Estoy viendo la última audiencia del Papa y me imagino que no soy el único que no puede trabajar en otra cosa que en sentir con la Iglesia acompañando en oración y presencia a Benedicto XVI en los compases finales de su pontificado.

Por eso he decidido que hoy voy a poner un cartel en mi ventana diciendo “cerrado por jubilación del jefe” y me voy a dedicar lo mínimo posible a las ocupaciones habituales y cotidianas.

Me imagino que mis “clientes” no se enfadarán, porque son en su mayoría curas y laicos que trabajan para la evangelización. Y claro, con esta situación familiar de jubilación del jefe, hoy cerramos la oficina y nos dedicamos a acompañarle, agradeciendo su generosa entrega y deseándole lo mejor en el nuevo camino que empieza.

Como el Papa acaba de decir, él no se baja de la cruz, sino que sigue en ella –al igual que seguirá viviendo en el recinto de San Pedro- sólo que desde la oración y la vida oculta en Cristo.

¿Y quien dijo que eso es dimitir? ¿Acaso no es abrazar con más intensidad la única y primordial misión que tenemos todos los cristianos: hacer la voluntad del Padre?

El papa saliente, el único papa que no hemos visto  morir y por lo tanto un poquito más “eterno” en nuestra mente y recuerdo, acaba de hablar de certeza. La que él tuvo de que Dios estaba con él cuando fue elegido. La que experimentó sabiendo que como papa no estaba solo, sino acompañado con la oración y el aliento de millones de fieles. La que tiene ahora de saber que camina en la voluntad de Dios y que Dios guía a la Iglesia en todo momento.

Nada puede alterar la nave de la Iglesia porque Dios la dirige. Ni la crisis, ni la problemática de la coyuntura de un momento histórico, ni la muerte, la enfermedad, ni la sucesión en el ministerio petrino que vamos a vivir.

El lujo que tenemos en la Iglesia es que hoy cerramos para celebrar que se va el “jefe”, el cual no es más que un vicario por lo que pasado mañana tendremos otro. El nuevo será eso, un senescal que aguarda la venida del Rey, el cual está presente entre nosotros y lo seguirá estando hasta el fin del mundo.

Podemos celebrar por tanto el pontificado que acaba, y disfrutar el que viene, y en el ínterin aprender lo ya sabido: que Dios es quien guía y el servus servorum, el obispo de Roma, es el primero en saber por pura experiencia que la cosa no descansa en personas, ni liderazgos personales.

Qué inmensa catequesis acerca de la soberanía de Dios, el señorío de Cristo y la guía segura del Espíritu Santo.

Qué humana demostración de que como decía San Pedro, el primer papa,  somos “piedras vivas edificados como edificio espiritual y sacerdocio santo”  (I Pedro 2,5)

 Qué única oportunidad para estar orgullosos de nuestra catolicidad, de cómo funciona la Iglesia de Cristo en la cual subsiste la fundada por el Señor. ¿Quién puede acusarnos de seguir personas y no a Dios?

Hoy brilla la Iglesia, como brilla el sol el Roma. Hoy Dios se trasluce a través de lo que está viviendo el mundo entero. Todo se ha detenido. Hasta los vecinos de la “tienda” de enfrente andan medio cerrados ante el bombazo informativo que supone que el “jefe” de la comunidad humana más numerosa del mundo se jubile.

¿Alguien puede pensar en otra cosa más importante que hacer hoy que sumarse a la universalidad de la Iglesia, la cual alcanza a gente de toda lengua, tribu y nación?

Yo no sé qué haremos mañana cuando el papa, ya emérito, se retire a Castelgandolfo.

Lo que sé seguro es que hoy no se trabaja por jubilación del jefe….