“Yo le uso a él y él me usa a mí. ¿Qué hay de malo?”. Esto me decía en una ocasión una persona que tenía relaciones con un chico, habiendo ya descartado el amor absolutamente de su relación. Creemos en un amor utópico e inalcanzable, de película, pero nos conformamos con una ficción que engaña a nuestro cuerpo haciéndonos creer por un momento que nos da lo que buscamos. Hace pocos años salió a la cartelera la película Crepúsculo, que habla de la relación romántica y casi únicamente espiritual entre un vampiro y una mortal, marcada por la caballerosidad de él y su autocontrol para no hacerle daño a ella, que cautivó los corazones de las adolescentes. En la red social tuenti alguien colgó un fotograma de dicha película, en que salen los dos amantes mirándose, tumbados en un prado de hierba. Las adolescentes comentaban la foto: “¡Jo tía, qué bonito!”; “¡buah tía, quien pudiera!”; “es que un amor así sería perfecto…”; y el último comentario, lapidario, que fue el último: “Sí, tía… inalcanzable”. Inalcanzable… Hemos dejado de creer en el amor.

Casi todos los que se llegan a nosotros, lo hacen con un interés, pretendiendo obtener algo de nosotros, o incluso aprovecharse; muchas veces, en las relaciones sentimentales, no se ama al otro, sino la sensación que él o ella producen en mí; incluso en las familias, los hijos a veces se tienen (o no) por interés, como un derecho o un adorno, pero no con amor y generosidad… Hace unos años hablaba con una mujer, que tenía un dilema inmenso con su marido, porque ella quería otro hijo, y él quería un coche nuevo. Y ganó el coche. ¿Por qué digo todo esto? Porque tenemos inmensas heridas en nuestro corazón. Nuestro corazón espera y busca un amor verdadero, desinteresado, leal. Pero tantas veces nos han engañado, nos han fallado, nos han herido, que ya nos cuesta creer en ese amor. Nuestros adolescentes viven en la promiscuidad, y mientras unos los alientan y otros los deploran, nadie se da cuenta de la verdadera causa: su sed de amor, de un amor verdadero, desinteresado, total, al que ya han renunciado porque piensan que es “inalcanzable”. Y van – vamos – mendigando amor por las esquinas, como los gatos. Como decía una chica: “cuando un chico me abraza, parece como si fuera amor”.  

Hace unos días, en un blog, lanzaba esta afirmación: “Dios no te necesita”. A más de uno le dejó perplejo. Parece una afirmación fría, casi como un desprecio… Ante esa frase, en más de un corazón seguro que resuena esta expresión: “A nadie le importo”. Esta conciencia de no ser deseado, de ser irrelevante, ha herido nuestro corazón, a veces desde la más tierna infancia. Párate un momento, sal de tu repetitiva charla mental, o incluso de tu inconsciencia analgésica, y pregúntate: ¿cómo es la mirada de Dios sobre mi? ¿Cómo me mira Dios? ¿Soy para él insignificante, irrelevante, indeseado? No respondas desde la cabeza; en ella, todo lo tienes muy claro. Responde desde el corazón. ¿Acaso no proyectamos en Dios nuestras heridas? ¿No pensamos que le defraudamos cuando pecamos, que nos mira con reproche o frustración, como nuestros padres cuando les fallábamos? ¿No sentimos que prefiere a otros, a los que ama más, como nuestros padres, que preferían a otro hermano o hermana? ¿No percibimos que somos irrelevantes ante Él, como un hijo no deseado que viene al mundo por casualidad, arrojado a la existencia…? Deja que estas preguntas reposen en ti; no tengas miedo.

“¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! Rompan los montes en gritos de alegría, pues el Señor ha consolado a su pueblo, y se ha compadecido de sus pobres. Pero dice Sión: «Dios me ha abandonado, el Señor me ha olvidado.» - ¿Acaso puede olvidar una mujer a su niño, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido. Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada, tus muros están ante mí perpetuamente. Porque tu esposo es tu Hacedor; y el que te rescata, el Santo de Israel, es el Señor de toda la tierra. Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te acojo. En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido - dice el Señor tu Redentor. No se dirá de ti jamás «Abandonada», ni de tu tierra se dirá jamás «Desolada», sino que a ti se te llamará «Mi Favorita», y a tu tierra, «Desposada». Porque el Señor se complacerá en ti, y tu tierra será desposada. Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu hacedor, y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios”. (Is 49, 13; 54, 5; 62, 4).

Dios no es como nosotros. Cuando eras sólo un puñado de células en el vientre de tu madre, en el mismo instante de tu concepción, cuando nadie sabía que existías, Dios te miraba y te amaba, Él se complacía en ti, gozándose contigo y sosteniéndote en el ser. Él te amó antes de que nadie supiese que existías, antes de que tú mismo supieras que existías. Si tu padre o tu madre no te desearon, el Señor sí te deseó y te amó, y para él no eres despreciable, no prefiere a nadie en tu lugar, nadie es más amado que tú, ni menos. Si tus padres o tus hermanos o amigos te despreciaron, el Señor te amó y sufrió contigo esos desprecios y sufrimientos, y fue tu compañía silenciosa en los momentos de soledad, aunque tú estuvieras demasiado ocupado autocompadeciéndote como para sentir su presencia. Has tenido que aguantar la mirada defraudada de aquellos a los que has fallado, pero la mirada de Dios no es así: él te comprende en tu debilidad, te perdona con misericordia, te acoge en la verdad de tu pobreza. A él no le pilla de sorpresa tu debilidad; cuando te escogió ya sabía que eras débil e ibas a fallar. Por eso, después de caer, puedes levantar tu mirada a sus ojos, y hallarás siempre una mirada de misericordia infinita, sin desprecio, sin reproche, sin ira. Dios es misericordia infinita y eterna. Él es la fuente del amor, ese amor que puede colmar tu anhelo y tu deseo sin medida, que puede sanar tus heridas. Y ese amor es real. Accesible aquí, ahora. Porque la mirada del Señor no se aparta jamás de ti, su mirada amorosa que se complace en ti.

“Inalcanzable”. Así definían el amor perfecto estas adolescentes, que entretanto caían en brazos de unos y otros, buscando un sucedáneo del amor. Este amor se ha hecho Alcanzable en Cristo, que permanece con nosotros en y quiere sanar nuestras heridas y nuestra sed de amor. No eres irrelevante para él. Que no te necesite no quiere decir que no te ame; si no te amase, no existirías. Lee este texto de Ezequiel. Está dicho de ti y para ti.

“Cuando naciste, el día en que viniste al mundo, no se te cortó el cordón, no se te lavó con agua para limpiarte, no se te frotó con sal, ni se te envolvió en pañales. Ningún ojo se apiadó de ti para hacer esto contigo por compasión a ti. Quedaste expuesta en pleno campo, porque dabas repugnancia, el día en que viniste al mundo. Y yo pasé junto a ti, y te vi agitándote en tu sangre. Y, cuando estabas en tu sangre, te dije: «Vive», y te hice crecer como la hierba de los campos. Tú creciste, te desarrollaste, y llegaste a la edad del amor. Entonces pasé yo junto a ti y te vi. Era tu tiempo, el tiempo del amor. Extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnudez; me comprometí con juramento, hice alianza contigo – dice el Señor - y tú fuiste mía” (Ez 16, 4ss).

 

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