No sé si lo han oído Vds. estos días en los telediarios, pero la noticia es que en los Estados Unidos, un número indeterminado pero no inferior a una de cada diez adopciones (que podría incluso ascender a una de cada cuatro), finaliza en lo que dan en llamar “fracaso”, lo que en dicho país se traduce en la “traspaso” (me pregunto si acompañado en algún caso de transacción pecuniaria) del niño adoptado a nuevos padres adoptantes, realizado mediante anuncio en internet. ¿No les parece patético? ¿No les parece simplemente increíble?



 
            La adopción es una de las más bellas instituciones que ha podido crear, imaginar y desarrollar el ser humano. Basada en el más estricto desinterés y altruismo por parte del adoptante y con la única finalidad del beneficio e interés del adoptado, ha buscado brindar solución al problema de aquellos niños que por las circunstancias que fueran, quedaban sin padre y sin madre, en otras palabras, sin hogar.

            Sin perder nunca de vista esta función fundamental, intrínseca, esencial e irrenunciable de la adopción, ha contribuido también en muchos casos, -que no en todos, pues a menudo los adoptantes tenían ya sus propios hijos naturales-, a brindar una solución a aquellas parejas que no podían tener descendencia y que deseaban proyectar el mucho amor y la mucha dedicación que eran capaces de dar en la persona de un niño huérfano al que acogían como propio.
 
            En los tiempos que corren, una correcta adaptación de la institución y una simplificación y agilización, que no relajación, en sus protocolos y procedimientos, podría haber contribuido a paliar los efectos de una conducta social perversa totalmente instalada entre nosotros que acepta, con la mayor naturalidad, la aniquilación de todos aquellos niños que no llegan al mundo en las condiciones consideradas “idóneas” por sus progenitores, sin más condición que la de tomar la decisión de eliminarlos dentro de los plazos que marca la ley, unos plazos que, por otro lado, son algo más que generosos (14 semanas de gestación en España, 24 en el Reino Unido, donde llegó a ser de hasta… ¡¡¡28 semanas!!!, ¡¡¡siete meses!!!).
 
            Por todo lo dicho la adopción es la más bella, generosa, conveniente y deseable de las instituciones humanas, también -o más que nunca- en los tiempos modernos.
 
            Contemplamos hoy día, sin embargo, en la sociedad de consumo atroz que vivimos y lo invade todo, que junto a esa concepción maravillosa y encomiable de la adopción se abre paso una segunda que la convierte en el instrumento de una nueva manera de abordar la paternidad, transformada en un bien de consumo del que se usa cuándo y cómo se quiere, cuándo y cómo conviene, como es la regla básica de todo consumo. Y vemos cómo personas que han desechado tantos hijos naturales acogiéndose al mal llamado “derecho sobre el propio cuerpo”, “derecho a decidir” o simplemente “derecho a abortar” (“el aborto es sagrado” se leía hace pocos días en los bonitos pechos concebidos para ofrecer la vida de unas señoras que los exhibían así garabateados en el palacio de la Carrera de San Jerónimo), u otras que han postergado hasta el límite de lo permisible la paternidad en aras a su “derecho a realizarse”, a “promocionarse profesionalmente” y a tantas cosas, de repente se acuerdan de que se les pasa el arroz para ser padres, para ser madres, de que quieren, una vez más, “realizarse”, pero ahora como padres, y como ya no pueden por haber agotado las posibilidades que otorga la madre naturaleza, se sumergen en un proceso, el de la adopción, que de gratuito ha pasado a ser carísimo. Entre otras cosas, por la necesidad de “adquirir”, permítanme la expresión, esos niños en “mercados” muy lejanos, ante la inexistencia de “producción” en el mercado nacional, gracias a la “rigidez en la oferta” que en el “mercado de infantes adoptables” representa el aborto.

            Inconscientemente impregnado por todos sus poros de este concepto consumista de la adopción, a mí me dijo un día, hace ya bastante tiempo, un padre de adopción al que no he vuelto a ver (y que sin duda disfruta hoy día de sus preciosos hijos adoptados y se ha comportado como un padre ejemplar), algo así como “tenía seis millones de pesetas, me iba a comprar un mercedes, pero al final decidir adoptar”. Que me aspen si estoy mintiendo.
 
            El final de cuanto relato a Vds. no podía ser otro que el que describe la noticia que da razón a este artículo. “Adopciones fracasadas”, adopciones fracasadas en cuanto el bien de consumo no responde a las expectativas generadas y al precio pagado por él, que para eso quien paga exige. Un bien de consumo como cualquier otro, que dura lo que dura la necesidad de ejercer el consumo en cuestión y sobre el que hacemos valer las demás condiciones intrínsecas al comercio de bienes de consumo: la ejecución de la garantía, la devolución del producto, y eso si no acabamos viendo algún día la aplicación sobre el mismo del último logro de la sociedad de consumo: su descarte como bien desechable, como si de una vulgar maquinilla de afeitar o un paquetito de kleenex se tratara.
 
 
 
            ©L.A.
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