Hoy 11 octubre de 2012, vigésimo séptima semana del tiempo ordinario..., correspondía la lectura de un corto trozo de la carta de San Pablo a los Gálatas (Gal 3,1-7) en el que hay mucha enjundia para comentar. El texto dice así:

            “¡Insensatos gálatas!, ¿quién los ha seducido a ustedes, ante quienes fue presentada la imagen de Jesucristo crucificado?
2 Una sola cosa quiero saber: ¿ustedes recibieron el Espíritu por las obras de la Ley o por haber creído en la predicación?
3 ¿Han sido tan insensatos que llegaron al extremo de comenzar por el Espíritu, para acabar ahora en la carne?
4 ¿Habrá sido en vano que recibieron tantos favores? ¡Ojalá no haya sido en vano!
5 Aquel que les prodiga el Espíritu y está obrando milagros entre ustedes, ¿lo hace por las obras de la Ley o porque han creído en la predicación?
6 Es el caso de Abraham, que creyó en Dios, y esto le fue tenido en cuenta para su justificación.
7 Reconozcan, entonces, que los verdaderos hijos de Abraham son los que tienen fe”.

          San Pablo tropezaba siempre con ese afán, que el pueblo judío de aquella época y puede ser que actualmente también, de darle más valor a la Ley que a la Fe. Esencialmente a la ley de Moisés. al Pentateuco, y a las tradiciones de sus antepasados, más que a la fe. Y mucho menos a la fe en Cristo, el hijo de Dios al que no se le reconocía esta filiación y de Él decían: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanos no viven aquí entre nosotros? Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo”. (Mc 6,2-3) Pero no reconocían en Él al Hijo de Dios.

          Lo que nos justifica y nos salva, es la Fe no la Ley mosaica. Para salvarse es necesario primeramente tener fe y si ella se llega a tener, después como corolario de esta, vendrá el cumplimiento de la Ley divina. La fe por así decirlo, es el kilómetro cero de nuestro recorrido por el camino de nuestra salvación. Nosotros, tanto los creyentes como los no creyentes, tenemos gravadas en nuestras almas, la Ley natural de Dios, y su incumplimiento remuerde nuestras conciencias, tanto la del que cree y tiene fe, como la del que no cree y carece de fe. Estamos viviendo la atrocidad de asesinar a los niños en el vientre de sus madres y esto le repugna hasta a los propios progres partidarios del aborto, que se calman sus remordimientos diciendo que los fetos no son criaturas humanas.

          La fe es la que nos justifica y nos salva. San Pablo en esta epístola a los gálatas nos hace referencia al caso de Abraham y de él nos dice: “Es el caso de Abraham, que creyó en Dios, y esto le fue tenido en cuenta para su justificación. Reconozcan, entonces, que los verdaderos hijos de Abraham son los que tienen fe”. (Gal 3,6-7). Nuestro Padre Abraham es el más claro ejemplo de fortaleza de fe, de una fe no basada en milagros, de una fe pura y desnuda exenta de todo raciocinio o discurso. Cuanto más  discurso haya, menos adhesión a la verdad, por la pura autoridad de Dios. Es la fe que se adquiere como consecuencia de la contemplación mística, porque es ella la que nos lleva a la fe pura. Dicho en términos vulgares, la fe pura es la fe del carbonero, que no utiliza la razón pues el raciocinio desvirtúa la fe pura. Cree porque cree y para él, para el carbonero, esto es el argumento definitivo.

         Caminando por la vida, tanto los que creemos y tenemos fe, fuerte, fe débil, hay veces que tropezamos con personas que no son creyentes, pero de una bondad natural, incapaces de quebrar ninguna norma.  Estas personas nos admiran y nos desconciertan, y no comprendemos cómo es posible que al no tener fe, puedan llegar a condenarse. San Pablo escribe diciendo: "Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy”. (1Cor. 13,2). Es decir, en esta clase de personas que desde luego existen, el fallo de ellas es la carencia de amor al Señor, y carecen de amor al Señor porque carecen de fe.

         La fe y la caridad junto con la esperanza son tres virtudes que aumentan o disminuyen al unísono. No es posible amar lo que no se cree que existe, carencia de fe, y nada se puede esperar de lo que no se cree que existe, carencia de esperanza. El hermano marista brasileño, Pedro Finkler escribe diciendo: “La fe lleva irresistiblemente hacia el amor: “Donde tengas tu riqueza tendrás el corazón” (Mt 6, 21). El corazón de quien encontró al Señor, no puede irresistiblemente de aspirar hacia él. “Nos hiciste Señor para Ti, y mi corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Esta es la conocida frase de San Agustín.

         Para el maestro Jean Lafrance: “En el cielo tu luz de gloria estará en proporción a la fe que hayas tenido aquí abajo, ya que la caridad crece al mismo tiempo que la fe”. Podríamos concluir diciendo este pensamiento: “Señor, mi fe en Ti, no se limita a tener la seguridad de que existes y de que estás ahí, sino también a tener la plena esperanza que es la confianza, de que me amas y me cuidas con un tremendo amor, que no comprendo y que es tu caridad”.

         Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

        Otras glosas o libros del autor relacionados con este tema.

        La fecha que figura a continuación de cada glosa, es la de su publicación en la revista ReL, en la cual se puede leer la glosa de que se trate.
        Si se desea acceder a más glosas relacionadas con este tema u otros temas espirituales, existe un archivo Excel con una clasificada alfabética de temas, tratados en cada una de las glosas publicadas. Solicitar el archivo a: juandelcarmelo@gmail.com