El Papa emérito

 

Los 18 días

 

Desde el 11 de febrero, cuando el Papa Benedicto XVI sorprendió a los cardenales presentes en Consistorio con la noticia de que renunciaba al ministerio de Obispo de Roma, los días de la cuaresma se fueron precipitando demasiado rápidamente, pues el plazo era perentorio, con su día y con su hora prefijados y precisos. En efecto, a las ocho de la noche del jueves 28 de febrero, las pesadas puertas del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, la residencia estival de los papas, se cerraron simbólicamente. Con ellas se concluía un papado, una voz familiar se apagaba voluntariamente, y el rostro afable y colmado de serenidad del anciano pontífice quedaba oculto para el mundo.

 

Habían transcurrido los declarados 18 días para despedir al amigo. Al pueblo de Dios se le impuso este breve, efímero y denso plazo no sólo para asimilar la noticia, superar el asombro, interpretar el signo de la renuncia,… sino también para manifestar su afecto, su agradecimiento, su amor, su zozobra, su cariño, su fe, su estupor, ¡todo!... Sin lugar a dudas hemos vivido horas históricas. Las preguntas se iban sucediendo. Unas, más circunstanciales: ¿cómo se le llamará en adelante, se le seguirá diciendo Papa, conservará el nombre de Benedicto XVI?, ¿a dónde irá, alguien lo acompañará?, ¿y cómo será ese momento final, se subirá a un helicóptero y ya está?, ¿y quién lo sucederá? Otras, más hondas: ¿cuál será el significado más profundo de todo esto?, ¿qué nos está diciendo Dios?, ¿cómo se sentirá el Pontífice?, ¿qué pasará luego?

 

Un cuerpo vivo

 

Cada cual, a su modo, a través de las vicisitudes de estos acontecimientos ha sentido el latido de su fe junto al latido de la Iglesia universal, ha sentido cuán cercanos pueden ser los vínculos de la fraternidad que el Señor nos ha dado, ha podido experimentar que hay profundas ideas teológicas que en ciertos momentos se tornan fáciles y transparentes, sensibles, casi, en la sencillez de la realidad vivida. En la unidad del misterio de Pedro nos hemos vivido como parte de una familia íntima, que “por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo”, según enseña el Concilio. Sí, esta cuaresma viene siendo un tiempo fuerte en que nos sentimos bien unidos los cristianos, en que la Iglesia católica, universal, ésa multiplicada en lenguas, culturas, edades, procedencias sociales y geografías tan dispares, se percibe a sí misma, claramente, como un pueblo en torno a su Pastor.  

 

Es un gran misterio. Todo resulta ser tan grande y tan pequeño a la vez... El mismo Papa iba poniendo palabras a lo que estaba sucediendo: “Aquí se puede tocar con la mano lo que es la Iglesia –no una organización, no una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos”, improvisó ante las 200.000 personas  que llenaron la plaza de San Pedro en la última audiencia general, el miércoles 27, a tan solo un día de dejar su ministerio. ¡Al Papa le pasaba lo mismo! Se sentía unido a nosotros, y nosotros a él. No era una idea, era la realidad de la comunión en la fe. Ocho años antes, en la primera homilía de su pontificado había dicho: «Sí, la Iglesia está viva; la Iglesia es joven… Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días».

 

La Iglesia se despierta en las almas

 

Ahora, a la mañana siguiente del multitudinario encuentro con los fieles, al despedirse de los cardenales en la Sala Clementina, decía Benedicto: “La Iglesia no es una institución elucubrada y construida calculadamente. Es una realidad viviente, ella vive a lo largo del curso del tiempo para evolucionar, como cada ser viviente, transformándose, y aún así en su naturaleza permanece siempre la misma, y su corazón es Cristo. Era, me parece, nuestra experiencia de ayer en la plaza, ver que la Iglesia es un cuerpo vivo, animado por el Espíritu Santo, que vive realmente de la fuerza de Dios. Ella está en el mundo pero no es del mundo. Es de Dios, de Cristo, del Espíritu Santo. Lo hemos visto ayer… La Iglesia se despierta en las almas”.

 

Volviendo a la plaza, el Papa se mostraba como el mismo de siempre. Hubiera sido una audiencia más, como la de todos los miércoles, pero aquella mañana la Iglesia quería abrazar en un adiós cercano y ver por última vez al Papa tímido e íntimo que a la edad de 78 años debió aprender el raro oficio de frecuentar multitudes; la gente quería vivar y aplaudir al Papa que había sorprendido al mundo entero con una inaudita decisión que nadie había podido advertir ni sospechar. “Ha sido una decisión humana inspirada por Dios. No sé con quién lo ha hablado además de conmigo. Pero cuando me ha dicho que quería renunciar, la decisión definitiva ya la había tomado”, dijo hace unos días su hermano Georg en una entrevista.

 

Todos pudimos ver a Benedicto dejando traslucir su contenida emoción, aunque es admirable la serenidad que el ahora papa emérito ha trasuntado en todos estos días. Todo puede conmoverse a su alrededor, las noticias, la prensa y los periodistas con sus titulares urgidos y nerviosos, las reacciones de unos y otros, las hipótesis y pronósticos… pero el protagonista genuino transmite una paz universal. Nos enteramos de que en esos días el Santo Padre hacía sonar a Mozart en su piano, como de costumbre, y en cuanto a la rutina cotidiana la misma continuó su curso habitual, sin sobresalto alguno. Es la misma serenidad de todos estos años, fruto de su fe en Dios, de dejarlo todo en manos del Señor: “¡Queridos amigos y amigas! Dios guía a su Iglesia…”.

 

Nostalgias de Benedicto

 

Los distintos encuentros con el Papa en estos 18 días han tenido ese raro equilibrio en que no se puede dejar de ver la mano de Dios. La tristeza se abre en un punto a la alegría, el deseo de retenerlo cede al adiós generoso, el vacío repentino permite entrever su Presencia, el agradecimiento por todo lo vivido junto a Benedicto no impide mirar simultáneamente hacia el cónclave inminente ni pensar en el futuro Pontífice ni percibir las expectativas renovadas… Es extraña la sensación de ver partir al Papa, como si nos encontrásemos ante un signo cuyo sentido sólo el tiempo irá develando plenamente. El hecho de poder despedir a este gran papa no mitiga cierto desasosiego y nostalgia que su partida deja en nuestros corazones.

 

No resulta fácil aceptar el hecho de que ya no nos sorprenderá su voz, cuyas cadencias proporcionaban música y humanidad a sus palabras, de que ya no aparecerá el profesor que mantenía encendidas todas las luces del lenguaje y la inteligencia, el profesor que nos alimentaba con sus homilías y catequesis, y frases que centelleaban aquí y allá… ¿Sería consciente Benedicto de la fidelidad de sus incontables lectores, que agradecían que dijera cosas tan bellas con palabras tan simples, que gustaban de la plasticidad de sus imágenes y profundidades, de sus registros sutiles en el humor, la ironía argumentativa, la suave humildad, la sensibilidad de los poetas? ¿Sería consciente Benedicto de que su palabra conducía los corazones a Cristo? Un Papa que nos hacía gustar lo nuevo y lo antiguo, lo antiguo y lo nuevo, que escribía y pensaba saltando de pregunta en pregunta, asombrándose de lo que otros tenían por muerto y gastado, siempre empujando un poco más los límites, siempre buscando comprender las miradas ajenas, siempre enamorado de Cristo. Él veía, es cierto, que la Iglesia es joven, porque él se mantenía joven.

 

Intervenciones memorables

Con algunas pinceladas explicó en París, ante el mundo de la cultura reunido en el Colegio de los Bernardinos, cómo nació la cultura europea a partir de la meditación de la palabra de Dios en los monasterios; en el Parlamento alemán expuso el problema que representa la pobreza de una justicia y un derecho aprisionados en la razón positivista, exclusiva, que se muestra impotente ante los temas más decisivos de la vida humana; ha buscado señalar la trampa de una cultura que afirma respetar todas las posiciones, pero en realidad se opone duramente a la búsqueda de la verdad, lo que ha dado en llamar una “dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja sólo como medida última al propio yo y sus apetencias”.

 

Al interior de la Iglesia su palabra ha iluminado todos los atascaderos que obstaculizan su vida pastoral y espiritual; con notable perspicacia y claridad, en un discurso a la curia en su primer año de pontificado, expuso los criterios de una adecuada interpretación del Concilio Vaticano II, presentando la hermenéutica de la reforma en la continuidad, y dejó en evidencia las interpretaciones arbitrarias y nocivas que ha tenido, para la recepción del Concilio, lo que él llamó la hermenéutica de la ruptura, y que ha contado con los micrófonos y el aliento de los medios de comunicación. Hace unos pocos días, al despedirse del clero romano, improvisando un discurso de casi una hora, volvió a referirse a este tema, y habló de los dos concilios, el virtual, que ha dominado durante estas décadas, y el real, que viene imponiéndose poco a poco, y que habrá de galvanizar a la Iglesia en su momento. Ya cuando cardenal, ante la propuesta de algunos de un concilio vaticano tercero, Ratzinger se asombraba, pues no comprendía tal expectativa cuando, pensaba, no había comenzado a vivirse aún el segundo. En fin, ha planteado la necesidad de que la vocación evangelizadora sea la que estructure a la Iglesia, y ha animado a este respecto la nueva evangelización, continuando las huellas de Juan Pablo II.

 

Sobre sus hombros recayó la limpieza moral de la Iglesia, que, en verdad, ya había comenzado con él cuando Juan Pablo II le derivó los casos de pederastia y abuso sexual. Los obispos norteamericanos han reconocido que cuando las riendas las tomó el cardenal Ratzinger, las cosas comenzaron a cambiar. Hasta sus enemigos de la disidencia han hablado elogiosamente de él como “el barrendero de Dios”, el hombre que ha emprendido la lucha contra la política de ocultamiento, de mirar hacia los costados y de ir cambiando de lugar las piezas del delito. Es interminable el servicio que Joseph Ratzinger ha dado a la Iglesia a lo largo de su vida como cardenal y como Papa.

 

Profecías que se cumplen

 

En 1968 cundía el optimismo acerca del futuro de la Iglesia. El padre Joseph Ratzinger, profesor de teología, aún no era obispo, tenía 41 años, dio una serie de charlas por radio. Él veía algo distinto, él anunciaba tiempos difíciles. Lo que no pudo anunciar, es que cuando esos tiempos llegaran, él sería llamado a la Sede de Pedro. También para esos tiempos difíciles, vislumbraba una iglesia joven y viva:

 

“Pero tras la prueba de estas divisiones surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza, porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas. A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político.., sino la Iglesia de la fe. Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte."

 

Las últimas horas que nos regaló este Papa fueron inolvidables, y creo que nadie imaginó tampoco que el ceremonial vaticano concibiera en tan pocos días ese ritual impecable que selló el ministerio de Benedicto XVI, el helicóptero sobrevolando la ciudad de Roma mientras repicaban las campanas de todas las iglesias de la diócesis del Papa, y las diez mil personas que aguardaban al Pontífice en la plaza del hermoso y pintoresco pueblito de Castel Gandolfo. La gente lo esperaba llena de emoción y expectativa. Entonces el Papa se asomó al balcón del Palacio: “ustedes saben que este día es diferente de los anteriores: seré Sumo Pontífice de la Iglesia Católica hasta las ocho de la noche, y luego ya no más. Soy simplemente un peregrino que inicia su última etapa de peregrinación en esta tierra…”.

 
En el balcón del Palacio Apostólico en Castel Gandolfo. Sus últimas palabras...