Al contemplar la política de destrucción de la familia que se abre paso en el mundo a partir de leyes de educación sexual a los jóvenes rayanas en lo agresivo; leyes de aborto sumamente permisivas, cuando no incluso fomentadoras; leyes de divorcio tan laxas que convierten el matrimonio en uno de los contratos menos protegidos del ordenamiento jurídico; leyes de matrimonio que desvirtúan su auténtica naturaleza y lo banalizan... se pregunta uno cuál es el objetivo último de sus promotores, si es que efectivamente tienen alguno más allá de la destrucción de la familia que se nos aparece como el primero y más evidente.
 
            Y a la cabal pregunta sólo cabe dar dos respuestas que en realidad son tres, como van Vds. a ver.
 
                        1º.- O bien vienen animadas por lo que llamaríamos un objetivo hedonista, una sociedad supuestamente feliz que practica como conejos un sexo que, por mor de los avances científicos, queda desvinculado de sus consecuencias naturales (prole, enfermedades...).
 
                        2º.- O bien vienen animadas por un objetivo demográfico, una sociedad que sin renunciar al sexo, convertido en la única o más importante razón de vivir, consigue sin embargo controlar su propia expansión demográfica. Objetivo este segundo que aún admite el desdoble en dos lecturas diferentes.
 
            a) La primera es una lectura ecológica o planetarista que sólo mira por el planeta, un planeta convertido en el rey de la creación por encima del propio ser humano, y cuyos valedores pretenderían no recargar al astro con las consecuencias supuestamente negativas de la reproducción humana, en una suerte de neo-nihilismo o autodestruccionismo mucho más presente en el pensamiento contemporáneo de lo que acostumbramos a imaginar.
            b) La segunda es una lectura supuestamente humanitarista, que mira por los intereses de la propia especie humana sobre la base de que de acuerdo con los postulados malthusianos del crecimiento aritmético de los recursos vs. el crecimiento geométrico de los seres humanos, el medio no da más de sí, por lo que la hambruna y la guerra es la única consecuencia posible de la reproducción sin tasa de la especie.
 
            Entrar en las cuestiones éticas y de otro tipo adyacentes a cualquiera de las tres lecturas es tema harto complejo que da para verdaderas tesis. De momento, y con las necesarias limitaciones del género que se cultiva en esta columna, el artículo, me limito a exponerlo como base de futuras reflexiones, y me limito a proponer una única reflexión: sea cual sea la razón que anima a los impulsores de las políticas antifamilia y anti reproducción, esas políticas sólo han alcanzado su plena o casi plena implementación en algunas comunidades antropológicas, que son precisamente las que nos quedan más cercanas culturalmente hablando, mientras otras hacen caso omiso de ellas. De lo que sin duda, habrán de derivarse importantes consecuencias, primero demográficas, y en segundo lugar, culturales, conductuales y hasta filosóficas. Y no sólo a nivel planetario, sino "también", o precisamente "dentro de", nuestras propias sociedades. Y todo ello, en un plazo mucho más breve de lo que nadie pueda imaginar.
  
 
            ©L.A.
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