En su interesante libro, Du Dieu des chretiens et d´un ou deux autres, Remi Brague dedica unas suculentas páginas a la cuestión de las tres religiones, Judaísmo, Cristianismo e Islam, que a menudo son presentadas casi como hermanas bajo las etiquetas de "las tres religiones del libro", "los tres monoteísmos" o "las tres religiones de Abraham". Sin dudar de la buena voluntad de los que quieren evitar tensiones entre los seguidores de estas tres religiones, lo cierto es que, afirma Brague, un análisis atento nos muestra la falsedad de esas tres expresiones: "son falsas porque cada una de ellas esconde un error muy grave sobre la naturaleza de las tres religiones. Son además peligrosas porque promueven una pereza intelectual que dispensa de examinar de cerca la realidad".

 

Hablando del monoteísmo, Brague explica que el término no es religioso, sino específicamente perteneciente al ámbito de la filosofía. De hecho, existen religiones no monoteístas, y a la inversa, monoteísmos no religiosos, como el deísmo. Además, no hay tres monoteísmos, sino bastantes más: desde la religión del faraón Akenaton, hasta los mormones, los sikhs o los bahais. Por si eso fuera poco, Brague señala que incluso el monoteísmo de las tres religiones es discutible: los musulmanes acusan a los cristianos de politeístas por su doctrina de la Santísima Trinidad (no entienden que no afecta a la unicidad de Dios, sino a su modo de ser uno), crítica que el judío Maimónides hacía también suya, mientras que san Juan Damasceno califica a los musulmanes de idólatras por adorar la piedra negra de la Kaaba.

 

Si pasamos al calificativo de las "tres religiones de Abraham", ese supuesto ancestro común, Remi Brague demuestra que aunque el nombre pueda ser el mismo, la persona de la que hablan las tres religiones es diferente. Lo que explican los libros sagrados de esas tres religiones acerca de Abraham no es lo mismo. Mientras el cristianismo, en buena lógica, recoge el Abraham judío, el Abraham del Islam es otro personaje, lo que justifica afirmar que el Islam no es una religión abrahámica y que, en el mejor de los casos, el Abraham que tendrían en común las tres religiones no pasaría de ser una vaga abstracción. Por cierto, el Abraham musulmán recibe el encargo de Dios de construir un templo, que luego sería conocido bajo el nombre de la Kaaba, en La Meca.

 

Por último, en cuanto al epíteto de "religión del libro", Brague recuerda que esa expresión, neutra para judaísmo y cristianismo, sí tiene un significado muy definido en el Islam, el que se les aplica a los dhimmis, los seguidores de religiones toleradas por el Islam bajo un régimen de sometimiento y discriminación. Además, toda religión existente en un pueblo con escritura se plasma en un libro, algo que no sería pues exclusivo de las tres religiones citadas.

 

Luego está la cuestión de que no se trata de un solo libro, sino de tres, y además de naturaleza distinta. El Antiguo Testamento, escrito a lo largo de siglos, es más que un libro una biblioteca que abarca diferentes géneros y narra la historia de un pueblo, el Nuevo Testamento, escrito en varias décadas, narra esencialmente la vida de Jesucristo, finalmente el Corán, escrito en unos años, es un libro redactado expresamente para producir un modo de vida, una civilización concreta, por lo que detalla toda una serie de reglas para organizar la vida cotidiana. Escribe Brague que en el libro del judaísmo lo que se revela es la historia del pueblo de Israel, en el del cristianismo la persona de Cristo y en el del Islam el objeto revelado es el mismo libro. Tanto en el judaísmo como en el cristianismo el libro santo es un libro inspirado, en el Islam, por el contrario, al ser transcripción directa de las pretendidas palabras de Dios, la lectura debe de ser literal. En definitiva, que si las tres religiones poseen libros sagrados, algo que no es exclusivo de ellas, tanto el contenido de los libros como el carácter de su revelación son diferentes.

 

Bien esta evitar provocaciones vanas y fomentar el respeto entre los fieles de todas las religiones, pero no parece que la invención de consignas o etiquetas a todas luces falsas sea el mejor medio para conseguirlo.