Lo extraigo del libro “Sacadme de aquí”, escrito por la propia Asia Bibi y la periodista francesa Isabelle Tollet, publicada por Libros Libres. Hoy van a conocer Vds. como celebraba las Navidades Asia Bibi cuando era una mujer libre, ¡bueno, libre!, tan libre como puede ser un cristiano en Pakistán. Mañana les presentaré (puede Vd. pinchar aquí si prefiere no esperar tanto) como las vive ahora que se halla en la cárcel por una blasfemia que nunca pronunció y que la tiene en prisión indefinida a la espera que un día se ejecute la pena de muerte que pende sobre ella. 

 

            “En Ittan Wali [donde ella vive] o en sus más próximos alrededores, no hay iglesia. Así que, con Josefina, su marido y sus niños, tomamos un minibús todos juntos para acercarnos a la iglesia de Sheikhupura. Dos horas de ida. Es como un pequeño viaje, pues nosotros tenemos raramente la ocasión de abandonar el pueblecito. Ataviados con nuestras mejores galas, estamos orgullosos de ir a celebrar nuestra fe a la casa de Dios. 

            Yo llevo la vestimenta tradicional pakistaní; el salvar kamiz, una túnica de grandes mangas con un pantalón amplio. Este año, hice más cosechas y más guardas de animales para ganar algo más de dinero y poder comprarme un conjunto nuevo, especial para la navidad. En la única tienda del pueblo, -no había mucha elección-, pero caí enseguida seducida por esa túnica verde y blanca. Será casualidad, pero son los colores de la bandera de Pakistán: ¡el verde por el islam, el blanco por las minorías religiosas, como nosotros, los cristianos! La túnica, que me cae hasta las rodillas, es de un precioso verde esmeralda, en un tejido cálido y espeso. El pantalón blanco, hueco a la altura de los muslos, se estrecha en las rodillas exactamente como me gusta, ni poco ni demasiado. La dupatta, una bufanda larga, es también blanca. No había espejo en el tenderete, pero sabía que me quedaba bien. Yo que estoy todo el día en el campo no tengo en absoluto la costumbre de llevar vestidos tan bonitos. 

            He cosido a mis cuatro hijas túnicas de todos los colores: una roja, otra amarilla, azul y naranja para las dos mayores. Al salir de casa, hemos tenido que esquivar a miles de chavalillos que jugaban al cricket con un grueso bastón y naranjas viejas. El juego consistía en evitar ser el blanco de los proyectiles. Uno de ellos gritó: 

            - ¡Mirad! ¡Parecen un arco iris! 

            Nos hizo reír a mí y a las niñas. Ashiq y el mayor de dieciocho años, llevaban un salwar kamiz de color beige, que yo había lavado y planchado la víspera. Llevaban también un abrigo gris, con zapatos cerrados en falso cuero. En este período del año, hace mucho frío, apenas unos grados sobre cero, pero por coquetería, las niñas y yo preferimos lucir nuestros coloreados aderezos. Además, la calidez del corazón nos bastaba para entrar en calor. En los pies, encima, llevábamos calcetines además de las sandalias. Prestamos mucha atención a no mancharnos. El camino que nos separa del autobús es polvoriento y lleno de piedras. 

            El patio de la terminal del minibús está lleno a rabiar de vehículos y de viajeros esperando. Como cada vez que hacemos este viaje a Sheikhupura, parte un autobús cada hora. Pagamos nuestros billetes, 30 rupias por persona, y después nos apiñamos todos en la parte de atrás del autobús, junto con la familia de Josefina. A mí me encofran contra la ventana trasera izquierda, Ishaq me aplasta completamente, pero eso hace reír a la gente. Son las cinco de la tarde, la temperatura es casi cero grados, y hay una niebla de no verse los pies. El minibús se va tragando los kilómetros en una carretera infernal. Nos cruzamos además con varios accidentes, de camiones, de coches… ¡y hasta de algún minibús como el nuestro! Le doy la mano a Ashiq. No voy muy asegurada, pues el conductor continúa a pesar del puré de guisantes que tenemos delante. Ashiq me dice en ese momento, con una gran sonrisa: 

            - Agradece al Señor el estar aquí detrás. En caso de choque nos vamos a amortiguar contra todos los que tenemos delante. 

            A mitad de recorrido, el coche para en la estación. La mayor parte de los viajeros abandonan el vehículo para desaparecer en una mezquita que se adivina apenas en la niebla. Hace todavía más frío que hace un momento. Esperando que termine la oración de los musulmanes, los niños y yo miramos los faros de otros coches, filtrados por la bruma. Damos saltitos, nos desentumecemos las piernas. Los niños se divierten y juguetean. Al terminar la oración, el pequeño autobús se pone de nuevo en camino, pero la niebla es cada vez más densa. Los kilómetros desfilan a toda velocidad. A duras penas, entreveo un camión volcado a un lado de la carretera. Miro a Ashiq que no parece preocupado en lo más mínimo. 

            A Dios gracias, llegamos a Sheikhupura. La ciudad llena de gente nos hace pensar en nuestro pueblecito. Los niños están excitadísimos, pero no tienen más remedio que armarse de paciencia pues estamos atrapados en medio de un atasco monstruoso que bloquea todas las calles que rodean el mercado. Nada se mueve: los camiones, los autobuses, los coches, los rickshaws, las motos, las carretas, las bicicletas, los caballos, las mulas, e incluso los peatones se ven apelmazados en una selva de neumáticos, de ruedas, de sandalias y de pezuñas. 

            - ¡Qué ambientazo! -me digo volviéndome hacia Josefina. 

            El autobús termina por fin de liberarse. Menos mal, a la misa no le faltaba mucho para comenzar […] 

            La misa duró al menos tres horas. Cantamos y rezamos con muchas ganas y con una gran alegría interior. A la salida, vimos las guirnaldas eléctricas de colores que adornaban las aristas de las casas frente a la iglesia. Todo estaba muy bonito, y los niños estaban maravillados. La navidad es la fiesta de las luces, así que en la pequeña plaza todo el mundo enciende una hoguera, en el mismo suelo. Las familias cristianas se reúnen alrededor de esos fuegos para rezar y cantar al nacimiento de Jesús. Mientras que los niños juegan y saltan alrededor del fuego, nosotros colocamos nuestros manjares sobre caballetes dispuestos para la ocasión. Y por encima de todo, la tarta de navidad. Cada familia aporta una, hecha la víspera en casa. Como todos los años, preparo la mía con Josefina. Nos ponemos por la mañana y como siempre, hemos reñido por las cantidades, pero también como siempre, hemos terminado por estar de acuerdo. Al final del día, el balance es que nos hemos divertido mucho y nos hemos reído como locos. Nuestra tarta es enorme, pero es lo menos que se puede hacer para rendir homenaje al Cristo que acaba de llegar. Antes de partir el pastel, toco la campana para que los niños vengan a iluminar los pesebres con las bombillitas y a depositar las ofrendas a los pies del Niño Jesús. Acostumbramos a dejar también algún billete bajo el Niño Jesús para ayudar al párroco, que no vive sino de lo que le dan los fieles. Los niños se agolpan y se chupan los dedos con la sola idea de comerse la tarta de navidad, bien llena de crema y azúcar”. 

 

            ©L.A.

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