Si usted fuera a un hospital y le atendiera un médico que dice que sí, que él tiene el título, pero que sólo conoce la mitad de las medicinas, ¿no pediría otro médico? Si necesita un abogado ¿se quedaría con uno que dice que las leyes no hace falta sabérselas todas? O si va de viaje ¿confiaría en un piloto que dice que muchas cosas de las que le enseñaron sobre pilotar se le han olvidado?

¿Confiaría usted su enfermedad, su pleito o su viaje a esas personas? La respuesta es no, porque a efectos prácticos no son ni médico, ni abogado, ni piloto; son algo así como semimédico, semiabogado y semipiloto. Tienen el título, pero es como si no lo tuvieran.

Pues en la Iglesia pasa lo mismo con el “semicristiano”. El semicristiano es cristiano por el Bautismo, pero en la práctica tiene tantas cosas que no son de tal, que a efectos prácticos no vale para gran cosa. Y como el “semicristianismo” es algo muy extendido, y en general no se sabe identificar, me propongo en lo sucesivo mostrar algunos ejemplos de lo que yo considero que son conductas “semicristianas”.

Ahí va el primer ejemplo: una persona va a la parroquia y al entrar en la iglesia se dirige derecho a la imagen de un santo de su devoción, al que le reza un largo rato. Después le pone una vela y directamente se marcha. Esta persona probablemente tiene el síntoma de semicristiano de tener creencias etéreas o muy débiles en Dios. En concreto, esta persona ha ido a venerar una imagen sin enterarse de que ha pasado por delante del mismísimo Dios vivo, al que no ha hecho apenas caso. Es decir, cree más en los iconos que en un Dios vivo y personal, que está presente, delante de él.

Aramis