En ocasiones, ante la avalancha de noticias, uno no sabe bien por donde empezar, pensaba escribir acerca de la verdadera naturaleza de los nacionalismos vasco y catalán (aunque también caben citar los gallego, valenciano, andaluz, cantabro, astur e incluso castellano) cuando leo la noticia del asalto a un colegio religioso en Mérida al grito de “donde están los curas que los vamos a quemar”. Como ambos asuntos, y tantos otros que estas pasadas semanas han estado en el candelero, están íntimamente relacionados juntos los voy a tratar.
 
El obispo auxiliar de Barcelona, Sebastiá Taltavull, sustentaba el apoyo de la iglesia catalana a la pretensión secesionista (en este caso digo iglesia catalana y no iglesia que peregrina en Cataluña con total conciencia) en la Doctrina Social de la Iglesia que “reconoce el derecho de los pueblos a la independencia”, me pregunto si la independencia de la que hablásemos fuese de la del valle de Arán contra Cataluña seguiría diciendo lo mismo, apuesto a que no, pero en fin no es por esta vertiente por la que quiero discurrir en esta ocasión.
 
La afirmación del obispo auxiliar es cierta como afirmación, teórica al considerar legitimas las aspiraciones de movimientos secesionistas en abstracto, pero es que en este caso concreto, en el de los nacionalismos hispano-suicidas, su naturaleza, razones e intenciones los hacen profundamente anti-cristianos por más que estén sustentados, en algunos casos, por partidos que en origen se autodenominasen cristianos, eso sí con alguno de esos apellidos que terminan por adulterar el cristianismo haciendo de él una copia mala al modo del anticristo.
 
El nacionalismo, sin entrar en nominalismos, considerado como amor a la patria, la región y las tradiciones no tiene en si nada de malo, siendo incluso una virtud que se deriva del cuarto mandamiento de la ley de Dios. Pero este nacionalismo no es un absoluto, no puede ser excluyente (amo a mi patria y odio a la de la lado), ir contra la religión, la libertad individual y convertirse en un fin en si mismo capaz de justificar cualquier cosa, porque de ser así es idolátrico como proféticamente lo denunció el beato Juan Pablo II. Y la prueba de la idolatría de los nacionalismos vasco y catalán, la demostración empírica, es contemplar el estado de sus iglesias ¿Cómo están sus seminarios? ¿Cómo es la vida sacramental en aquellas diócesis? ¿Qué fidelidad se guarda al magisterio del Papa y a la sagrada liturgia?.
 
De forma abierta España está en guerra civil, al menos, desde 1808 en una confrontación permanente, cruenta o no según la ocasión, entre los partidarios del cristianismo y de aquellos que quieren borrarlo de la tierra, aunque las raíces puedan buscarse tan atrás como se quiera ya que llegan hasta el árbol del conocimiento del bien y del mal y aun hasta el “non servian” de Satanás.
 
Los nacionalismos de los que hablo, desde el Alberdi Eguna en Foronda, hasta la Diada a los pies de la estatua de Casanova, pasando por la celebración comunera en Villalar, tienen como común denominador el odio a España y a lo que esta ha sido, esto es, una de las naciones que, con luces y sombras, aciertos y errores, mas han contribuido a hacer presente sobre la faz de la Tierra el Reino de Cristo (Regnum Christi quod est Ecclesia). Francia, hija primogénita de la Iglesia lleva tiempo de rodillas y aunque España le sigue a la zaga conviene barrer en ella los últimos vestigios de resistencia y cristiandad.
 
Que nadie se llame a engaño, los nacionalismos ibéricos poco, o nada, tienen que ver con independencias perdidas, invasiones o pueblos sojuzgados, de hecho lo primero que han tenido que hacer es falsificar la historia y hasta inventar lenguas. Aunque muchos militan o simpatizan con ellos por estas (falsas) razones la verdad es que el objetivo último es acabar con la España Católica, prefieren una Cataluña islámica pero independiente antes que una Cataluña Católica pero española, unas Vascongadas Marxistas pero independientes antes que unas Vascongadas católicas pero españolas.
 
Por todo esto se explica el asalto de unos energúmenos (seguramente no tienen ellos la culpa, al menos no del todo) a un colegio por el hecho de ser Colegio Católico así como también se explica (noticia que recoge “el Mundo”) que tan solo treinta años después del “invento autonómico disgregador” que padecemos la mitad de los jóvenes españoles no sepan quién es Jesucristo, un cambio tan acusado no se produce por casualidad.
 
El Señor nos pide amar a los enemigos, no nos pide el no tenerlos porque esto no se puede elegir, y este ha de ser nuestro empeño: allí donde reina el odio poner amor, donde impera la disgregación trabajar por la unidad fraterna. No olvidemos los llamados del cielo a través de tantos santos, al Señor le duele más nuestra tibieza y el olvido que de Él hacemos que las barbaridades que pueda llegar a cometer el enemigo.
 
Junto con la firme defensa de nuestros derechos como ciudadanos libres, y la defensa de la unidad de España no debemos olvidarnos que lo más importante es nuestro cambio de vida: llevar una vida sacramental intensa, orar, visitar al Señor en el Sagrario, amar a nuestros enemigos y hacer penitencia.
 
¿Hasta cuándo haremos oídos sordos de los llamados del Cielo?, el enemigo está dispuesto a repetir la reciente historia de España por odio al triunfo de la civilización cristiana, no ayudemos nosotros a repetir la historia por olvido.
 
Germán Menéndez Fernández

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