Hace ya muchos años, allá por 1945, Guardini destacaba el valor de los momentos de silencio tanto en la Misa rezada como en la Misa solemne, siguiendo la terminología entonces vigente.
 
Este silencio, que propiciaba Guardini, no es el silencio del mutismo durante la acción litúrgica, donde el pueblo cristiano ni cantase ni respondiese al sacerdote sino que se atuviese mudo a su pequeño misalito; no es eso silencio sagrado. Es el silencio de los distintos momentos de la liturgia para la oración íntima y recogida, combinado con otros momentos de escucha, de canto, de respuestas al sacerdote.
 
Recomendaba este autor:
 
“Ante todo, debería guardarse silencio, al comenzar la misa, en el momento en que el celebrante se inclina ante el altar y lo besa, y cuando, en ciertas ocasiones, lo inciensa. Un verdadero silencio debería producirse en el breve lapso que media siempre entre la invitación del Oremos y la oración solemne de toda la Iglesia llamada colecta; ese momento debería ser realmente una pausa, en la que todos los fieles presentan sus peticiones a Dios, luego de lo cual el sacerdote las recoge en la oración. En estricto silencio, debería transcurrir también el ofertorio, que, al ser en esencia, acción preparatoria del banquete sagrado, no tiene que resaltar en particular. Esto último se conseguirá si se logra que el silencio prevalezca desde el ofertorio hasta el Prefacio. Lo mismo vale para el momento posterior al Cordero de Dios y durante la comunión.
 
    Este esquema debe modificarse, cuando la acción litúrgica es cantada, en las llamadas misas solemnes, en las que un coro canta determinados textos. Pero también aquí debe haber momentos de silencio. No podemos plantear en detalle cuáles son las mejores ocasiones para ello, pero insistimos en que tiene que haber lapsos durante los cuales debe prevalecer el silencio en el templo. A la larga, el canto incesante tiene efectos funestos, como es el caso en que el órgano es ejecutado permanentemente, y el silencio huye de ese reducto en el que hasta entonces podía refugiarse. En el transcurso de nuestras consideraciones, veremos que los momentos de silencio no son simplemente interrupciones de la palabra o del canto, sino que, en el conjunto de la acción litúrgica, son casi tan importantes como los momentos hablados” (Romano GUARDINI, Preparación para la celebración de la Santa Misa, Edibesa-San Pablo, Buenos Aires, 2010,
p. 12, nota  1).
 
Estas intuiciones y deseos de este maestro, se vieron recogidos claramente en el actual Misal romano. Cosa diferente será que se guarden o no, que se cultiven espiritualmente o no, estos silencios y su calidad orante y meditativa. El cultivo del silencio en la acción litúrgica favorece la sacralidad del rito, su profundidad y su verdadera participación plena, consciente, activa, interior y fructuosa.
 
Los momentos de silencio prescritos -es decir, obligatorios- que el Misal romano señala son:
 
"Debe guardarse también, en el momento en que corresponde, como parte de la celebración, un sagrado silencio.[54] Sin embargo, su naturaleza depende del momento en que se observa en cada celebración. Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y oran. Ya desde antes de la celebración misma, es laudable que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se dispongan devota y debidamente para la acción sagrada" (IGMR 45).
 
Recordemos esos momentos de silencio:
 
a) en el acto penitencial:
 
"Después el sacerdote invita al acto penitencial que, tras una breve pausa de silencio, se lleva a cabo por medio de la fórmula de la confesión general de toda la comunidad, y se concluye con la absolución del sacerdote que, no obstante, carece de la eficacia del sacramento de la Penitencia" (IGMR 51).
 
b) El "Oremos", antes de pronunciar el sacerdote la oración colecta:
 
"En seguida, el sacerdote invita al pueblo a orar, y todos, juntamente con el sacerdote, guardan un momento de silencio para hacerse conscientes de que están en la presencia de Dios y puedan formular en su espíritu sus deseos. Entonces el sacerdote dice la oración que suele llamarse “colecta” y por la cual se expresa el carácter de la celebración" (IGMR 54).
 
"En seguida el sacerdote, con las manos juntas, invita al pueblo a orar, diciendo: Oremos. Y todos, juntamente con el sacerdote, oran en silencio durante un tiempo breve. Luego el sacerdote, con las manos extendidas, dice la colecta. Concluida ésta, el pueblo aclama: Amén" (IGMR 127).
 
c) Liturgia de la Palabra
 
"La Liturgia de la Palabra se debe celebrar de tal manera que favorezca la meditación; por eso hay que evitar en todo caso cualquier forma de apresuramiento que impida el recogimiento. Además conviene que durante la misma haya breves momentos de silencio, acomodados a la asamblea reunida, gracias a los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, se saboree la Palabra de Dios en los corazones y, por la oración, se prepare la respuesta. Dichos momentos de silencio pueden observarse oportunamente, por ejemplo, antes de que se inicie la misma Liturgia de la Palabra, después de la primera lectura, de la segunda y, finalmente, una vez terminada la homilía" (IGMR 56).
 
"Al final el lector dice: Palabra de Dios, y todos responden: Te alabamos, Señor.
Entonces, según las circunstancias, se pueden guardar unos momentos de silencio, para que todos mediten brevemente lo que escucharon" (IGMR 128).
 
 
 
"Es conveniente que se guarde un breve espacio de silencio después de la homilía" (IGMR 66).
 
"El sacerdote, de pie en la sede o en el ambón mismo, o según las circunstancias, en otro lugar idóneo pronuncia la homilía; terminada ésta se puede guardar unos momentos de silencio" (IGMR 136).
 
El silencio durante la liturgia de la Palabra, y sus pausas concretas, favorecen la acogida de la revelación divina y ayuda a su asimilación meditativa. Este silencio es un modo concreto y real de participar (recordemos que ´participar´ no es lo mismo que ´intervenir´). "El pueblo hace suya esta palabra divina por el silencio y por los cantos" (IGMR 55).
 
d) La Plegaria Eucarística
 
Nada debe entorpecer ni acallar la gran prex eucharistica, de acción de gracias y consagración, donde se renueva sacramentalmente el Sacrificio del Señor.
 
La manera de participar, además de arrodillarse durante la consagración, es envolver la plegaria eucarística de un silencio de adoración y adhesión al Misterio.
 
"En este momento comienza el centro y la cumbre de toda la celebración, esto es, la Plegaria Eucarística, que ciertamente es una oración de acción de gracias y de santificación. El sacerdote invita al pueblo a elevar los corazones hacia el Señor, en oración y en acción de gracias, y lo asocia a sí mismo en la oración que él dirige en nombre de toda la comunidad a Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo. El sentido de esta oración es que toda la asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las maravillas de Dios y en la ofrenda del sacrificio. La Plegaria Eucarística exige que todos la escuchen con reverencia y con silencio" (IGMR 78).
 
"La Plegaria Eucarística por su naturaleza exige que sólo el sacerdote, en virtud de su ordenación, la profiera. Sin embargo, el pueblo se asocia al sacerdote en la fe y por medio del silencio, con las intervenciones determinadas en el curso de la Plegaria Eucarística, que son las respuestas en el diálogo del Prefacio, el Santo, la aclamación después de la consagración y la aclamación Amén después de la doxología final" (IGMR 147).
 
e) Preparación para la comunión
 
Cuando ha terminado la fracción del Pan consagrado y el sacerdote ha realizado la conmixtión, tomando un trozo del Cuerpo del Señor y dejándolo caer en el cáliz, ora en secreto disponiéndose para comulgar y luego hace la genuflexión. Cuando el sacerdote ora en silencio nos deja el modelo para todos: los fieles también rezan en silencio y se disponen para recibir el Cuerpo del Señor en la Comunión.
 
"El sacerdote se prepara para recibir fructuosamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo con una oración en secreto. Los fieles hacen lo mismo orando en silencio. Después el sacerdote muestra a los fieles el Pan Eucarístico sobre la patena o sobre el cáliz y los invita al banquete de Cristo..." (IGMR 84).
 
f) Silencio de acción de gracias
 
"Terminada la distribución de la Comunión, si resulta oportuno, el sacerdote y los fieles oran en silencio por algún intervalo de tiempo. Si se quiere, la asamblea entera también puede cantar un salmo u otro canto de alabanza o un himno" (IGMR 88).
 
"Después el sacerdote puede regresar a la sede. Se puede, además, observar un intervalo de sagrado silencio o cantar un salmo, o un cántico de alabanza, o un himno (cfr. n. 88)" (IGMR 164).
 
"Luego, de pie en la sede o desde el altar, el sacerdote, de cara al pueblo, con las manos juntas, dice: Oremos; y con las manos extendidas dice la oración después de la Comunión, a la que puede preceder un breve intervalo de silencio, a no ser que ya lo haya precedido inmediatamente después de la Comunión. Al final de la oración, el pueblo aclama: Amen" (IGMR 165).
 
Para que haya una verdadera pastoral litúrgica hoy, un cuidado de la celebración, estos elementos del culto cristiano, tales como el silencio, deben ser privilegiados, eliminando el subjetivismo que tiende a poner en primer lugar al hombre y sus acciones, para dejar paso a la objetividad del Misterio, Dios, ante el cual se adora, se escucha, se reza, se le da gracias.
 
El silencio en la liturgia es un silencio que adora porque está ante el Misterio; "este misterio continuamente se vela, se cubre de silencio, para evitar que, en lugar de Dios, construyamos un ídolo. Sólo en una purificación progresiva del conocimiento de comunión, el hombre y Dios se encontrarán y reconocerán en el abrazo eterno su connaturalidad de amor, nunca destruida... " (Juan Pablo II, Carta apostólica Orientale lumen, 16). En la liturgia, no lo olvidemos, estamos ante Dios y le glorificamos; estamos ante su Presencia que todo lo llena. Así el silencio es la respuesta del corazón ante el Misterio; "a esta presencia nos acercamos sobre todo dejándonos educar en un silencio adorante, porque en el culmen del conocimiento y de la experiencia de Dios está su absoluta trascendencia. A ello se llega, más que a través de una meditación sistemática, mediante la asimilación orante de la Escritura y de la Liturgia" (ibíd.).

Necesitamos del silencio en la liturgia y necesitamos introducirnos en el silencio para el acceso a Dios mismo, adorándole, amándole, escuchándole.

"Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada: la teología, para poder valorizar plenamente su propia alma sapiencial y espiritual; la oración, para que no se olvide nunca de que ver a Dios significa bajar del monte con un rostro tan radiante que obligue a cubrirlo con un velo (cfr. Ex 34, 33) y para que nuestras asambleas sepan hacer espacio a la presencia de Dios, evitando celebrarse a sí mismas; la predicación, para que no se engañe pensando que basta multiplicar las palabras para atraer hacia la experiencia de Dios; el compromiso, para renunciar a encerrarse en una lucha sin amor y perdón. De ese silencio tiene necesidad el hombre de hoy, que a menudo no sabe callar por miedo de encontrarse a sí mismo, de descubrirse, de sentir el vacío que se convierte en demanda de significado; el hombre que se aturde en el ruido. Todos, tanto creyentes como no creyentes, necesitan aprender un silencio que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y a nosotros comprender esa palabra" (ibíd.).

Sólo el silencio, bien cuidado, permitirá que la participación de los fieles sea real e interior, aunque haya que modificar, y mucho, la actual praxis celebrativa.
 
"Un aspecto que es preciso cultivar con más esmero en nuestras comunidades es la experiencia del silencio. Resulta necesario "para lograr la plena resonancia de la voz del Espíritu Santo en los corazones y para unir más estrechamente la oración personal con la palabra de Dios y la voz pública de la Iglesia" (Institutio generalis Liturgiae Horarum, 202). En una sociedad que vive de manera cada vez más frenética, a menudo aturdida por ruidos y dispersa en lo efímero, es vital redescubrir el valor del silencio. No es casualidad que, también más allá del culto cristiano, se difunden prácticas de meditación que dan importancia al recogimiento. ¿Por qué no emprender, con  audacia  pedagógica, una educación específica en el silencio dentro de las coordenadas propias de la experiencia cristiana? Debemos tener ante nuestros ojos el ejemplo de Jesús, el cual "salió de casa y se fue a un lugar desierto, y allí oraba" (Mc 1, 35). La liturgia, entre sus diversos momentos y signos, no puede descuidar el del silencio" (Juan Pablo II, Carta apostólica Spiritus et Sponsa, 13).