Consternado, agradecido y maravillado por el ejemplo de Benedicto XVI, así me he quedado como tantos al desayunarme con la noticia de la renuncia de nuestro querido Papa.

De pronto me he acordado de mi último artículo sobre la fecha de caducidad de los líderes cristianos y mi primera reacción ha sido pensar en quitarlo, no se fueran a pensar que estaba jubilando a Benedicto XVI al hilo de la noticia que acaba de saltar.

Pero no era así, hace una semana me inquietaba pensar que en la Iglesia tantas veces los que somos líderes hacemos de tapón, y bien me cuidaba de señalar que la cosa no era en absoluto una referencia al papa actual.

Ahora entiendo la bella paradoja de lo sucedido. Alguien que sabe marcharse en interés de la nave confiado en que el proyecto de la Iglesia es de Dios y lo guía con su providencia, nos demuestra que está más preparado que nadie para quedarse en su puesto.

Benedicto XVI no está caduco, sino que vive en la cresta de la ola, y por eso mismo pasa el testigo al siguiente que venga, en un acto de humildad y actualidad lleno de sentido común y buen gobierno.

Hoy nos sentimos todos un poco huérfanos y muy pequeños ante la enorme talla humana y espiritual de un papa que quisiéramos que dure para siempre.

Por eso Benedicto XVI no tiene edad, ni fecha de caducidad, y lo que ha hecho hoy quedará en la mente y el corazón de toda una generación de cristianos que ojalá podamos vivir según su ejemplo de santidad en el lugar y trabajo para la Iglesia que Dios nos confíe.



Actualizado 6 febrero 2013
¿Cuál es tu fecha de caducidad como líder cristiano?

 

Hace poco revisité un videoclip de youtube de Tyler Oakley, un fenómeno de masas en Internet, titulado Fecha de Caducidad. Es una pena que no esté subtitulado en español, pues sin quererlo plantea un tema de mucha enjundia espiritual.

Este eterno adolescente que acaba de terminar la universidad nos cuenta cómo en la despensa de casa de sus padres todo está caducado. Para demostrarlo empieza a sacar las más variopintas latas de conserva y leer sus fechas de caducidad. Aparecen más de veinte, a cual más caduca, ¡¡hasta llegar a una crema de los años sesenta!!

Su conclusión es clara: si te invitan mis padres a cenar, no comas nada…

Tomando su idea muchas veces me pregunto cuántas de las cosas que tenemos en la iglesia están caducadas y no nos hemos dado cuenta porque siguen en la despensa. Pero lo más grave no es que estén guardadas como un recuerdo o una pieza de museo, sino que muchas de ellas todavía las utilizamos como alimento cuando ya han perdido su poder nutricional.

Maneras de hacer, lenguajes, costumbres, procedimientos, música y tantas otras cosas nacen en un contexto histórico y se perpetúan en el tiempo en un anacronismo que nos lleva a sacralizar lo que es accesorio.

Las personas somos como somos, animales de costumbres, y buscamos seguridad en el siempre se ha hecho así, lo cual no está exento de valor.

Pero inevitablemente las cosas cambian, las culturas evolucionan y poco a poco nos vamos desactualizando sin darnos cuenta. Nos pasa con la moda y la manera de vestir, con los ordenadores, con los electrodomésticos, con las generaciones, con las empresas, con el lenguaje y con todas las cosas del día a día.

Detrás de todo esto hay una razón tan humana como teológica pues como cristianos sabemos que somos un pueblo en camino, con una historia lineal que avanza hacia una meta. Atesoramos una Tradición eterna que refleja una belleza siempre antigua y siempre nueva…y resulta demasiado para nuestra manera de procesar las cosas, tanto como intentar meter toda el agua del mar en un cubo.

Por eso tan vieja como la humanidad misma es la eterna disputa entre los que quieren cambiarlo todo y los que quieren conservarlo todo. Heráclito (todo cambia) contra Diógenes (lo guardo todo)  en estado puro…

Por si este planteamiento fuera poco, resulta que nos ha tocado vivir en la convulsa época de la transición de la modernidad a la postmodernidad donde los cambios y transformaciones socioculturales que estamos experimentando son de una entidad y una aceleración vertiginosa.

En la época de la revolución industrial un cambio necesitaba décadas para imponerse; hoy en día, en plena revolución tecnológica postmoderna, dos años son suficientes para hacer obsoleta la máquina más puntera.

Pero volvamos a la Iglesia…sabemos que todos tenemos fecha de caducidad, ¿pero lo tenemos interiorizado?

Yo he de agradecer siempre la formación jesuítica que recibí en congregaciones marianas donde teníamos un grupo de montañeros en el que periódicamente “deponíamos” al Jefe por que se había vuelto demasiado viejo. Allí una persona con 18 años tenía verdadera responsabilidad, y terminando la universidad tenía que empezar a dejar paso al siguiente.

Qué diferente de lo que luego he visto y vivido en tantos grupos y parroquias.

De alguna manera me persigue la sensación de que en la Iglesia vivimos en una foto fija de lo que eran los grupos, las personas y las referencias de hace veinte años.

Y algo me dice que esto no es sano y no estoy hablando de temas de gobierno de la Iglesia, pues ojalá todos los grupos tuvieran a la cabeza alguien con la clarividencia y actualidad de Benedicto XVI.

Estoy hablando del día a día de las parroquias, asociaciones y movimientos, de la cultura eclesial que hemos generado y nuestra incapacidad de comunicar lo que tenemos dentro.

En una Iglesia que educa a más de un millón de jóvenes en las escuelas y todavía bautiza y da la primera comunión a cientos de miles de personas, hay algo que no funciona cuando no aparece recambio por ningún lado.

Algunos dirán que es la sociedad, que los jóvenes de hoy, que si no se atiende a lo importante ni se valora el tesoro de la Iglesia.

Pero para mí las matemáticas son claras: el Evangelio es la respuesta a toda persona de cualquier época y lugar, luego si no está llegando quizás tendremos que desempolvar nuestros escaparates para que se vea con más claridad.

Por eso creo que es más que sano plantearnos cuál es nuestra fecha de caducidad, y con ello la de todo lo que es accesorio, cultural y prescindible de lo que hacemos.

Por reiterativo que suene, creo que en ello nos jugamos el ser o no ser dela Nueva Evangelización.

Y si no entendemos esto no nos extrañemos de que la gente de hoy, cuando la invitamos a cenar, siga el consejo de Tyler Oakley: si te invitan a cenar a casa de mis padres…no comas nada.