Pablo H. Breijo

- Ya son más de 200. Hay gente que se pregunta por qué ahí y no en otro lugar. Dios llama y quiere la felicidad de todas y cada una de las hermanas del Instituto religioso Iesu Communio. El pasado domingo fui hasta el monasterio de La Aguilera (Burgos) porque Cristina Quintero profesaba sus votos temporales después de casi tres años vistiendo de tela vaquera.

 
En decenas de ocasiones he afirmado que soy “fan” de Iesu Communio. Recuerdo que nueve días antes de su entrada en el convento, a prisa y corriendo entrevisté a Cristina. “Me entrego a Cristo, ahora empiezo a vivir” fue el titular más destacado de los que me dio. Desde que la conocí en 2004 siempre la he llamado “Cristinita” porque era así como la llamaban y la llaman sus amigas.
 
Algunas de ellas estaban el otro día en el locutorio de La Aguilera. La cita era a las cuatro de la tarde y yo llegué veinte minutos después. Crucé la puerta en mitad de un diálogo entre Cristinita y las decenas de familiares y amigos que habían acudido para celebrar con ella aquella jornada.
 
Allí estaba con su pañuelo azul en la cabeza y su medalla colgada al cuello. Pronto las doscientas y pico monjas cantaron alguna de sus nuevas canciones y cuatro de ellas bailaron la Salve Rociera dejando atónitos a los que por primera vez entraban en aquel lugar. Por unos corredores de reciente construcción nos condujeron hasta la capilla. Yo hacía tiempo que no entraba allí y me topé, sorprendido, con varias pantallas de televisión que ayudan a seguir la celebración religiosa cuando la vista no alcanza.
 
Durante la Misa, además de hacer una realización televisiva desde dos cámaras situadas a la derecha y al fondo de la capilla, emiten el texto del Evangelio y las letras de alguna canción para que nadie pierda detalle. Sonaron canciones compuestas por ellas como “Effetá, ábrete”, que prontó será un éxito como “Soy de Cristo” o “La Iglesia”; “Ombra mai fu”, una pieza de Händel -interpretada esta vez al violín- que conocí hace casi una década gracias a una versión de Paul Schwartz para Café del Mar; y una composición creada por una de las amigas de Cristinita que decía que “pasa el tiempo pero no pasa el Amor”.
 
Cristinita hizo sus votos temporales y recibió las constituciones del Instituto religioso fundado el 8 de diciembre de 2010. La Madre Verónica estaba a su lado, rezaba por ella, le acariciaba la cabeza y le miraba a los ojos. La tomó de la mano y la llevó hasta el regazo de la imagen que de la Virgen María hay en la capilla. Cristinita sonreía, sonreía y sonreía. Sus casi 200 hermanas -son muchas para ir todas- acudieron a darle un abrazo y un beso por el nuevo paso que había dado dentro de Iesu Communio.
 
Siempre he destacado -porque no deja de llamarme la atención- cómo cuida la Madre Verónica a todas y cada una de aquellas jóvenes que han decidido entregar su vida a Jesucristo y a su Iglesia en Iesu Communio. La Madre es dulce, es paciente y es buena. Y esa dulzura, paciencia y bondad se la transmite a las “monjas de la tela vaquera”. Es así. 
 
Finalizada la Misa y la toma de votos temporales, la Madre agarró de la mano al sacerdote celebrante y lo llevó al mismo lugar al que había llevado a Cristinita minutos antes, al regazo de María. Lo mismo hizo con cada uno de los otros siete curas que concelebraron la Eucaristía. Allí, abrazados y de rodillas, ocho presbíteros formaron un semicírculo en torno a la imagen de la Virgen mientras la Madre Verónica acariciaba con cariño la cabeza de uno de ellos y la espalda de otro.
 
De vuelta al locutorio, de nuevo hubo tiempo para un breve diálogo abierto, nuevas canciones con su coreografía y explicación de alguno de los cuadros que hay en la sala. Pronto se hizo tarde en el reloj azul que lleva la Madre Verónica en su muñeca y llegó la despedida. Les tocaba ir a cenar y a nosotros volver a casa desde La Aguilera. Cristinita dejó de llamarse así para tomar el nombre de María Efraín. O, quizá, “María Efrainita”.



 
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