la llamada y misión que hemos recibido. Ya el Vaticano II recogió de los Santos Padres, la concepción de la familia como “Iglesia Doméstica”, reflexionando sobre la comunidad familiar.
 
            “La casa familiar es llamada por el Concilio Vaticano II justamente “Iglesia doméstica”. Cada miembro, según su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y cristianas, y el lugar del primer anuncio de la fe a los hijos”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 350).
            Desde el principio de su pontificado, Juan Pablo II recalcó en múltiples ocasiones la importancia de la familia y el desarrollo de la Pastoral Familiar: La familia debe ocupar el centro de los planes pastorales diocesanos y nacionales” o “el futuro de la humanidad, se fragua en la familia”.
           
Es imprescindible pues, tomar conciencia de la familia como célula básica de la sociedad. Como fundamento para la humanidad y las futuras generaciones.
 
 Recuperar y renovar la creencia y la práctica, en el interior de la familia. Incorporar de nuevo la escuela de la fe, desde la más tierna infancia. Hacer del hogar un lugar de vivencia gozosa del Evangelio.
 Introducir o reavivar el “culto familiar” en el ritmo cotidiano del hogar, como un tiempo sagrado, dónde la familia alaba y agradece a Dios. Donde permanece quieta y escucha. Donde interceden unos por otros.
 Redescubrir y revitalizar en nuestras casas, el simbolismo religioso a través de signos o imágenes, que nos facilitan la comunión con Dios y su trascendencia.
 Arraigar profundamente, los principios divinos inmutables.
 Enraizar la verdad de la salvación y la eternidad.
           
En nuestra sociedad contemporánea descristianizada, padecemos una alarmante indiferencia y silencio religioso. Un estilo demasiado individualista de vivir la fe. Una espiritualidad inmadura, en crisis, y agonizante, incluso dentro de nuestras propias familias.
            La tarea de los padres no puede ser suplida por la escuela, los grupos cristianos, o centros parroquiales. Acoger la fe y los valores evangélicos, requiere del clima cercano, lleno de confianza y amor que se da en la familia. Sólo así esta experiencia positiva, puede enraizar al niño en la sensibilidad religiosa.

            La extensión del Reino, comienza en el hogar, donde los hijos reciben de sus padres la fe, donde se siembran las futuras vocaciones de auténticos cristianos y vidas consagradas.

            Ante la actual crisis de la familia, hay desafíos urgentes: la evangelización de la sociedad desde el núcleo familiar; la evangelización de las propias familias; alcanzar una profunda conversión; practicar una fe coherente, vivida y experimentada, en la vida cotidiana del hogar.

            El reto que se nos presenta, es encontrar nuevos modos y estilos para compartir la fe en familia. Vivir y extender el Reino de Dios en cada hogar de la tierra. Utilizar todos los recursos y dones recibidos para la tarea encomendada. Aunar esfuerzos, y Renovar la Evangelización en las familias, nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión” (Bto. Juan Pablo II)
 
Esta NUEVA EVANGELIZACIÓN de y para las familias, supone:
 
Ø Afecto sano y equilibrado entre los padres y hacia los hijos.
Ø Coherencia de vida entre la creencia y la práctica.
Ø Comunicación profunda entre todos los miembros.
Ø Compartir en el hogar la fe y las vivencias religiosas.
Ø Establecer tiempos habituales de oración en familia, marcando ritmos y momentos de plegaria.
Ø Introducir y recuperar los símbolos religiosos en el hogar: biblia, velas, imágenes, incienso, altar, flores, etc. Cuidar la ornamentación en los tiempos litúrgicos fuertes.
Ø Anunciar con valentía y vigor renovado a Jesucristo el Señor, como Camino, Verdad, y Vida.
Ø Un anuncio con métodos específicos para la comunidad familiar y cada uno de sus miembros.
Ø Un anuncio actualizado en su lenguaje, múltiples expresiones, y adaptado a sus características peculiares.
Ø Un anuncio fundamentado en la palabra de Dios.
Ø Un anuncio que construya “nuevas familias”, y extienda el reino de los cielos.
 
La finalidad de esta NUEVA EVANGELIZACIÓN a las familias, nos ofrece:
 
·         Una renovación interior de la persona en su proyección matrimonial y familiar.
·         Recuperar y dinamizar la propia espiritualidad de la familia, como base fundamental de su equilibrio y crecimiento.
·         Capacitar y adiestrar en la responsabilidad de la transmisión de la fe, recuperando las tradiciones y valores del evangelio.
·         Vivir intensamente y celebrar nuestra cotidiana realidad de “Iglesia Doméstica”.
·         Testificar a otros, la experiencia de un Dios vivo y cercano que escucha, se comunica, y responde a las plegarias particulares de nuestra familia.
 
Como familias, necesitamos:
 
Descubrir la necesidad de nuestra propia espiritualidad.
Encontrar y aprender una nueva comunicación, y manera de relacionarnos con Dios.
Introducir y revitalizar en nuestro hogar, el don de la plegaria familiar y tradiciones devocionales, tomando conciencia del credo que profesamos.
Innovar y renovar los tiempos de oración en familia.
 
 
            “Sobre todo en la familia cristiana., importa que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y a adorar a Dios. Elemento fundamental e insustituible de la educación es el ejemplo concreto, el testimonio vivo de los padres; sólo orando junto con sus hijos, el padre y la madre, mientras ejercen su propio sacerdocio real, calan profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores acontecimientos de la vida no lograrán borrar.” (Familiaris Consortio, 60).
 
            “Educar en la oración, en las familias y en las comunidades cristianas, incluyéndola en toda programación pastoral, de manera que se asegure una iniciación básica en los diferentes tipos de oración personal, familiar y comunitaria”. (Texto Sinodal Nº 2, Constitución 43).
             “La oración en familia debe ser una prioridad fundamental de nuestro plan pastoral”. (Carta Pastoral: Firmes en la fe, p. 15).
            Las familias somos las principales protagonistas de la “Nueva Evangelización”. Nos enraizamos y alimentamos de la Palabra de Dios, la doctrina de la Iglesia, la oración y la misión de evangelizar a otras familias. Somos testigos de nuestra fe, y de nuestra experiencia personal y tangible del amor de Dios en medio del hogar.
            "La Palabra de Dios presenta a la familia como la primera escuela de la sabiduría, una escuela que educa a los propios miembros en la práctica de esas virtudes que conducen a la felicidad auténtica y verdadera"
(Benedicto XVI).
            ”La familia cristiana transmite la fe cuando los padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan con ellos. Cuando todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando la vida familiar a la luz de la fe y alabando a Dios como Padre”. (Benedicto XVI).
            “Revitalizar la fe en vuestras casas, y tomar conciencia del Credo que profesamos” (Benedicto XVI).
            “Orar en familia, esto hace fuerte a la familia: la oración” (Papa Francisco)
            Así podremos ponernos en pie con una nueva mentalidad, permitiéndole a Dios que ocupe el lugar que le pertenece en medio de todas las familias.