El padre Pedro Aliaga Asensio es Consejero General de la Orden de los Trinitarios y Superior del Convento de San Carlino alle Quattro Fontane de Roma. Con motivo de la beatificación del año 2007 escribió un libro titulado “Entre palmas y olivos. Mártires trinitarios de Jaén y Cuenca” (Córdoba-Madrid, 2007). El trabajo presenta a los primeros mártires trinitarios del siglo XX que llegan a los altares. Entre 1936 y 1937, murieron de forma cruenta, víctimas de la persecución religiosa de España, hasta 20 religiosos y 3 monjas de clausura de esta Familia religiosa.
De esta obra tomamos la historia de la beata Francisca de la Encarnación (Espejo Martos) que será la primera monja trinitaria en subir a los altares, en los ocho siglos de historia de esta familia religiosa.
 
En Martos
La ciudad de Martos (Jaén), -Andalucía en esencia-, es una mezcla de historias heroicas de tiempos de Reconquista, de campos interminables de olivares (es el municipio con más olivos del mundo), dominado todo por la legendaria y abrupta Peña de Martos, sede de su castillo. Martos fue la Colonia Augusta Gemella Tuccitana de los romanos, en la que floreció muy pronto una importante comunidad cristiana, de la que procede el famoso sarcófago paleocristiano del siglo IV, encontrado durante unas excavaciones a finales del siglo XIX. Sede episcopal, sabemos que ya hacia el año 300, en el Concilio de Elvira, estuvo presente el obispo Camerino y el presbítero Leo, de Tucci.



Durante los siglos VI y VII, la presencia de los obispos tuccitanos es una constante en los concilios nacionales hispánicos de Toledo. Durante la dominación musulmana y en la segunda mitad del siglo IX, el abad Sansón redactó en Martos su Apologético, y un presbítero tuccitano, san Amador (patrono de la Ciudad), recibió el martirio en Córdoba, el 30 de abril de 855, según atestigua san Eulogio. Fernando III conquistó Martos en 1219, donándola a la Orden de Calatrava. Así, Martos se convirtió en uno de los bastiones cristianos más importantes en la frontera con el reino de Granada. Sus iglesias, ermitas y conventos dan idea de su piedad, manifestada especialmente en la devoción a los patronos de la Ciudad (la Virgen de la Villa «la Labradora», santa Marta y san Amador), y sus almazaras expanden por sus infinitas cuestas el olor más típico de Martos, el del aceite. Aquí nació uno de los grandes escritores del Siglo de Oro español, Francisco Delicado, autor de «La Lozana Andaluza», y Antonio Álvarez Alonso, autor del pasodoble más emocionante del repertorio hispano: «Suspiros de España».
En Martos existe un antiguo convento de trinitarias de clausura, fundado en 1595, situado en la calle Real de San Fernando, junto a la Plaza Alta. La fundadora fue doña Aldonza de Rivas, que donó su casa para erigirlo, viniendo de Andújar las primeras monjas para habitarlo. En este monasterio vivió su vida religiosa una sencilla mujer, que por misterios de la Providencia, será la primera monja trinitaria en subir a los altares, en los ocho siglos de historia de esta familia religiosa: la beata Francisca de la Encarnación.
 
Sor Francisca de la Encarnación
María Francisca Espejo Martos nació el 2 de febrero de 1873 en la ciudad de Martos (Jaén). Muy pronto queda huérfana de madre; su hermano, Ramón, fue enviado a Valencia para trabajar como mandadero de las Religiosas de los Desamparados de San José de la Montaña, y María Francisca fue admitida como educanda en el convento de las trinitarias, donde tenía una tía, hermana de su madre, llamada sor María del Rosario Martos Cuesta. Con el pasar de los años de la adolescencia, Francisca va descubriendo la vocación trinitaria, y manifiesta a su tía y a la comunidad que es su deseo ser monja.

El 2 de julio de 1893 vistió el hábito, y el 5 de julio de 1894 emitió los votos solemnes. Tomó el nombre de sor Francisca de la Encarnación, en agradecimiento a su madrina, la Marquesa de Blanco Hermoso, que dio la dote para que pudiera ser monja de coro.
Pocos años después, en 1901, las monjas trinitarias de Martos viven su peculiar reforma, ordenada por el obispo don Victoriano Guisasola. Abandonaron el modo de vida seguido hasta entonces, en que cada monja hacía vida particular, para integrarse todas en un ritmo comunitario.
La comunidad estaba compuesta, a la sazón, por treinta y tres monjas. Sor Encarnación era una religiosa tranquila y dedicada completamente al cumplimiento de sus deberes religiosos, a los trabajos comunitarios. Su vida fue la de una mujer oculta la mayor parte de sus años entre los muros del convento trinitario, dedicada a la oración, al trabajo, a la penitencia. Sus oficios fueron los de enfermera, sacristana, portera y tornera, ejercidos con su característica sencillez, espíritu de servicio y obediencia. Siempre que tenía un rato libre, era para irse a la iglesia, dedicándose a la oración ante el sagrario. Fue muy devota de la Virgen, a la que rezaba diariamente varios rosarios, y del patriarca san José. A menudo interrumpía sus trabajos con jaculatorias que eran escuchadas por las monjas, tales como: “Padre mío, protégeme”, “Jesús mío, te amo”, “Madre mía, confío en ti”.
Padeció mucho con el reúma, sufriendo en una ocasión un ataque que la dejó paralizada durante varios meses, prueba que sobrellevó con paciencia admirable. Una monja, que le ayudó a vestirse cada mañana durante siete años, declaró que muchas veces le oyó decir: “te ofrezco, Señor, estos dolores por la Iglesia, por los pecadores, por los sacerdotes y por las almas del purgatorio”.
Pero, donde brilló especialmente su paciencia fue en los cuidados a su tía, sor Rosario, persona muy buena, pero de carácter agobiante. Tengamos en cuenta que, desde que entró en el convento como educanda, hasta que las monjas fueron expulsadas de él, en 1936, sor Francisca vivió constantemente en un rincón de la celda de su tía, atendiéndola en todas sus necesidades. Siendo una persona exigente y excesivamente cargante, era el refrán de las monjas, refiriéndose a sor Encarnación, que “la chacha la va a santificar antes que la Iglesia” (para los foráneos, decir que «chacha», en Jaén, es el nombre con el que se llama a la tía). Pues bien: era motivo de pasmo para las religiosas ver que jamás se le oyó una palabra de impaciencia.
Sor Encarnación muy tímida y asustadiza, fue de carácter retraído, introvertido. Tanto, que recuerdan las monjas mayores cómo se asustaba del ruido de los cohetes de la fiesta de la Santísima Trinidad, yendo a refugiarse en el coro de la iglesia. Sin embargo, lo que primaba en ella era la bondad. “Era muy buena, muy buena; todo lo que se diga es poco”, concluía sor Natividad, que bien la conoció.
Destacó por su silencio, virtud especial en una persona dedicada en cuerpo y alma a la vida contemplativa, muy característica de la Regla trinitaria de san Juan de Mata. En su oficio de tornera fue especialmente delicada y caritativa para con los pobres que venían a pedir al torno de las monjas. La comunidad tenía costumbre de dar cada día a la demandadera del convento, que era muy pobre, y con once personas en su familia, medio kilo de pan y el caldo para que comieran. En el tiempo que sor Francisca fue tornera siempre se las apañó para aumentar la ración.
 
Consumieron todas las Formas
Iniciada la Guerra Civil, ya en la noche del 18 al 19 de julio las iglesias de Nuestra Señora de la Villa y de San Amador fueron pasto de las llamas. Si todas las monjas tenían el temor que se puede imaginar ante las llamas de las cercanas iglesias, Sor Francisca, dado su modo de ser, pasó aquella noche muerta de miedo. A la mañana siguiente, atendiendo el torno, van llegando noticias que son un continuo sobresalto; entre ellas, la detención de su hermano, que había prosperado en los negocios. La priora decidió, prudentemente, relevarla del oficio de tornera, designando a otra monja.
La noche del 19 al 20 de julio, muchas de las monjas se pasaron por la huerta a la casa de una vecina; parece ser que, entre ellas, iba sor Encarnación. A las cuatro de la mañana volvieron al convento. La noche siguiente repitieron la operación. El 21 de julio, a las diez de la mañana, se presentaron en el convento los milicianos, con orden de desalojarlo y apoderarse de sus instalaciones. Mientras que los hombres se mantuvieron respetuosos, las mujeres recorrieron las dependencias entre gritos y risas. Una de ellas se encara con las religiosas y les grita: “-¿Dónde escondéis las armas?”. Una de las monjas, sor Natividad, le muestra valiente un crucifijo, y le responde: “-Ésta es mi arma”. Las demás monjas hicieron lo mismo. Las milicianas se avergonzaron, y a renglón seguido dijeron a las religiosas que abandonaran el convento. La priora, sor Inés de san Leandro, pidió un poco de tiempo para que las monjas pudieran quitarse los hábitos y vestirse de seglares, y consumir las formas que había en el Sagrario, a lo que accedieron los ocupantes. En una sala, rodeadas de milicianos, las monjas se arrodillaron en el suelo, y la priora les iba dando las formas para que consumieran el Santísimo Sacramento. Las formas eran muchas, las monjas lloraban... y un miliciano, quizás conmovido, les dio un botijo de agua para que pudieran concluir. Así, fueron saliendo del convento, mientras se decían frases como “lo que Dios quiera”, “cúmplase su santísima voluntad”.
Al salir del convento, pudieron ver a Paquito, el hijo de la demandadera y sacristán, pegado a la pared de enfrente del convento con los brazos en cruz, como si lo hubieran crucificado; lo tuvieron así, durante horas, expuesto al sol canicular, mientras lo golpeaban. Sor Francisca, con su tía, sor Rosario, y una tercera religiosa, sor Dolores, se fueron a refugiar a casa de Ramón, hermano de sor Francisca. Les dieron como aposento una habitación grande en la planta alta de la casa. Sor Dolores se marchó pronto a Jaén, para refugiarse en casa de su madre. Quedaron tía y sobrina. Vestían de negro, con un pañuelo oscuro en la cabeza, sin salir de casa para nada. En su habitación seguían la vida regular propia del convento, con los mismos horarios de oraciones y labores. Así las vieron otras monjas, que pasaron en alguna ocasión a hacerles visita y ver cómo les iba. Además, se ocupaba de las faenas domésticas, dando una ayuda importante a la familia. A todo esto, decir que su hermano, Ramón, fue finalmente puesto en libertad, volviendo al lado de su familia.
 
12 de enero de 1937
Un frío 12 de enero de 1937, se presentaron en el domicilio familiar unos milicianos, diciendo que querían llevarse a las monjas. Sin permitirles llevar nada consigo, sacaron a sor Francisca y a su anciana tía, sor Rosario, de su casa. Iban cogidas del brazo, y sólo pudieron mirar con cariño y agradecimiento a Ramón y a la familia, que las miraban con infinita pena e impotencia desde la puerta. Iban vestidas de negro, con sus pañuelos en la cabeza. Eran dos mujeres ancianas, indefensas. Sor Francisca, con casi 64 años, sor Rosario, con más de 80. El día anterior, 11 de enero, la aviación franquista había bombardeado la zona; como represalia, los milicianos decidieron vengarse, fusilando a cincuenta personas, señaladas por sus ideas políticas de derechas o por su carácter religioso. Especialmente, señalaron a las superioras de las tres comunidades religiosas femeninas de Martos; nadie sabe por qué, pero creyeron que sor Francisca era la priora. Evidentemente, se equivocaron de persona.
Cuando llegaron a la plaza, una joven, hermana de otra monja trinitaria, se encaró con los milicianos, diciéndoles: “-¿Qué hacéis? ¿Creéis que matando a este elemento [se refería a sor Rosario] vais a ganar la guerra?”. Los milicianos se quedaron mirando a la anciana monja, congestionada, con las piernas hinchadas, y finalmente le dijeron que se volviera a casa de su sobrino. Ambas se abrazaron, llorando. Después de una vida juntas, tía y sobrina se separaban, para siempre.
Madre Francisca de la Encarnación fue encerrada en los calabozos del Ayuntamiento, linderos con su convento. Allí coincidió con la superiora del colegio de la Divina Pastora, y con sor María de los Ángeles, religiosa trinitaria, que sobrevivió a los hechos. Ella nos cuenta: Su conducta en la cárcel, de pocas horas, en compañía de una servidora, la señora con quien yo estaba y la Superiora del Colegio de la Divina Pastora, fue edificante; pues al saber que éramos detenidas para la “saca” de aquella noche, a pesar del miedo que proporciona la muerte, nos animábamos unas a otras, pensando que pronto seríamos llevadas al cielo. Nuestras conversaciones eran recordar a los mártires de las catacumbas. Rezábamos el santo rosario para que la Santísima Virgen nos sostuviera en la próxima lucha, y al terminar de rezar me dijo: “-Te van a ver el rosario”, y yo intrépida dije: “-Me lo lío en las ligas, y no creo lo encuentren ahí”.
Aquella noche del 12 al 13 de enero de 1937, sacaron en camiones a los cincuenta presos. Todos varones, menos tres religiosas: sor Francisca, sor Victoria (superiora de las religiosas de la Divina Pastora) y madre Isabel, abadesa de las clarisas. Los llevaron a la aldea de Casillas de Martos, y en su cementerio fueron fusilando a los presos. De las tres monjas, a dos las llevaron a las verjas del cementerio, tratando de abusar de ellas; éstas se resistieron, abrazándose a las verjas, y allí mismo fueron fusiladas. A Sor Francisca, se la llevó un miliciano a una hondonada cercana, para abusar de ella, sin lograrlo, porque ésta se resistió con todas las fuerzas, provocando la ira del agresor, quien la mató a fuerza de golpes en la cabeza, con la culata del fusil, como luego se pudo comprobar al exhumar el cadáver. Una vez muerta, la llevó arrastrando hasta echarla a una de las tres fosas que habían cavado en el cementerio, en que yacían ya los hombres recién fusilados. La cruda narración de los hechos proviene de un testigo directo.
A primeros de julio de 1939 se exhumaron los cuerpos de los fusilados la noche del 12 al 13 de enero de 1937. Al cementerio de Casillas de Martos fue sor Carmen, religiosa trinitaria, quien presenció en compañía de más personas la exhumación, con la esperanza de encontrar a sor Francisca. Mucho impresionó a los presentes encontrar el cuerpo de un niño de unos 14 años, fusilado junto con los demás condenados de aquella fatídica noche, que apareció de rodillas y con las manos cruzadas, en actitud de rezar. El último cadáver en ser recuperado fue el de sor Francisca, perfectamente identificable. Fue trasladado a su convento, al que habían vuelto las monjas. Durante tres días estuvo expuesto a la veneración de los fieles en la iglesia, siendo constante el concurso de gente, que pasaba para venerarlo y pasar por él objetos piadosos. Se le hicieron solemnísimos y concurridos funerales, y fue sepultado en la misma iglesia, en el crucero. El 13 de enero de 1986 fueron reconocidos sus restos. La sorpresa de todos fue grande: sor Francisca estaba incorrupta. Así se ha vuelto a ver, el 19 de julio de 2006, en que se ha procedido de nuevo a reconocer los restos, de vista de la beatificación.
No encuentro mejor comentario para concluir la historia del martirio de sor Francisca, que estas palabras de alguien que la conoció personalmente: “Escuché a mi padre, cuando se enteró que la habían matado, quejas de que hubiesen matado a una inocente, puesto que desde muy pequeña había estado encerrada en un monasterio sin conocer, fuera de su familia, prácticamente a nadie del pueblo; que la mataron simplemente por ser religiosa”.
Su fama de santidad y martirio es grande en Martos y entre la Familia Trinitaria, y son muchas las personas que se encomiendan a ella en sus necesidades.