Santa Catalina de Siena (IV)

“Yo soy Catalina”

La vida de Catalina, como la de todo santo, es sorprendente. Su amistad con Dios les hace alcanzar alturas admirables y también conocer grandes sufrimientos. La humanidad, en ellos, se colma de grandeza, y a la vez, de pequeñez.

La Mamma

Hacia 1378, con apenas 30 años, la fama de santidad de Catalina de Siena había rebasado los confines de su ciudad, y su solo nombre era venerado y respetado en todas partes, tanto en los círculos más encumbrados del poder como entre los más populares y humildes. Su presencia suscitaba creciente expectativa y admiración. Hemos visto cómo sus constantes responsabilidades, misiones y encargos, en general invitaciones para que mediara la paz entre contendientes o poderes enemigos, la conducían a otras ciudades de Italia, e incluso fuera de ella, y solía ir acompañada por un nutrido grupo de “mantelatas” –de hermanas dominicas como ella, distinguidas por el manto negro-, entre las que se encontraba Lapa, su madre, a quien llamaban “Abuela” puesto que Catalina era ya conocida como la “Mamma”, pero también por varios frailes y sacerdotes, todos pertenecientes a la familia de Santo Domingo.

Luego de su intervención en los acontecimientos que derivaron en el retorno del Papa Gregorio XI desde Aviñón a Roma, Catalina, también ella de regreso a Siena, se encontró con que Nanni de Ser Vanni, un ex bandido cuya suerte había cambiado el día que se encontró con la santa, le había obsequiado un castillo, una fortaleza imponente en los entornos de Siena, desde donde podían disfrutarse los esplendores y silencios de la campiña, y que Nanni deseaba se convirtiese en un monasterio femenino. La cercanía de Catalina en la región, movió diligentemente a dos enconadas facciones de la influyente familia sienesa de los Salimbeni a arriesgar la oportunidad de la paz, después de tantas décadas de división, de feroces luchas y rencores oscuros y tragedias infligidas, poniéndose en manos de esta ya experimentada embajadora, quien, una vez más, llevó a buen término sus oficios de pacificadora.

 Enfermos y pecadores

No faltaban, en estos largos y extenuantes desplazamientos de la mantelata y su comitiva, la llegada de enfermos de todo tipo, como en esta ocasión, en que le trajeron a un hombre encadenado, extremadamente violento y que profería indiscriminadamente toda suerte de palabrotas e insultos. Lo traían en un carruaje, manteniendo una prudente y preventiva distancia con el endemoniado. Pero Catalina se acercó con naturalidad, extrañada de que tuvieran amarrado a aquel infeliz, y pidió que lo liberasen inmediatamente, y le proporcionasen un buen plato de comida. En este punto el hombre era ya pura mansedumbre. La gracia de Dios acompañaba a Catalina, que sanaba muchos enfermos.

Su presencia imprevista en un lugar, como en esos días en que visitó el monasterio de San Antonino, atraía a todo el mundo. La gente no perdía la oportunidad, y se desplazaba por los valles  para ir rápidamente a su encuentro, “como si respondiesen al sonido de una trompeta misteriosa”, según palabras de su confesor: “Venían para verla, no pretendían que hablase”. Sucedía entonces que el gentío se conmovía al estrechar sus manos, al recibir una palabra, al recibir su mirada o tan solo de tenerla allí, y sentían la necesidad de confesar sus pecados. Catalina estaba acompañada por ocho sacerdotes, los cuales, no obstante, eran desbordados por los repentinos penitentes, y a pesar de que pedían refuerzos, debían permanecer horas y horas para derramar el perdón de Dios entre todas aquellas personas. El Papa había concedido licencia para confesar a todo el grupo de sacerdotes que rodeaban a Catalina en sus viajes. En aquel entonces, el sacramento de la reconciliación estaba generalmente reservado únicamente a los obispos.

No correrá peligro

La tensa situación de enfrentamiento con el Papa desatada y liderada por la ciudad de Florencia continuaba como una piedra en el zapato de Gregorio XI. Dada la situación explosiva entre los bandos opositores entre sí, los cambiantes órganos de poder, los intereses en juego, la animadversión radicalizada, y la sensibilidad política a flor de piel, el Santo Padre consideraba un riesgo enviar a un emisario a Florencia, cualquiera fuese, para buscar el camino de la reconciliación. Cualquiera fuese, excepto, claro, Catalina de Siena: “es tenida en tanta veneración que creo no correrá peligro ninguno”, dijo. Y allí marcharon Catalina y algunos de los suyos, la Abuela entre ellos. Así comenzaba el año 1378. Catalina permaneció siete meses en Florencia.

Al comienzo sus gestiones de paz encontraron buena acogida en el rompecabezas de los tenues y tensos equilibrios de la frágil política florentina. Pero pronto principiaron las intrigas entre los grupos de poder, algunos de los cuales, invocando el nombre de Catalina, tomaban acciones perjudiciales contra terceros, con el fin de obtener sórdidas ventajas o zanjar antiguas reyertas, o reavivar odios inveterados, y esos terceros, se sentían injustamente perseguidos y presos de nuevas arbitrariedades. Enterada la propia Catalina buscó por todos los medios declarar su inocencia y denunciar las maniobras que la involucraban y de las que era inocente. El clima en la ciudad se recalentó hasta el extremo, y ya nadie podía controlar la situación. En tales circunstancias, cuando estalla la revuelta, aquellos que la instigaron y alimentaron con su astucia e iniquidad ya no pueden encauzarla.

Yo soy Catalina

Así ocurrió en Florencia cuando el odio y la insensatez de la turba se levantaron contra el gobierno de la ciudad, sumiéndola en los días sucesivos en la oscuridad de la anarquía y la violencia desenfrenadas. El Papa Gregorio, que a la sazón ya había fallecido, no había advertido que la comisión asignada representaba un riesgo muy peligroso incluso para Catalina, contra quien, después de los saqueos, asesinatos y violentas tropelías, se descargó la furia de las hordas: “¡Denle, denle a la ramera, a la hoguera, hagámosla pedazos!” Los gritos amedrentaron a los guardas que velaban en la casa en que se alojaba Catalina y su grupo, y entonces los guardas los echaron a la calle…   

Dejados a merced de la brutalidad, el grupo logró llegar a un huerto en lo alto de la ciudad. Pero hasta allí subió la caterva de enloquecidos que reclamaba a su nueva víctima, e irrumpiendo en el huerto, coreaba su nombre. Uno, agitando la espada, gritó exasperado: “¡Catalina, Catalina!, ¿dónde está?”. Ella avanzó hacia ellos con cierta majestad y discreción: “Yo soy Catalina”. Entonces se arrodilló delante del hombre que blandía la espada con temeridad: “Hiéreme, si quieres, pero te suplico que no hagas mal a éstos”. El hombre, desconcertado, vacilante, diminuto, derrotado…  atinó a decir: “¡Vete, huye, te digo!”. Y Catalina: “¡Si tienes que matarme, mátame; pero deja marchar a los otros!”.

Fueron momentos de indecible emoción en el entorno de la santa, que mantenía una serenidad extraordinaria. Los facciosos se dispersaron sonrojados. Catalina había vencido, y pronto sobrevendría la paz que le había demandado pruebas tan tremendas. Hasta que no la obtuvo, no quiso abandonar Florencia. Sólo se lamentó de una cosa en el huerto, cuando entre sollozos dijo: “¡Ay de mí! ¡Creí que Dios hoy me habría hecho feliz!”.

Frases de santa Catalina de Siena

 

·         ¡Basta de silencios!¡Griten con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!

 

·         Los trabajos que he pasado, pasados están; no los tengo, porque el tiempo pasó. Los que van a venir tampoco los tengo; y no estoy segura de poseer el tiempo que vendrá, pues tengo que morir y no sé cuándo. Sólo, pues, existe el momento presente, y no más.

 

·         No se demoren ni digan “mañana lo haré”, porque no están seguros de tener ese tiempo.