Recupero una entrevista al escritor alemán Martin Mosebach publicada en Catholica el año pasado. La entrevista es jugosa y no pretendo comentarla in extenso, pero he encontrado tres reflexiones que me han parecido sumamente sugerentes:

  1. Sobre mesianismos políticos, afirma Mosebach que “los grandes movimientos políticos que han sacudido el mundo desde la Revolución Francesa pueden ser todos analizados como herejías cristianas. Libertad, igualdad y fraternidad son una versión secularizada de la Trinidad, el comunismo es un milenarismo herético, el liberalismo con su mano invisible del mercado es una teología secularizada del Espíritu Santo, el calvinismo es el padre del capitalismo, el nacionalsocialismo ha concebido la imagen herética de un pueblo elegido. La fuerza explosiva del cristianismo se expresa también en la violencia destructiva extremadamente peligrosa de las herejías”.
  2. Sobre la responsabilidad y la culpa, explica que “nos encontramos, como siempre, en una situación contradictoria. Por un lado, los psicoanalistas a la antigua y los neurobiólogos niegan al hombre toda posibilidad de una culpabilidad efectiva. Por el otro se quiere atribuir todos los males a la Iglesia. El pecado original ya no existiría, pero la Iglesia es acusada de haber cometido un pecado original, el haberlo “inventado”. Veo en esta tendencia la repugnancia de principio que la democracia moderna tiene a la idea de aceptar una institución cuya existencia no depende de una decisión tomada siguiendo el principio de mayoría democrática moderno, que no recibe sus criterios de legitimidad del tiempo presente y que no considera la voluntad mayoritaria como fuente última del derecho. Para la ideología radical-democrática, una institución en la que la tradición no se somete a la aprobación de una mayoría es fundamentalmente inaceptable. Es el mal por excelencia, una especie de enemigo mortal con carácter religioso”.
  3. Y una reflexión final que todos deberíamos pensar cada mañana: “La historia de la Iglesia enseña que ésta ha sido siempre criticada a posteriori cuando previamente ha tomado posiciones conformes con el espíritu de la época. Es cuando la Iglesia cree actuar conforme al espíritu del tiempo cuando está en peligro y corre el riesgo de tener, un día, que rendir cuentas de su alejamiento del Evangelio”.