Tomado de las “Notas del protocolo de la comunidad de Belmonte”, escrito por el P. Andrés Sagarna miembro de la comunidad el año de los hechos.
 
Ocho cartas escribió el Beato Santiago de Jesús (Arriaga y Arrién) desde Cuenca, en nombre de todos sus compañeros y haciéndose eco de ello. Por eso las manifestaciones y deseos de aquél son los mismos de los otros tres, y al copiar una frase del P. Maestro, que era el único que escribió cartas, vemos reflejado en ella el deseo y la voluntad de todos los cuatro religiosos.
 
Varias veces nos manifiesta su conformidad con la voluntad de lo Alto. “Estamos dispuestos y resignados a todo lo que pueda venir sobre nosotros”, escribe. “Dios haga lo que más le plazca”. “Sea lo que Dios quiera y cúmplase en nosotros su santa voluntad”.
 
Repetidas veces suplica oraciones y manifiesta su cariño por Belmonte. “Supongo que Belmonte se acordará de nosotros y elevará unas plegarias a la Virgen de Gracia por nuestra salvación”. “Saludos cordiales y que rueguen mucho”. “De nuestra parte no queda momento sin elevar a lo Alto nuestra mirada y nuestro corazón”.
 
También encarga oraciones a los Hermanos Coristas y a las niñas cantoras de la Pía Asociación: “A los jóvenes (Coristas) que se porten bien y que pidan mucho” “A Luisita Solís e Isabelita con sus compañeritas que no cesen de rogar a su Patrona por nosotros”.
 
Hacia mediados de agosto un nuevo suceso desagradable vino a aumentar su pena. Siete compañeros de prisión fueron sacados de la cárcel y fusilados en sus inmediaciones, con lo que no solamente oyeron las descargas, sino que “creyendo que era el momento final de los que allí nos encontrábamos, -dice un testigo- se dispusieron inmediatamente a levantar el espíritu decaído de todos, confesándonos y dando la bendición uno por uno”. Ejercitaron la caridad y cumplieron con su ministerio sacerdotal en lo poco que se podía en una prisión roja.
 
Cerca de dos meses pasaron encerrados, preparándose a una muerte que veían, como refleja en las cartas el P. Santiago, cada vez más cercana… “Sí no nos vemos aquí, que nos veamos allí, en el cielo”. “Y si yo faltara...”.
 
El 20 de septiembre fueron puestos en libertad todos los que habían ingresado antes del 4 de agosto. En este caso se hallaban nuestros Padres. Alegres, con sus hatillos en la mano, abandonaron la prisión e, inocentemente, emprendieron el camino para la parte baja de la ciudad. ¿Cómo iban a soñar ellos con la celada que les preparaban aquellos miserables, como si se gozaran en que por unos minutos disfrutarían de libertad para que luego fuese mayor la pena al detenerlos por segunda vez? Sin embargo así fue.
 
La guardia que tenían montada en los pasillos de la Plaza Mayor los detuvo de nuevo y los condujo a una nueva prisión: al Cuartelillo de Hacienda Viejo. Con ellos se juntaron otras 60 personas detenidas. Y de estas sesenta, se salvaron muy pocos. Los coches fantasmas empezaron a aparecer y llevarse aquellos corderos para sacrificarlos frente a una tapia. En este Cuartelillo pasaron su Getsemaní, aumentado con el dolor de ver que sus compañeros salían para no volver. Cuántas veces repetirían con el Divino Maestro: “¡Padre, si es posible pase de mí este cáliz, mas no se haga mi voluntad, sino la tuya!”.
 
Y tocó el turno a los nuestros. Eran las primeras horas de la mañana del día 24 de septiembre, juntamente con D. Juan A. Jover Fernández, D. José A. Onduvilla y D. Teódulo Pérez Andrés, los sacaron en un coche recorriendo el camino de la Amargura hasta el cementerio de la capital, convertido en el Gólgota donde generosamente habían de ofrecer el sacrificio de sus vidas.
 
Aquellas descargas de plomo mortífero traían tejida la eterna e inmarcesible corona del martirio. Amaron a Cristo en su vida, le imitaron en la muerte, y por ello merecieron coronas triunfales. Juntos vivieron; abrazados cayeron. Un día lejano sus hermanos de hábito les habían cantado el dulce: “Ecce quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum” (qué bueno el vivir los hermanos unidos) ¡Entonemos ahora el triunfal: “Haec est vera fraternitas, quae numquam potuit violari certamine: qui effuso sanguine secuti sunt Dominum”.
 
Al personarse el Juzgado a identificar los cadáveres, recogió y guardó los objetos de su uso: boinas, pañuelos, etc.  A Fr. Juan le recogieron una medalla de la Virgen de Castellar, patrona de su pueblo, con la cadena empapada en sangre que se distinguía perfectamente cuando yo la vi por primera vez, si bien luego ha ido desapareciendo por el uso al enseñarlo a los demás. En su bolsillo llevaba un papel con estas palabras sólo: “Soy Juan Joya Corralero, de Villarrubia de Santiago (Toledo)” [el mártir junto a un familiar, bajo estas líneas].
 
 
En los bolsillos del P. Luis encontraron un escrito hermosísimo, que se conserva en Belmonte, completamente empapado en sudor, escrito con caracteres alemanes y por lo mismo difícil de descifrarlo y que más adelante lo copiaré conforme a la traducción hecha por el P. Juan del Sagrado Corazón, Maestro de nuestro Colegio de Algorta. También recogieron las cápsulas de las balas encontradas junto a los cadáveres de nuestros hermanos y de los otros tres señores que juntamente con ellos dieron su vida por Dios y por España. 
 
El padre Andrés Sagarna recuperó los cuerpos
 
El padre trinitario Andrés Sagarna  escribió en 1942 un cuaderno de memorias que tituló “La comunidad de Belmonte durante los nueve primeros meses de dominación roja”. Allí podemos leer cómo se recuperaron los cuerpos de los mártires:
 
Cuando a mediados de septiembre de 1939, felizmente terminada la guerra de liberación, me destinaron los superiores a nuestro convento de Belmonte, mi mayor preocupación era la de averiguar ciertamente el lugar en que se hallaban enterrados los Padres, y sacarlos de la fosa común para colocar sus venerables restos en sitio aparte, como era debido a los que murieron gloriosamente por la fe, siendo muy posible que la Iglesia los elevase al honor de los altares.
 
Abierta nuestra iglesia al culto con toda solemnidad la fiesta de la Virgen del Pilar, y aprovechando la llegada del P. Martín, que para ayudarme en los trabajos de la inauguración había venido de Madrid y podía quedar en Belmonte los días que durara mi ausencia, salí para Cuenca a mediados de octubre. Enseguida empecé con las gestiones para averiguar el lugar en que descansaban nuestros hermanos y conseguir la autorización para trasladarlos a Belmonte… Uno a uno los fui identificando, alguna dificultad ofrecía esta operación, transcurridos ya tres años de su muerte; pero toda duda queda solucionada por la autoridad del fichero detallado del cementerio.
 
Intensa era la emoción que me embargaba ante aquellos queridos restos de mi P. Maestro, Superior, Profesor y Hno. Cocinero….  Ante aquellos cadáveres de mis amados hermanos, al reconocer aquellos despojos, me alegraba de su martirio, de la gloria de su muerte, y lloraba su ausencia. Habíamos quedado solos, huérfanos; ellos, los mejores, habían confesado a Cristo, atestiguando la verdad con su sangre. No pudieron dar mejor prueba de su amor al buen Jesús que dando la vida por El. Una profunda pena me embargaba, consolándome la certeza de que teníamos en el cielo a cuatro hermanos mártires que se acordarían de nosotros, y no olvidarían a la Orden que tanto amaron. Si la sangre de mártires es semilla de nuevos cristianos, no cabe duda que la de nuestros religiosos fecundará las vocaciones trinitarias.
 
Contenía duramente las lágrimas, mientras me animaba pensando: he aquí los despojos humanos, la carne rota, acribillada por las balas, pero aquellos despojos y aquella carne los veneraba como reliquias de santos… Y recordaba y me gozaba, aplicando a nuestros caídos lo sentencia que la Iglesia ha recogido en el oficio de los Santos Mártires: “Pero ellos viven en la paz; y aunque ante los hombres han sufrido grandes tormentos, su esperanza está llena de inmortalidad”.
 
Respetuosamente los colocamos en cajas nuevas, sin forrar, y los trasladamos al Panteón citado (en el cementerio de Belmonte).
 
Los cuatro trinitarios martirizados en Cuenca fueron beatificados el 28 de octubre de 2007. Como queda dicho el 19 de octubre de 1939 fueron identificados sus restos y sepultados en un panteón, dentro del mismo cementerio de Cuenca. En la foto, puede verse el traslado de los cuatros trinitarios al cementerio de Belmonte. El 24 de enero de 1953, gracias a las gestiones del Ministro Provincial de España, P. Andrés de Cristo Rey, los restos de los mártires fueron exhumados y trasladados a la iglesia conventual de Belmonte. Tras marcharse la Comunidad de los Trinitarios de Belmonte (Cuenca), en los años 70, los restos de los mártires se trasladaron a la iglesia parroquial de San Juan de Mata, en Alcorcón (Madrid), también regentada por los padres trinitarios.