“María respondió al ángel: ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1,34-35)


Siempre me ha cautivado el relato de la Anunciación. Me parece que no se pude contar algo tan enorme de forma más bella y sencilla, dejando un poso tan grande de maravillosa paz. Pero especialmente estos dos versículos, me han llamado siempre la atención. El ángel acaba de pronunciar el divino destino de la elegida y no es difícil imaginar la estupefacción de María ante tan magno acontecimiento. Y ella, con la sencillez y curiosidad de una creyente, se inquieta ante su condición virginal ¿Cómo será?


Y el ángel responde con esa maravillosa frase: y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra. La teología siempre ha visto en esta sombra tres características:


Presencia. La sombra se crea porque un objeto se interpone ante el sol y produce una proyección sobre la tierra. La nube es el objeto más grande y usual que produce tal efecto y es un fenómeno atmosférico muy usado por Dios para sus teofanías. Una nube extraña, paradójicamente luminosa, más brillante que el mismo sol… porque Dios es más potente que el sol. Así, la nube era el signo magnífico de que Dios estaba presente en la travesía del desierto y Moisés hablaba con él bajo ella: “La Nube cubrió entonces la Tienda del Encuentro y la gloria de Yahveh llenó la Morada” (Exodo 40,34). Igualmente, se hace presente para consagrar y habitar el gran templo de Salomón cuando éste da por concluida las obras y organiza la celebración: “Y los sacerdotes no pudieron continuar en el servicio a causa de la nube, porque la gloria de Yahveh llenaba la Casa de Dios” (II Crónicas 5,14). Y en el monte Tabor, la voz del Padre se abre paso entre la nube para hacer una declaración solemne: “Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle” (Mateo 17,5)


Durante esta pandemia el creyente ha podido notar la presencia de Dios cubriéndole con su sombra, de una forma especial. Lejos de sentirnos abandonados y desesperanzados, y aún con muchos templos cerrados y confinados en las casas, enfermos quizás y con algún fallecido cercano, Dios ha estado y está con nosotros.


La oración se ha convertido en la protagonista en estos tiempos donde no hay acceso fácil a los sacramentos, de hecho, muchos de nosotros que rezamos la liturgia de las horas, ya seamos sacerdotes, religiosos o laicos, llevamos a cabo un sacramental, es decir, una acto litúrgico que es medio eficaz de la presencia de Cristo.


Pero más allá de que Dios se ha hecho presente en nuestras casas, en nuestras familias y en nuestros corazones, sosteniendo nuestra alma con su amor, la imagen que me asalta es, más bien, que nosotros estamos desnudos ante el cielo en todo momento, que estamos siempre presentes a los ojos de Dios… pobres y débiles pero queridos y amados. Más que Dios está presente en nuestras casas, nosotros estamos en la brazos de Dios. Porque: “No hay para ella criatura invisible: todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta” (Hebreos 4,13)

Protección. En la nube del desierto estaba Dios y, por ello, también ejercía de guía y de protector: “Yahveh iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos, de modo que pudiesen marchar de día y de noche” (Exodo 13,21) 


Es cierto que cuando pensamos en términos de protección, lo primero que pensamos es en la vida física y, en ese caso, hay demasiados fallecidos que ponen en un brete la supuesta salvaguarda divina. Pero el creyente es plenamente consciente de que los días de nuestra vida están contados y que la existencia en esta tierra es finita, y que, por tanto, la protección de Dios va más allá de la vida y la muerte. Se trata de proteger el alma de lo que mata a Dios dentro de nosotros: el pecado. La soledad, la tristeza o el miedo no deberían sofocar la fe y sumirnos en un estado de depresión o en un sentimiento de indefensión. En cualquier caso, Dios es más grande que nuestras debilidades y su amor supera todos los límites humanos. Pidamos: “y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal” (Mateo 6,13)


Creación. Este “Espíritu de Dios vendrá sobre ti”, se refiere al espíritu que aleteaba sobre el caos en la creación del mundo, el hálito de Dios que es capaz de crear vida de la nada: “La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Génesis 1,2) De hecho, la concepción de Jesucristo se considera el inicio de una nueva creación. Redención y creación se dan la mano en Nazaret. Es cierto, nadie puede renacer si no se siente querido. El remedio contra el miedo no es la valentía sino el amor. Somos capaces de hacer cualquier cosa cuando amamos y cuando nos sentimos amados, perdonados, redimidos. Si hemos aprendido a amar más a Dios y, por tanto, al hermano, está experiencia nos habrá servido para algo, si no ha sido así, no desesperemos porque: “El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?” (Romanos 8,32)


El Señor nos ama con su presencia, nos protege con su poder y nos recrea con su Espíritu. María nos lo recuerda.