Llevábamos un tiempo tranquilos, pero ya vuelven a la carga. Cuando los sueños de la clonación parecen una reliquia del pasado (¿quién se acuerda de la pobre oveja Dolly?) los aprendices de brujo de la vida vuelven a la carga con la "desextinción", palabreja por cierto bastante fea. Ahora de lo que se trata es de hacer retornar a la vida a especies extinguidas y, para ello, se acaba de celebrar en Washington, con el patrocinio de National Geographic, el primer congreso de la TedxDeExtinction. El objetivo: una especie de Parque Jurásico a base de introducir DNA de especies extinguidas en embriones de especies existentes.

 

Parece que incluso hay ya un caso de éxito (aunque me temo que, en estos casos, la manipulación informativa destinada a crear expectativas y conseguir financiación es lo habitual): el australiano Michael Archer habría recuperado la Rheobatrachus silus, un tipo de rana extinguido en 1980. El nombre de su proyecto es significativo: Lázaro (lo que muestra lo difícil, por no decir imposible, que resulta librarse de la cosmovisión cristiana).

 

El siguiente paso, según el investigador de Harvard, George Church, sería la recreación del hombre de Neanderthal. Un poco prematuro probablemente, pero ya se sabe que en estas cuestiones el rigor científico poco importa. Dice Church que ya dispone de su ADN y que ahora sólo necesita inyectarlo en un embrión humano en sus primerísimos estadios de desarrollo o en un ovocito para poder desarrollar un hombre prehistórico. "Ahora solo me falta una mujer humana valiente para fecundar", ha añadido en una entrevista en el Spiegel.

 

Eso sí, todo el montaje viene aderezado con los ingredientes habituales: que si sería una manera de reparar el daño hecho por el hombre a la Naturaleza, resucitando especies extinguidas por culpa de la depredadora especie humana, que si podremos curar enfermedades como el sida o el cáncer, y otras justificaciones por el estilo. "A finales de este siglo tendremos un control sobre la vida que hasta hoy no podíamos soñar", ha declarado el biólogo Hank Greely. Estamos una vez más ante una "ciencia", o mejor sería hablar de unos científicos, incapaces de aceptar un límite a sus acciones y, en consecuencia, capaces de cualquier barbaridad. Todo, por cierto, muy viejo, pues no se trata de otra cosa que del antiquísimo “seréis como dioses”. Que, dicho sea de paso, acaba siempre igual... bastante mal. Si no quieren leer la Biblia, al menos podrían leer a Mary Shelley y actuar en consecuencia.