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Detención y encarcelamiento de los mártires de Belmonte

Tomado de las “Notas del protocolo de la comunidad de Belmonte”, escrito por el P. Andrés Sagarna miembro de la comunidad el año de los hechos.
 
Cuenta actualmente la villa de Belmonte con 4000 habitantes escasos (en 2011, tenía 2.215), en su mayoría dedicados a las faenas del campo. En ella nació Fray Luis de León y es patria de San Juan del Castillo, jesuita, mártir de las reducciones del Paraguay... en siglos pasados tenían convento los PP. de la Compañía de Jesús… Nuestra Orden reside en el pueblo desde 1923, en que la distinguida Sra. Dª María Antonia Martínez del Peral nos lo entregó.


 
Al estallar la revolución la Comunidad se componía de los siguientes religiosos:
 
Padres:
R. P. Melchor del Espíritu Santo, Superior
R. P. Luis de S. Miguel de los Santos, Definidor Provincial y Profesor
R. P. León de la Encarnación
R. P. Gabriel de la Dolorosa, Profesor
R. P. Santiago de Jesús, Maestro de Coristas y Profesor
 
Hermanos Coristas:
Fr. Andrés de Cristo Rey
Fr. Francisco de la Preciosísima Sangre
Fr. Ignacio del Purísimo Corazón de María
Fr. Timoteo del Buen Pastor
Fr. Martín del Smo. Sacramento
Fr. Valentín de S. Cristóforo
Fr. Juan de S. Martín
Fr. José de la Sagrada Familia
Fr. Julio de la Virgen del Carmen
Fr. Justo de la Preciosísima Sangre
 
Hermanos Legos:
Fr. Juan de la Virgen de Castellar, Hermano Cocinero y Portero
Fr. Antonio del Smo. Sacramento, Hermano Sacristán
 
De estos Padres y Hermanos los escogidos para derramar su sangre como testigos de la fe fueron los PP. Melchor, Luis, Santiago y Hno. Fr. Juan.
 
 
“¡En el convento hay frailes!”
 
El 29 algún desalmado comunicaba a los escopeteros: “¡En el convento hay frailes!”. Inmediatamente, antes del mediodía, la chusma compuesta por los Milicianos del Puente de Vallecas y algunos curiosos, se dirige al convento en busca de los religiosos. A las llamadas y voces de aquellos desgraciados acudió Fray Juan a franquearles la entrada y tan mala impresión le produjeron aquellos huéspedes que, preguntado cuántos religiosos se encontraban en aquel Colegio, respondió que tres, y le obligaron bajo amenaza de fusilamiento inmediato a que buscara a los tres.
 
El P. Superior, el P. Definidor y el Hermano Fr. Juan fueron detenidos, cacheados minuciosamente y ultrajado el último. Al P. Superior le despojaron del dinero que tenía, limosna en parte de misas pendientes de celebración. Por fin los trasladaron al Ayuntamiento, escoltados como vulgares criminales y dirigiéndoles toda clase de palabras afrentosas. Sigue el interrogatorio, falaz, de cuento, no para averiguar la verdad, sino para buscar un motivo para condenarlos. Lo mismo que al buen Jesús: “quaerebant illum perdere” (intentaban acabar con él).
 
Y se dirigen al Superior y le preguntaban por los demás religiosos. Y él calla. Y al P. Definidor:
 
“-Tú has estado en Somosierra disparando contra los hijos del pueblo”.
 
“-Yo no he salido de Belmonte estos días”, contesta humildemente.
 
Et non inveniebant quid facerent illis” (pero no atinaban con lo que habían de hacer, por qué motivo podían condenarle). ¿Por qué les iban a condenar? No faltan energúmenos que piden se les arrastre por las calles sujetándolos a los camiones. No lo hicieron, no se atrevieron, acaso porque “timuerunt turbas”: temían al pueblo que permanecía fiel a los religiosos. Belmonte, aunque presa de terror no hubiera consentido semejante ferocidad. Fueron llevados a la cárcel.
 
Dos milicianos sorprendieron en la calle, minutos antes de las 12 de la noche del día 30, al P. Santiago. Le conocieron, le dieron la voz de alto, y acercándose, le conminaron a responder:
 
“-Tú eres fraile
 
Y como no contestaba afirmativamente, uno de ellos agregó: “-Sí, tú eres el P. Santiago”, agregó uno de ellos”. Y contento con la faena le condujeron al Ayuntamiento, apuntándole con las carabinas. En el trayecto y ante el temor de que por una imprudencia se les dispararan las armas, en cuyo manejo tan inexpertos eran, y causaran la muerte también a su fiel acompañante que no le abandonó hasta que en el Ayuntamiento le obligara el Alcalde, rogó a los guardias que depusieran las armas, mas sin conseguirlo. En la Casa de la Villa fue sometido al interrogatorio de rigor y al consabido cacheo.
 
De la Casa de la Villa el fraile fue conducido a la Cárcel. Allí se juntó con los otros tres religiosos. Sabían que tarde o temprano serían víctimas de los fusiles marxistas. Escribió a su anciano padre una carta conmovedora, despidiéndose de ellos hasta el cielo.
 
Que se cumpla en mí y en vosotros siempre la voluntad de Dios, les dice. Si oís algo desagradable, resignaos, que yo muero por la Religión y por Dios. Yo seguramente moriré, pero sin delito alguno. Adiós, padre y hermanos míos, hasta el cielo. Tened fe y paciencia.
 
De cárcel en cárcel, de Belmonte a Cuenca
 
Las horas de aquella noche, triste, larga, inolvidable para todos nosotros, las pasaron en oración, hicieron la confesión general y cuando los primeros rayos de sol del 31 de julio iluminaron las celdas de aquella cárcel, los cuatro religiosos trinitarios permanecían postrados en tierra, haciendo al Señor la ofrenda de su vida. “No hay mayor prueba de amor que la de dar la vida por el Amado”.
 
En la mañana del mismo día 31 fueron traslados a Cuenca en un camión, escoltados por unos milicianos. Salieron “convencidos de no volver más a Belmonte”, y despidieron “a todo el pueblo en la persona de Luis” el carcelero. “-Toma los últimos caramelos que te voy a dar” le dijo el P. Santiago a la hija del carcelero.
 
El viaje debió ser por demás amargo. En los primeros meses del Movimiento varias parejas de escopeteros hacían la guardia a la entrada y salida de cada pueblo. Algunos de éstos al interrogar a sus camaradas a quiénes conducían y saber que se trataba de frailes, querían asesinarlos allí mismo, por lo que dice el P. Santiago en su primera carta desde Cuenca: “Pasamos unos ratos muy malos durante el incómodo viaje”.
 
Esto mismo les sucedió al entrar en la Capital: “A la entrada de Cuenca, escribe, creíamos ya llegado el fin de nuestra existencia…
 
Solamente el chófer y su colega se portaron como buenos belmonteños. Y ya en el Gobierno Civil, las milicias y guardias de asalto, en vez de compadecerse de ellos, les amargan aquellos momentos, insultándoles y anunciándoles su próximo fusilamiento. Lo mismo que Cristo N. S. entre la soldadesca: “Oímos palabras desconsoladoras”, dice. “Nos tuvieron encerrados en medio de la guardia de Asalto como unos sentenciados”.
 
De aquí los trasladaron a la cárcel de la ciudad. En ella, según el testimonio de don Ángel Catalán, fueron “modelo de virtud desde el primer momento de conocerlos”, siendo además para todos los presos el único consuelo, dándonos consejos para tener resignación y conformidad con la voluntad de Dios.
 
Convencidos de que no se mueve la hoja del árbol sin la voluntad del Señor y conformes y contentos con ella se entretenían incluso en el deporte de la pelota vasca. “Algunas tardes, refiere el mismo don Ángel, nos distraíamos jugando a la pelota, porque el P. Santiago tenía afición y jugaba muy bien”.