Cuando las circunstancias lo permiten, es bueno darse la oportunidad de viajar. Dejar de vez en cuando la ciudad en la que uno vive, para poder conocer algún destino nacional o internacional, es un gasto bien empleado, una inversión de carácter cultural, ya que los viajes educan, abren la mente, divierten, despiertan emociones fuertes, ofrecen una nueva perspectiva del mundo y, sobre todo, nos llevan a superar las fronteras sociales y políticas.

Cada lugar tiene su propio encanto. Desde las grandes metrópolis del mundo –como Toronto y Paris- hasta los pueblos más emblemáticos y pintorescos –como Molinaseca en Castilla y León- sin olvidar los destinos marcados por la naturaleza. Lo importante es tener la actitud de aprender, de lanzarse a descubrir nuevos espacios e historias.

  Ahora bien, no se trata de abusar de la cámara, sino de saber mirar con nuestros propios ojos aquello que se nos presenta. Está muy bien inmortalizar la excursión con varias fotografías y videos, pero siempre teniendo en cuenta que lo principal es aprovechar el momento presente, el valor del sitio turístico que estamos descubriendo. Que la tecnología no nos arrebate la oportunidad de experimentar colores, texturas, aromas y sonidos. En una ocasión –mientras recorría el río Sena en una embarcación turística- me tocó ver a un grupo de personas que se preocupaban más por el flash, que por descubrir y contemplar la catedral de Notre Dame o la torre Eiffel. Un viaje no es una experiencia virtual, sino personal, totalmente abierta a las sorpresas. De ahí que sea importante disfrutarlo y aprovecharlo para conseguir una visión mucho más amplia y completa de la diversidad que hay en el mundo, en los cinco continentes.