Trabajar en el mundo del deporte significa pasar fines de semana fuera de casa. Viajar con equipos o participar en la organización de eventos que se realizan extranjero teniendo, como una actividad extra a la que ya genera el propio trabajo, el buscar dónde ir a Misa. Como soy una persona poco previsora –más bien nada-, encontrar una iglesia en domingo muchas veces se ha traducido en toda una aventura.

Recuerdo, en concreto, cuando trabajaba con los Barcelona Dragons, hace diez años, un desplazamiento a Glasgow para jugar contra los Claymores, el equipo local, en el mismísimo Hampden Park. Había una actividad frenética en la ciudad y nos tocó hospedarnos un poco lejos, rodeados de un paraje en el que podía aparecer en cualquier momento el mismísimo William Wallace. El sábado por la noche no pudimos  salir del hotel, pues se perdieron unas maletas con el casco y la coraza de algunos jugadores y hubo que hacer guardias en la recepción hasta que por fin llegaron a altas horas de la madrugada.

Jugábamos a media tarde, así que, después del desayuno, fui a preguntar al conserje a ver cuál era la iglesia católica más cercana donde se podía ir a Misa. Me indicó que estaba muy lejos y que debía ir en un autobús, cuya parada estaba a unas cuantas manzanas. Cogí lo primero que encontré en mi habitación, un polo, una sudadera y un pantalón de chándal, y corrí hacia la parada. Era el 1 de mayo, pero en las Tierras Altas las estaciones no se respetan como en España y, cuando salí del hotel, comenzó a llover a cántaros.

Por supuesto, me equivoqué de autobús y, cuando me di cuenta, el chófer me dejó bajar. Tuve que volver a la parada, ya empapado, y esperar a que pasara el autobús correcto. El nuevo chófer, también muy amable, me avisó en el momento en que llegamos al pueblo donde se celebraba la Misa. Iba ya bastante tarde y seguro de que no la alcanzaría.

Entonces se produjo una noticia buena y una mala. La buena es que llegué prácticamente al principio de la Misa. La mala es que lo hice porque la ceremonia iba muy despacio ya que se trataba de la Confirmación de varios chicos, presidida por el obispo de la diócesis. Allí estaba yo, en chándal, hecho una sopa y rodeado de familias elegantemente vestidas que participaban gustosas de la Confirmación.

Ya puestos en materia y cómo tampoco me miraban tan mal y hasta me dieron la Paz, me acerqué al finalizar la Misa a saludar al obispo. Obviamente, se dio cuenta de que no era del lugar y me preguntó de dónde venía. Cuando le dije que de España, me comentó que había estado hacia unos meses en Sevilla y que le encantaba nuestro país.

No tuve percances a la vuelta. De hecho, hasta salió el sol. De cualquier forma, tuve que llamar a nuestro Director de Operaciones, Juan Jiménez, para decirle que no iría con el equipo en el autobús oficial y que ya me las ingeniaría para llegar a Hamden Park…

Hace dos semanas tuve la dicha de poder trabajar en el partido de temporada regular que la liga de fútbol americano de los Estados Unidos, la NFL, organizó en Inglaterra, en el mismísimo estadio de Wembley, entre los New England Patriots y los St. Louis Rams. A diferencia de mis peripecias en Escocia, esta vez tuve la enorme suerte de quedar en Londres con una persona previsora, mi buen amigo Jordi Aguiló, quien había estudiado antes de salir de Girona los horario de misas de la Catedral de Westminster en la que, por cierto, nunca había estado.

Antes de tomar el metro rumbo a Wembley, nos reunimos delante de la Catedral para asistir a la Misa de 12, una ceremonia impactante, cantada, en la que tuvo una participación especial la comunidad católica nigeriana de Londres. Todos sus miembros iban ataviados con sus mejores galas. Los hombres, con esos trajes que son todos de un color vistoso; las mujeres llevaban aquellos gorros que parecen de papel. También estaba la comunidad filipina. Predicó la homilía un misionero dominico que nos habló del papel que realizaban en Centroamérica. La organización de la ceremonia fue perfecta, acolitada sin ningún fallo. La Catedral, donde hay misa diaria prácticamente cada hora y media, estaba llena y la devoción de la gente fue impresionante.

El poder ir a Misa fuera de nuestro país es una gran experiencia. Las formas a veces cambian; el fondo, nunca. Primero, yo destacaría la participación y un entusiasmo con el que se vive la Eucaristía que en mí genera sana envidia. Después, un mensaje clarísimo: la Iglesia Católica, la nuestra, está viva. ¡Vaya si lo está! Puede no ser exactamente lo que nos hubiéramos imaginado hace unos años, pero rezuma vitalidad por todos sus poros, unos poros de diferentes colores y culturas, unos poros que son más universales que nunca.