La verdad es que el llamado caso Olvido da para muchas reflexiones más allá de . Reflexiones que, una vez más y debidamente expuestas, me gustaría seguir compartiendo con Vds., por lo que ahí van de nuevo.
 
            Primero. De entrada, me parece importante insistir en que lo acontecido a Olvido Hormigos no se corresponde con un acto voluntario, buscado y procurado por su protagonista -en cuyo caso el tema sería totalmente diferente-, y en que desde este punto de vista, la concejala no es otra cosa que una víctima: una víctima, primero de las circunstancias, de la mala suerte si quieren Vds., pero segundo y sobre todo, de un agresor, de un agresor muy concreto, de carne y hueso y con nombre y apellidos. Confundir a víctimas y a agresores, y llamar a cada uno lo contrario de lo que es, es algo que en España hemos hecho con mucha más frecuencia de la deseable, y que nos ha llevado a algunos de los comportamientos más reprobables y vergonzosos de los cometidos por los españoles en los últimos cuarenta años.
 
            Segundo. Permitir que un hecho tan infame como el robo y publicación espúrea y morbosa de un video personal no llamado a salir de la esfera de lo personal tenga consecuencias, está en la línea de admitir que todo el sistema de habeas corpus en que consiste un estado de derecho no tiene validez alguna, con consecuencias tales como que, por ejemplo, la policía tiene las manos absolutamente libres para conseguir las pruebas que necesite como sea, lo que nos llevaría a situaciones jurídicas ya superadas y en cualquier caso indeseables.
 
            Tercero. Por lo que hace al aspecto estrictamente moral de la cuestión, y en todo aquello que sea intrascendente a sus repercusiones públicas, francamente, no me considero quién para entrar, pues no soy el director espiritual ni de la concejala ni de nadie, y bastante tengo con pelearme cada día con mi atribulada conciencia. Sólo una pequeña reflexión: a lo mejor los aspectos del tema que desde un punto de vista moral son verdaderamente más cuestionables, no sean los estrictamente relacionados con el video en sí, sino con algunas circunstancias que lo han rodeado y que poco a poco van saliendo a la luz.
   
 

           Cuarto. Lo que realmente hace espectacular el caso Olvido no es tanto el fondo de la cuestión, sino el hecho de que la misma se haya visto plasmada en un video tan explícito, tan bestial, si me permiten Vds. la palabra, lo que demuestra una vez más, el viejo adagio según el cual “más vale una imagen que mil palabras”. ¿Habría superado Clinton el affair Lewinsky de haber mediado un video como el de Olvido? Y sin salir del caso Olvido, ¿nos habríamos escandalizado de todos los aspectos cuya moralidad nos planteamos ahora de no haber mediado el video y de no haber tenido ocasión de visionarlo de manera tan brutal? O dicho de otro modo: ¿acaso no estaban ya ahí todos los aspectos morales que ahora nos planteamos antes de publicarse (con malas artes) el video? O dicho aún de otra manera: ¿es Olvido el único político en circunstancias como las que ahora comentamos todos, aunque en el caso de esos políticos no medie video?

            Quinto. Revela, eso sí, el caso Olvido una impericia, una imprudencia rayana en lo temerario, los cuales casan mal con la política, que no es otra cosa que la gestión prudente por los que apoderamos con nuestro voto de los bienes que son de todos. Y sin duda, e independientemente de lo que ocurra en el corto plazo, -a saber, que dimita o no dimita-, no parece que lo acontecido a la concejala vaya a representar para su carrera política un impulso, y más bien apunta en la dirección contraria. Lo que también me lleva a preguntarme si el caso Olvido no terminará resolviéndose con una portadita bien pagada o de manera parecida, igual que han terminado tantos otros casos similares (v.gr. María Dolores Jiménez pero no sólo), lo cual supondría una nueva decepción para los sufridos votantes, para mí, personalmente, muy superior a la del video robado.
 
            Sexto. En España, en consonancia con lo que ocurre en el modelo francés y contrariamente a lo que acontece en los anglosajones (y cada vez menos), constituye uno de los consensos de la Transición la total separación de la vida personal y la vida pública de los políticos, y hasta la fecha, nunca los aspectos relativos a aquélla han tenido repercusión en ésta. ¿Debemos replantearnos esta cuestión? Podríamos, por qué no. Pero mientras no lo hagamos, no parece justo juzgar a la concejala con raseros con los que hasta la fecha no hemos juzgado a ningún otro político, protagonistas muchos de ellos de una vida privada tan “desordenada” o más que la de Olvido (y se me ocurren unos cuantos, a los que incluso hasta les reímos la gracia).
 
            Séptimo. El caso Olvido nos conduce, casi sin darnos cuenta, a un debate mucho más importante que el de la vida privada de la concejala, cual es el de la irrupción en las nuestras, en la de todos, de los hiperpoderosos medios de reproducción, comunicación y difusión que tenemos hoy día a nuestra disposición (tan a nuestra disposición como lo están de nuestros enemigos). Porque al fin y al cabo, ¿quién es el que no tiene algún aspecto de su vida privada (no necesariamente malo, que también, sino simplemente no presentable, o por lo menos, no sin la compañía de las necesarias explicaciones) que no querría ver publicado?
 
            A mi entender, nada de todo esto debería caer en el olvido a la hora de juzgar el caso Olvido.
 
 
            ©L.A.
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