Dios es el fundamento de la esperanza… Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto (Benedicto XVI)

Todas las películas sobre el fin del mundo siempre nos pintan un futuro espantoso, no puede ser de otra manera, está claro. Guerras, destrucción, aniquilación. Basta que recordemos una película tan clásica en este género como Mad Max, que tuvo cuatro entregas, si no recuerdo mal, y dio lugar a un fenómeno que es el madmaxismo, es decir, esperar un futuro apocalíptico, en el mal sentido de la palabra.

Siempre han surgido y surgirán pesimistas que les encanta ver el desastre y anunciar el fin de los tiempos de forma dramática. Es cierto que, en determinadas épocas, la incertidumbre sobre el futuro es mayor. También es cierto que, en los últimos años, han proliferado análisis muy pesimistas de la realidad, hasta el punto de que más de un pensador actual habla de descarrilamiento de la sociedad.

Ese pesimismo, la crisis que vivimos actualmente, una cierta apatía y, generalmente, una queja constante ante lo que sucede a nuestro alrededor, con más o menos razón, lleva a preguntarnos ¿a dónde vamos? ¿qué porvenir nos espera? El problema es que los cristianos, es decir, aquellos que, se supone, vivimos de esperanza caemos en este mismo pesimismo.

Olvidamos con frecuencia que vivimos en el ya, pero todavía no, es decir, que caminamos hacia un futuro siempre mejor, porque tenemos la seguridad de que se cumplen las promesas de salvación hechas por Dios. Por tanto, el caminar de la historia se fundamenta en una esperanza que trasciende cada momento concreto. La esperanza cristiana me permite ver más allá, a un futuro posible y siempre mejor.

Ahora bien, mientras esto llega ¿qué tengo que hacer? Cruzarme de brazos. Total, como sé que al final Cristo va a vencer… Pues siento decepcionarte, pero no. No podemos caer en un falso providencialismo, sino todo lo contrario. Tengo que trabajar como si todo dependiera de mí y, a la vez, esperarlo todo de Dios. O dicho con el refrán castellano: a Dios rogando y con el mazo dando. Así es como Dios actúa en la historia de los hombres para realizar su plan de salvación.

Todos aquellos, pues, que reconocen la voz de Dios que les habla desde dentro y les empuja hacia el cielo deben esperar el Final pacientemente, ejercitándose y trabajando con diligencia, con vistas a aquel día en que se abrirán los libros de cuentas, y se repasará, corregirá y enderezará todo el desbarajuste de los asuntos humanos; cuando ‘los últimos serán los primeros, y los primeros últimos’; cuando recogerán y echarán de su reino a ‘todos los que fueron causa de tropiezo y a los malvados’ (Mt 13, 41); cuando ‘los justos brillarán como el sol’ (Mt 13, 43), y la fe verá a su Dios; cuando ‘los prudentes brillarán como el resplandor del firmamento, y los que han convertido a muchos a la justicia, como las estrellas, por siempre jamás’ (Dn 12, 3)[1].



[1] John Henry Newman, El testimonio personal, medio de propagar la verdad, 151.